San Bernabé

«Au revoir, Asparrot»: Logroño vuelve a resistir al asedio francés

La fiesta sigue: Logroño vuelve a imponerse al asedio francés

Logroño ha vuelto a resistir. 505 años después de aquel asedio que marcó para siempre la memoria de la ciudad, las tropas francesas de André de Foix, señor de Asparrot, han caído este miércoles en el Parque del Ebro ante el empuje de la milicia local, el arrojo de sus vecinos y la llegada de los refuerzos que han terminado por salvar a la ciudad del invasor.

La última recreación del Asedio de Logroño de 1521 ha puesto el desenlace a varias jornadas de tensión, pólvora, hambre y resistencia. El campamento francés, levantado junto al Ebro, ha amanecido entre gestos de cansancio y disciplina rota. Tras días de cerco, sin soldada y con el avituallamiento escaseando, el malestar ha prendido entre los hombres de Asparrot. La guerra no solo se perdía frente a las murallas: también empezaba a quebrarse dentro del propio ejército invasor.

Mientras tanto, al otro lado, Logroño ha aguantado. La ciudad, reunida en torno a sus defensores, ha vuelto a cerrar filas frente a la amenaza francesa. Mujeres, hombres y niños han sido protagonistas de una resistencia colectiva que la recreación ha llevado al terreno de la épica popular: la ciudad no se rendía, no abría sus puertas y no aceptaba las condiciones del general enemigo.

Asparrot ha planteado batalla hasta el final. Sus tropas, apoyadas por los navarros, habían avanzado hacia Logroño tras entrar en Pamplona y tomar posiciones en Navarra. Su objetivo era convertir la ciudad en una plaza fuerte y controlar uno de los pasos más seguros sobre el Ebro. Pero el plan francés se ha ido deshaciendo entre la resistencia de las murallas, el descontento de sus propios soldados y las noticias que llegaban desde el exterior.

La recreación ha mostrado ese punto de inflexión: el hambre ya no era amiga de la obediencia. Parte de la tropa francesa ha alzado la voz ante Asparrot, harta de combatir sin cobrar, de vestir harapos y de sostener una causa que empezaba a resquebrajarse. El general, lejos de ceder, ha respondido con dureza, dispuesto a imponer su autoridad incluso sobre unos hombres cada vez menos convencidos de la victoria.

En ese escenario de incertidumbre, la ciudad ha encontrado aire. La llegada de refuerzos y el avance de las tropas castellanas han inclinado la balanza. Desde Burgos, desde Nájera, desde los caminos que conducían a Logroño, la ayuda se aproximaba al campamento enemigo. La milicia local, que ya había resistido las cargas, los combates y la escasez, ha encontrado entonces el impulso definitivo para romper el cerco.

El Parque del Ebro se ha convertido así en un campo de batalla simbólico, con arcabuces, picas, movimientos de tropa y escenas de combate que han devuelto al público a aquel junio de 1521. La narración ha recordado la reparación de las murallas, el intercambio de rehenes, las incursiones en el campamento francés y la decisión de unos logroñeses que, agotados pero firmes, eligieron seguir luchando.

La derrota de Asparrot ha llegado como llegan las grandes caídas en la historia: no de golpe, sino por acumulación. Primero fue la resistencia de la ciudad; después, la falta de víveres; más tarde, la indisciplina de sus hombres; finalmente, la llegada de los refuerzos. El ejército francés, que había llegado convencido de doblegar Logroño, ha terminado cediendo ante una ciudad que hizo de su muralla una promesa y de su gente, su mejor defensa. Au revoir, monsieur.

Con esta última representación, Logroño ha cerrado de nuevo el relato de su asedio con el mismo mensaje que ha atravesado los siglos: la ciudad resistió porque quiso resistir. Y, una vez más, en la memoria festiva de San Bernabé, Asparrot ha vuelto a morder el polvo frente a un pueblo que no rindió su libertad. Este próximo jueves, la milicia y los Héroes del Revellín volverán a acompañar al patrón de la ciudad en su recorrido triunfal por una ciudad que, otro año más, no se resigna a perder su identidad.

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