La persiana bajada de La Espiga de Oro es el cierre de otro negocio en Logroño. Otra pieza de un puzle que lleva años dibujándose en la ciudad. El establecimiento, situado en la calle María Zambrano, a apenas unos pasos de la Gran Vía, reunía, al menos sobre el papel, muchos de los ingredientes para funcionar. Una ubicación céntrica, paso constante de trabajadores de oficinas, compradores y vecinos, una oferta de panadería, cafetería y bollería y un espacio pensado para detenerse unos minutos, tomar un café con calma o desayunar sin prisas.
Sin embargo, no ha conseguido consolidarse. Su cierre coincide además con la llegada de nuevas propuestas similares en la propia Gran Vía, aunque el mercado demuestra en otras ciudades que este tipo de negocios no tiene por qué ser un juego de suma cero. Cuando el producto acompaña y la experiencia convence, varias cafeterías pueden convivir a escasos metros unas de otras.
La calle María Zambrano ya perdió hace unos años otro de sus referentes cuando Iturbe cerró sus puertas por la jubilación de sus propietarios. Aquel local mantenía una clientela fiel y era uno de esos lugares donde el café era casi una excusa para sentarse a conversar. Desde entonces permanece cerrado. No ha habido relevo posible.
Logroño presume —y con razón— de ser una ciudad de bares. De pinchos, de vinos, de vermús, de barras llenas y terrazas concurridas. Existe una cultura hostelera profundamente arraigada que convierte cualquier encuentro en una ronda, un corto o un café rápido apoyado en la barra.
Pero cuesta encontrar establecimientos que apuesten por otro ritmo. Cafeterías donde el desayuno sea protagonista, donde la bollería artesanal tenga tanto peso como el café, donde la merienda sea un plan en sí mismo y donde sentarse una hora con un libro, un ordenador o una conversación no resulte extraño.
En ciudades de tamaño similar abundan estos espacios. Locales que desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde mantienen un flujo constante de clientes que desayunan, trabajan, leen o simplemente hacen una pausa. Son negocios que han sabido convertir el café en una experiencia y no solo en un trámite, en donde comprar, como en la tahonas de toda la vida, una buena barra de pan.
En Logroño, en cambio, ese concepto continúa siendo una excepción. Algunas propuestas han logrado hacerse un hueco, pero otras se han quedado por el camino, alimentando la sensación de que el público logroñés sigue prefiriendo el bullicio del bar tradicional a la tranquilidad de una cafetería de larga estancia.
El cierre de La Espiga de Oro reduce la oferta. Cada negocio tiene sus propias circunstancias, pero con cada cierra surgen preguntas: si Logroño dispone de una de las culturas hosteleras más arraigadas del norte de España, ¿por qué le cuesta tanto consolidar cafeterías donde el café, el pan y la bollería sea el verdadero protagonista y quedarse un buen rato sea parte de la experiencia?


