En Logroño, a apenas unos metros de su origen romano, Vareia, se abre una puerta a los parajes de Quel -pero también al Mediterráneo- y el tiempo desacelera para no interferir en una experiencia ceremonial. El Templo del Vino de Ontañón Familia es uno de esos lugares que no se conforman con explicar el vino, sino que lo convierten en una experiencia envolvente. Allí, el Rioja se convierte en religión y su disfrute, en el primer mandamiento.
El recorrido por la bodega tiene algo de iniciación. Dentro, el vino respira despacio. La sala de barricas, lugar sagrado, impone su propio ritmo, ajeno a la prisa exterior, con esa calma profunda de un espacio que mide el tiempo en crianza, trasiegos y paciencia.

Esa dimensión casi espiritual encuentra su prolongación natural en La Sacristía, el wine bar de nombre nada casual. Su acceso funciona casi como un cambio de secuencia. Tras la hondura interior de la bodega, una puerta abre paso a una luminosidad inesperada. Es «una puerta al Mediterráneo» a través de la cual la luz abruma el sentido de la vista, los olivos de la terraza se imponen en el horizonte y el espacio se ensancha hacia esa conexión simbólica con Rioja Oriental.
Porque La Sacristía no es solo un lugar para brindar y beber: es un trocito de Quel que ha brotado en Logroño. Un puente sensorial entre la capital riojana y esa Rioja Oriental donde nacen las uvas que después se transforman en identidad líquida. Allí, las botellas reposan en estanterías que evocan raíces, presididas por terrazas con tierra procedente de los viñedos de Ontañón, donde crece la flora autóctona de Quel, que -como en el campo- muta al compás de las estaciones del año.

La bodega introduce así el paisaje en la sala, como si quisiera recordar que todo vino empieza mucho antes de la copa. «El respeto a la tierra y a Quel es nuestro ADN, es inquebrantable», resume Jesús Arechavaleta, responsable de Enoturismo de Ontañón. Para él, esa presencia física del territorio ayuda a que el visitante entienda mejor la relación entre paisaje y vino: “La gente comprende mucho mejor por qué el tipo de tierra o de plantas que hay en un viñedo puede hacer que en el vino se perciba eso”. Quel no es solo un origen geográfico; es una brújula.
La visita, además, renuncia a la rigidez. En Ontañón no existe la prisa ni el guion cerrado. Cada grupo marca su propio compás porque cada visitante llega con una actitud y un bagaje vinícola distintos, con curiosidad o incluso con cierto pudor ante el lenguaje del vino. «Cada persona, a través de sus ojos y de su comportamiento, te lleva a saber cuáles son sus expectativas», señala Arechavaleta. Por eso, la bodega procura adaptar el discurso, escuchar antes de explicar y convertir la visita en un intercambio vivo: «Intentamos darle a cada persona lo que realmente está esperando de la bodega y aumentarlo para que se lleve esa sensación de conocimiento y de conexión con el vino».

Esa conexión es una de las grandes claves de la experiencia. Muchos visitantes llegan diciendo que no saben de vino, casi como si fuera una disculpa. Ontañón transforma esa inseguridad en punto de partida. «Buscamos todo lo contrario: trabajar esa conexión con el vino para que veas que, si pones atención, vas a tener una mirada distinta», afirma Arechavaleta. Aquí aprender no significa memorizar tecnicismos ni repetir fórmulas solemnes. Significa mirar, oler, probar, preguntar… y jugar. Porque, aunque la denominación de la sala recuerde que se pisa tierra sacra, la cata, lejos de una liturgia inaccesible, se convierte en un espacio lúdico, participativo y amable.
La tecnología también se integra en esa manera contemporánea de contar el vino. No sustituye al relato humano, sino que lo amplifica. En grupos numerosos, las dinámicas interactivas permiten crear una competitividad sana, casi de equipo, que acerca el vino desde la complicidad: «Se genera esa especie de ‘team building’, de hacer comunidad». El vino, entonces, deja de ser una materia intimidante para convertirse en conversación.

Y en ese debate, Ontañón no olvida que Rioja se sostiene sobre una herencia profunda y apuesta de forma decidida por la convivencia entre lo clásico y lo insólito. Arechavaleta añade una reflexión que resume buena parte de la filosofía de la casa: «Escuchar que esos vinos clásicos están denostados me parte el corazón, porque son los que nos han hecho conocidos en todo el mundo».
Por eso la experiencia de Ontañón Familia en Logroño no se agota en la visita, ni en la cata, ni siquiera en La Sacristía. Es una invitación a abandonar prejuicios, dejarse sorprender y entender que el vino no pertenece solo a quienes creen saber de vino. Pertenece a quien se sienta, escucha, prueba y se deja tocar por una historia que empieza en Quel, madura en silencio y termina, quizá, en una copa compartida bajo una luz mediterránea, sin necesidad de salir de Logroño.


