Especial Enoturismo

La edad de oro del enoturismo riojano

Hay un instante concreto, justo antes de que empiece una cata nocturna, en el que las bodegas se quedan en silencio. Las conversaciones bajan el volumen. Las copas esperan todavía vacías sobre la madera. Y alguien, normalmente desde el fondo de un calado centenario, rompe el murmullo con una frase sencilla: «Vamos a empezar».

Fuera está anochecido. La piedra conserva algo del calor recibido durante las horas centrales del día. Huele a petricor. Amenaza lluvia. Pero al cobijo de los muros y de entre las sombras surgen acentos distintos: una pareja madrileña se interesa por una garnacha blanca; un grupo de americanos fotografía las centenarias escaleras que permiten el acceso a un calado picado a mano hace siglos; y dos amigas llegadas desde Bilbao comentan dónde cenarán después.

Hace tiempo que Rioja dejó de ser únicamente un lugar donde se elaboran vinos. Hoy es también un territorio que se visita, se pasea, se escucha, se comparte y se recuerda. Un paisaje que ha aprendido a convertir el vino en una experiencia más amplia: es emocional, cultural y contemporánea.

Los números ayudan a entender la dimensión del fenómeno. Pero solo los números no bastan para explicarlo.

La Denominación de Origen Calificada Rioja superó durante 2025 el millón de afluencias vinculadas al enoturismo. Más concretamente, 1.164.388 registros relacionados con visitas a bodegas, wine bars y eventos celebrados dentro de las propias bodegas. Las visitas tradicionales rozaron las 930.000 personas. Los wine bars crecieron un 22,5 por ciento. Más de 63.000 asistentes participaron en conciertos, bodas, encuentros profesionales, catas especiales o actividades culturales organizadas entre depósitos, barricas y viñedos.

Pero probablemente el dato más importante no sea cuántas personas llegan. Sino por qué llegan. Rioja ya no atrae únicamente a quien quiere probar un vino. También a quien quiere entender un territorio.

Un sábado cualquiera, mientras cae la tarde sobre los viñedos, una terraza entre cepas empieza a llenarse lentamente. Hay una mesa reservada para una despedida íntima. Una pareja francesa comparte una cena de picoteo y un blanco servido muy frío. Al fondo suena música suave. Nadie parece tener prisa. Y quizá ahí esté una de las grandes transformaciones de Rioja: el vino ya no es únicamente el destino final. Es la puerta de entrada a una estancia gigante en la que detenerse durante mucho tiempo.

Durante décadas, la región fue reconocida internacionalmente por la grandeza de sus crianzas y reservas históricos. Por marcas legendarias capaces de convertir Rioja en una de las denominaciones más prestigiosas del mundo. Ese prestigio continúa intacto. Pero ahora ocurre algo más.

Rioja Alta, Cenicero, Fuenmayor

El mundo del vino mira a Rioja con una mezcla de respeto y curiosidad. Las voces internacionales más influyentes llevan meses coincidiendo en una idea muy concreta: Rioja vive uno de los momentos más fascinantes de su historia reciente.

El prestigioso portal ‘Vinous’ hablaba hace poco directamente de ‘The Rioja Renaissance’, es decir, «el renacimiento de Rioja» en la lengua de Cervantes. Su autor, Joaquín Hidalgo, sostiene que «Rioja está viviendo silenciosamente su propia transformación» y que «una nueva generación de elaboradores está redefiniendo el estilo de los vinos de la región».

La idea se repite una y otra vez desde Londres hasta Nueva York, desde Alemania hasta Dinamarca. “Ninguna gran denominación del mundo ofrece un abanico de estilos tan variado y de tanta calidad como Rioja”, resume el periodista alemán David Schwarzwälder. «Tiene un dinamismo único». Y probablemente esa palabra -dinamismo- explique buena parte del momento actual de la denominación.

Y quizá lo más interesante de todos esos análisis internacionales no sea el elogio. Sino el motivo del elogio. Rioja ha conseguido algo complicado para una región centenaria: evolucionar sin perder el alma.

