Cada julio, durante las fiestas de la Magdalena, ocho jóvenes se calzan unos zancos de al menos 45 centímetros de altura y descienden una cuesta empedrada mientras giran sobre sí mismos. Son los danzadores de Anguiano, protagonistas de una de las fiestas más representativas de La Rioja.
Óscar Lázaro es uno de ellos. Este miércoles ha vuelto a vivir uno de los días más especiales y esperados del año. «Es una ilusión muy grande, una forma de poder representar al pueblo», afirma con orgullo.

Cuesta de los Danzadores. | Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Aunque es uno de los veteranos de esta tradición, reconoce que los nervios nunca desaparecen. «Cuando se van acercando las fechas, entra un gusanillo en el cuerpo. Siempre hay nervios al ponerse los zancos, especialmente en La Magdalena».

Procesión de Santa María Magdalena. | Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
No son estos días las únicas fechas del año en las que los jóvenes se calzan sus zancos. También lo hacen el domingo siguiente al día de la Ascensión, en mayo, y el último sábado de septiembre, en conmemoración de la Fiesta de Acción de Gracias. «Es una tradición que lleva mucho tiempo, que va de generación en generación y es una forma en la que podemos honrar a nuestra santa, Santa María Magdalena», explica. Aguantando las horas de pleno calor pero «con calma y muchas ganas», Lázaro lo tiene claro: ser danzador de Anguiano es todo un orgullo para él.
Ser danzador en Anguiano
El camino para convertirse en danzador suele iniciarse alrededor de los 14 años. Quienes desean participar deben demostrar compromiso, constancia y la valentía necesarias para afrontar el descenso de la conocida Cuesta de los Danzadores. Veteranos y novatos se reúnen entonces para formar el grupo que recorrerá las calles del municipio durante las celebraciones.
Llegado el día, los danzadores se presentan en la plaza de la Iglesia para vestirse con los trajes tradicionales y colocarse los zancos acompañados de familiares, visitantes y amigos que arropan a los protagonistas en los momentos previos al evento.

Colocación de los zancos y vestimenta antes de comenzar. | Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Una vez listos, los danzadores se colocan frente a la puerta de la iglesia junto al cachiberrio, joven que compone y recita versos para agradecer y presentar el acto. Posteriormente, con la mirada puesta en Santa Magdalena, los danzadores bailan al son del tamboril y las gaitas.
Además de la Cuesta de los Danzadores, a modo de aperitivo y antes de la procesión y la misa, los danzadores se deslizan como peonzas por los siete escalones que dan la entrada a la plaza, rodeados por los brazos de quienes los protegen, listos para sujetarlos al llegar abajo.

Danzador descendiendo las escaleras de la iglesia. | Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
No obstante, el momento más esperado es sin duda el descenso de la Cuesta de los Danzadores, de unos 40 metros y con un desnivel del 20%. Uno a uno, los jóvenes se lanzan por el empedrado sobre sus zancos mientras giran sobre sí mismos al ritmo de la música. A ambos lados, locales y visitantes contienen la respiración y acompañan con aplausos una escena que combina destreza, tradición y, sobre todo, mucha emoción.

Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Aunque la imagen es arriesgada, detrás de cada bajada hay años de aprendizaje y preparación. Los danzadores ensayan durante meses para perfeccionar la técnica y afrontar el descenso con seguridad, conscientes de la responsabilidad que supone mantener viva una tradición ya declarada Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial.

Danzadores de Anguiano. | Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Las mujeres, también sobre zancos
Fue el año pasado 28 de septiembre cuando las calles empedradas del pueblo vieron danzar sobre sus zancos a una mujer por primera vez en 400 años. A sus 14 años de edad, Adriana protagonizó un momento histórico, abriendo el camino para que otras niñas puedan formar parte de esta tradición.

Elia, sobre sus zancos. | Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Una inspiración para Elia, una niña del pueblo que desde los 7 años practica con ilusión, esperando poder cumplir su sueño en unos años: convertirse en danzadora de Anguiano, un deseo que cada vez está más cerca de hacerse realidad.


