Tinta y tinto

Donde siempre

Hay columnas que uno termina de leer con ganas de discutirlas, otras con ganas de aplaudirlas y luego están las de Manuel Vicent, que te dejan sin conversación posible. El otro día me topé en X (anteriormente conocido como Twitter, por no confundirlo con una sala de cine porno) con la de la última noche de San Juan. «No hagas promesas de felicidad para este verano que vayan más allá de comprarte una camisa con palmeras». Luego salté a la del año pasado. «El latido del oleaje era el mismo que sentías en tu pulso y en el de aquella chica que estaba tumbada a tu lado, cogida de la mano mirando las estrellas». Y seguido a la de hace dos. «A la caída de la tarde te preparas una copa, pones la música que te gusta, la que te recuerda los momentos más felices, y si desde el fondo de la memoria llegan las lágrimas, te dices, no pasa nada, ya verás, todo irá bien, todo va a ser como antes».

Cerré la pestaña del navegador, pensé que cualquier cosa que dijera o escribiera a continuación llegaría tarde y entonces empecé a divagar sobre mis propias noches de San Juan. Supongo que todos hacemos un pequeño reinicio mental cuando llega esa fecha, aunque no saltemos hogueras ni escribamos deseos en un papel para arrojarlos al fuego. Hay algo en esa víspera del verano que invita a ordenar la cabeza, a dejar atrás el ruido de los últimos meses y a pensar que septiembre queda tan lejos que todavía podemos permitirnos el lujo de vivir despacio.

Manuel Vicent tiene el Mediterráneo, empecé a pensar, pero yo tengo el río Najerilla, el pantano de Mansilla y Villavelayo. Y tengo, sobre todo, una familia que sigue reuniéndose cada 24 de junio para celebrar el cumpleaños de alguien que ya no está. Mi abuela Juana nació el día de San Juan de 1918. Tuvo cinco hijas y un hijo, enviudó joven y después llegaron catorce nietos -sin contar a esas parejas que ponemos en los costados de las fotos- y once biznietos. Murió en su cama hace poco más de un lustro, con 102 años, después de una vida tan larga que parecía imposible imaginar el calendario sin ella. Sin embargo, hace tres semanas volvimos a sentarnos todos alrededor de la misma mesa para celebrar su cumpleaños (habrían sido 108) porque hay personas que, incluso después de marcharse, siguen siendo capaces de reunir a toda una familia.

Comimos donde siempre y hablamos de lo de siempre. Alguien volvió a contar la misma anécdota que todos conocíamos de memoria y todos nos reímos como si la escucháramos por primera vez. Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a hablar de agosto, de todo aquello que nos espera cada verano y que, precisamente por repetirse siempre, nunca termina de cansarnos. «Y tú, ¿cuándo subes al pueblo?». Dentro de unas semanas volveremos allí y los niños correrán por la plaza sin saber que, hace veinte años (o treinta o cuarenta o cincuenta, según quién mire), éramos nosotros quienes hacíamos exactamente lo mismo.

No todo permanece igual, claro. El bar ya no es el de antes y tenemos hasta frontón. La carretera está mucho mejor que cuando el viaje desde Logroño parecía eterno. Los pequeños ya llegan conduciendo su propio coche y los mayores caminan un poco más despacio. Cada verano falta alguien alrededor de la mesa y, al mismo tiempo, aparece alguna cara nueva que todavía está aprendiendo los nombres de todos. Se hereda el sitio como se hereda la nariz afilada y la risa contagiosa: sin que nadie lo explique nunca con palabras.

Pero hay cosas que el tiempo no consigue mover. Antes de empezar a comer los días de guardar, como el 24 de junio seguimos bendiciendo la mesa con las mismas palabras que decía la Juana: «La comida Dios la ha dado, las gracias a él se le den. Bendito y glorificado, por siempre jamás, amén». Después rezamos un padrenuestro y un avemaría. Y nadie se plantea dejar de hacerlo, ni siquiera quienes hace años dejaron de creer, porque hay costumbres que ya no pertenecen a la religión sino a la memoria.

Delante de cada plato siempre ha habido algo de jamón, chorizo, queso, lomo… Y siempre, absolutamente siempre, ha habido algún nieto incapaz de aguantar cinco minutos más que ha alargado la mano aprovechando la experiencia religiosa. Bastaba que otro primo levantara la voz: «¡Abuela, que la Carol ya está comiendo!». Ella hacía como que no se había enterado. Pero se enteraba de todo, absolutamente de todo, porque las abuelas tienen ese extraño superpoder de verlo todo y decidir, con infinita sabiduría, cuándo merece la pena hacerse las distraídas.

Quizá por eso me gusta tanto la Noche de San Juan. Porque nos recuerda que todavía estamos a tiempo de empezar de nuevo. De prometer menos y vivir más. De dejar de mirar tanto el móvil y levantar un poco más la vista. De comprender que el verano no empieza cuando lo dice el calendario ni cuando llegan las vacaciones, sino cuando uno vuelve al lugar donde siempre ha sido feliz. Que te den, Joaquín Sabina.

Ya vendrá septiembre y volverán las prisas, las reuniones, los titulares urgentes, los correos sin contestar y las discusiones políticas que hoy nos parecen trascendentales y que dentro de veinte años probablemente nadie recuerde. Manuel Vicent tiene razón: de aquel verano permanecerán otras cosas. Quizá el agua helada del Najerilla, una tarde en el pantano de Mansilla, una sobremesa interminable, el olor de la hierba recién cortada o una noche mirando las estrellas. O quizá, simplemente, la voz de una abuela bendiciendo la mesa mientras algún nieto intenta robar un trozo de jamón creyendo que nadie se da cuenta. Y descubriendo, una vez más, que siempre hay alguien que se entera de todo aunque ya no esté.

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