Tinta y tinto

El gol del vecino

Hay pocas tragedias modernas tan infravaloradas como enterarte de un gol antes de verlo. No hablo de que te lo cuenten por WhatsApp ni de que te llegue la típica notificación del Google. Hablo de escuchar cómo estalla de alegría el vecino mientras, en tu televisión, Fabián todavía está tocando la pelota en el centro del campo. Es un tipo de sufrimiento nuevo que nos hemos inventado en el siglo XXI. El progreso nos ha regalado muchas cosas, pero también ha conseguido que un gol llegue antes a través de la pared que por la pantalla.

Durante este Mundial he descubierto que lo peor que te puede pasar no es Mbappé, Cristiano o Courtois sino el retraso de la televisión. Cada partido de España viene acompañado de una pregunta: ¿llegará el gol antes a mi salón o al del quinto? Cuando escucho un grito al otro lado del patio ya sé que puedo dejar de sufrir. España ha marcado. Solo falta que mi televisión se entere.

De paso, este Mundial nos ha dejado un descubrimiento doméstico en la cuadrilla. El paisano Luis de la Fuente ha conseguido otra hazaña que parecía imposible: que nos cansemos de asar panceta, chorizo, careta, chuletillas… Siempre hemos sido más de cenas ligeras, ligeras de verdura ya se entiende, pero entre dieciseisavos, octavos y cuartos, ya no podíamos más. Llegó un momento en el que alguno insinuó, sin demasiado convencimiento, que quizá una ensaladita o un poké no estarían mal. Al final recuperamos la cordura y lo solucionamos con unas pizzas porque no estaba la noche para una cegnita de pigcoteo.

La culpa del retraso no es de nadie y, al mismo tiempo, es de todos. Unos ven el partido por la antena de siempre, otros por Movistar a través de internet y otros por RTVE Play. En los bares depende de la plataforma que tenga el dueño o de cómo respire ese día la conexión. Total, que la terraza de al lado ya está bañándose en kalimotxo mientras en la tuya Unai Simón todavía prepara el saque de puerta. Hemos conseguido enviar millonarios al espacio, hablar con una inteligencia artificial, llevar un ordenador en el bolsillo y ver el Mundial desde cualquier dispositivo, pero entre tanto progreso no hemos sido capaces de mantener que dos vecinos celebren un gol al mismo tiempo.

Y eso que hace apenas unas semanas Logroño recordó lo que era exactamente lo contrario. El ascenso de la UD Logroñés nos devolvió una de esas imágenes que parecían olvidadas: calles prácticamente desiertas y, de repente, un grito unánime atravesando toda la ciudad. Estuvieras donde estuvieras, supieras o no dónde estaba Las Gaunas, sabías que había un gol que valía un ascenso porque toda la ciudad estaba cantando el Cabetazo en el minuto 114 al mismo tiempo. Como esos anuncios de cerveza argentinos en los que parece que el país entero respira a la vez. Durante unos segundos todos compartimos exactamente la misma emoción. Sin retrasos. Sin plataformas. Sin fibra óptica. Solo un gol.

Porque esa era precisamente la magia. Antes todos veíamos el mismo partido. El gol sucedía a la misma hora en todas las casas. Si un barrio entero gritaba era porque acababa de marcar España. Hoy cada uno vive el encuentro en un huso horario distinto. Hay quien celebra el tanto diez segundos antes que tú, quien todavía está viendo la jugada anterior y quien pregunta en el grupo de WhatsApp por qué todo el mundo está mandando banderas si aún no ha pasado nada.

Y no, no renegamos aquí del progreso. Gracias a él podemos ver un Mundial desde cualquier rincón del planeta, detener una jugada, verla en alta definición o llevar el partido en el móvil mientras esperamos un autobús. Sería absurdo decir que antes estábamos mejor, pero también conviene recordar que no todos los avances mejoran todas las experiencias. A veces confundimos mejorar una herramienta con mejorar la emoción.

De hecho, echo de menos muy pocas cosas del pasado. No añoro las televisiones de tubo ni tener que levantarme para cambiar de canal, pero sí echo de menos algo que parecía una tontería y que ahora descubro que no lo era tanto: que cuando España marcaba un gol, todo el barrio lo celebraba exactamente en el mismo segundo. Durante un instante daba la sensación de que el país entero iba acompasado. Y eso, aunque no tuviera wifi, funcionaba bastante bien.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top