Gastronomía, paisaje y vida cotidiana. Con esos tres pilares Ezcaray ha conseguido entrar en el selecto grupo de los mejores municipios turísticos del mundo. El reconocimiento Best Tourism Village concedido por la ONU ha llegado después de décadas haciendo algo que puede parecer fácil pero no lo es: crecer turísticamente sin renunciar a su identidad.
Porque Ezcaray no se explica únicamente desde sus restaurantes, ni desde la nieve de Valdezcaray, ni siquiera desde la belleza evidente de sus calles de piedra y madera. Lo que diferencia al municipio es algo más. Una sensación complicada de entender y todavía más difícil de conservar pero que se percibe en cuanto se pone un pie en sus calles: la autenticidad. El visitante descubre un pueblo que ya tenía personalidad propia mucho antes de que el primer turista pisase sus calles.

Eso se percibe nada más entrar. En las tiendas abiertas durante todo el año. En los bares con vida también un martes cualquiera de noviembre. En los vecinos que siguen ocupando las plazas y en una actividad constante que no depende únicamente del calendario turístico.
Durante años, el municipio dependió casi exclusivamente del esquí y del turismo de invierno. Después llegó la temporada de verano. Más tarde, se evidenció el auge del turismo rural. Y finalmente apareció algo que lo cambió todo sin cambiar nada: la capacidad de atraer visitantes prácticamente en cualquier época del año. Es decir, las 52 semanas al año. Ezcaray ha conseguido desestacionalizarse sin perder su esencia.
La gastronomía tiene mucho que ver con este cambio. Muchísimo. Casi todo. En pocos lugares de España un municipio de apenas 2.000 habitantes concentra semejante nivel culinario. Y no se trata solo de alta cocina, aunque aquí esté El Portal de Echaurren, el restaurante que consiguió la primera estrella Michelin de La Rioja y que hoy mantiene dos bajo la dirección de Francis Paniego.

Lo importante en Ezcaray es la amplia oferta culinaria. Desde la cocina riojana reinterpretada de Casa Masip hasta las cazuelitas de Lladito, Ezcaray ha conseguido algo poco frecuente: convertir toda su hostelería en parte de la experiencia. Ahí están todos y cada uno de los que cada día levantan sus verjas y sus terrazas para que Ezcaray sea uno de los mejores lugares del mundo para hacer turismo.
La cocina en esta villa cuida del territorio. Los restaurantes trabajan con productos cercanos, con miel de la zona, quesos artesanos, verduras del valle o caparrones cultivados a pocos kilómetros. Todo parece conectado. El turismo impulsa la economía local y esa economía ayuda a sostener el paisaje y el tejido productivo que después el visitante viene buscando. El círculo perfecto que permite que todo tenga sentido. Por eso la gastronomía en Ezcaray no funciona como un complemento del viaje. Funciona como motor.
Pero Ezcaray no sería lo que es sin la belleza de su entorno. El pueblo aparece encajado en el alto valle del Oja con una naturalidad casi perfecta. El río atraviesa el casco urbano mientras la sierra lo envuelve todo a su alrededor. La montaña está siempre presente. Es parte de la vida cotidiana. Condiciona el clima, las conversaciones, los olores y hasta el ritmo al que se mueve el pueblo.
Senderismo, ciclismo, rutas forestales, puentes, carreteras de ensueño, bosques, nieve o simplemente silencio. Mucha gente llega buscando eso. La pausa. Una sensación de espacio que empieza a escasear en otros destinos cada vez más saturados.

Ezcaray no quiere correr ese riesgo. El éxito turístico trae consigo una amenaza silenciosa: dejar de parecerse a uno mismo. El futuro de Ezcaray pasa por la sostenibilidad, el equilibrio y la calidad frente a la cantidad. “El reto no es atraer cada vez a más gente, sino seguir siendo reconocibles dentro de veinte años”, dice el alcalde, Diego Bengoa.
Eso también explica su patrimonio local. El atractivo de Ezcaray está en su plaza, en las fachadas de sus casas de piedra, en los balcones de madera, en la Real Fábrica de Tejidos de Santa Bárbara, en la silueta de Iglesia de Santa María la Mayor o simplemente en el cuidado general de su conjunto urbano.
Ezcaray nunca ha necesitado impresionar para ser impresionante. Su fuerza está precisamente en la armonía. En esa mezcla difícil de explicar entre montaña, gastronomía, patrimonio y vida cotidiana que hace que el visitante termine sintiéndose como en casa muy rápido.
Por eso se visita una y otra vez. Y ciertos lugares, como éste, terminan convirtiéndose en hogar. Es un sitio al que uno empieza yendo por recomendación y acaba regresando por convicción.