Porque Rioja sigue siendo reconocible. Sigue sonando a Rioja. Pero al mismo tiempo ha ampliado su lenguaje. Hoy conviven los grandes reservas clásicos con vinos de parcela; los calados históricos con wine bars contemporáneos; la memoria de las bodegas centenarias con una nueva generación obsesionada con el paisaje, el origen y la frescura.

«No existe una sola Rioja, sino muchas», resumía Pedro Ballesteros MW. Y probablemente esa frase explique buena parte de lo que está ocurriendo. Rioja ya no se presenta únicamente como una región de grandes marcas. También como un mosaico de pueblos, orientaciones, suelos, altitudes y microclimas. Un territorio donde una garnacha de altura puede convivir perfectamente con un gran reserva histórico sin que ninguno de los dos pierda legitimidad.

Rioja, en movimiento

En una bodega de Rioja Alta, un grupo de sexagenarios escucha atentamente cómo el guía les explica la diferencia entre dos parcelas separadas apenas por unos cuantos ribazos. Les habla de orientación, de los suelos y de altitud. A unos metros, alguien sirve otra copa. Y de fondo continúa apareciendo esa sensación que tantos críticos internacionales describen últimamente: en Rioja algo se está moviendo.

Ese movimiento también tiene una dimensión económica gigantesca. El enoturismo generó en 2025 un impacto económico estimado superior a los 214 millones de euros en el conjunto del territorio vinculado a la denominación. Las bodegas ingresaron más de 71 millones de euros directamente relacionados con la actividad enoturística. Y el sector duplicó prácticamente su inversión respecto al año anterior, acercándose a los 6,8 millones destinados a nuevas instalaciones, digitalización, experiencias y mejora de servicios.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.

Pero incluso esos datos económicos esconden algo más profundo. Lo verdaderamente relevante es que Rioja ha dejado de entender el turismo del vino como un simple complemento. Hoy forma parte del corazón estratégico de muchas bodegas.

Actualmente son ya 226 las bodegas abiertas al público dentro de la DOCa. Cerca del 70 por ciento cuenta con departamentos específicos de enoturismo. Y la actividad genera alrededor de 775 puestos de trabajo directos. El vino sigue siendo el centro. Pero alrededor han aparecido nuevas formas de vivirlo.

Hay conciertos entre barricas. Catas al atardecer. Paseos en bicicleta entre viñedos. Comidas maridadas. Experiencias premium. Vendimias participativas. Eventos de empresa. Picnics. Bodas.

En The Observer, el periodista David Williams escribe que Rioja celebra su centenario «con viejos amigos y nuevos trucos bajo la manga». Y remata con una idea especialmente poderosa: «No hay duda de que Rioja en 2025 es una región vitivinícola tan diversa como nunca antes».

Más capas de identidad

En una de las bodegas, mientras los invitados empiezan a ocupar las mesas, varios trabajadores ultiman detalles bajo una hilera de luces suspendidas sobre el viñedo. Las copas reflejan la última luz naranja del día. Cerca de la entrada alguien pregunta dónde será el baile. Y durante unos segundos cuesta recordar que todo esto sucede dentro de un territorio históricamente asociado únicamente a barricas y crianza.

Esa capacidad para ampliar el relato sin romperlo probablemente explique buena parte del éxito actual de Rioja. Porque Rioja no está sustituyendo una identidad por otra. Está sumando capas.

Ahí aparecen también los wine bars, convertidos en una de las grandes novedades del nuevo modelo turístico riojano. Más abiertos. Más flexibles. Más casuales. Espacios donde ya no hace falta reservar una visita completa para entrar en contacto con el vino y el territorio.

Más de 170.000 servicios registrados durante el último año reflejan hasta qué punto esta fórmula está funcionando.
Y mientras tanto, el paisaje continúa haciendo buena parte del trabajo silencioso. Las carreteras secundarias entre viñedos. Los pueblos detenidos bajo campanarios y sobre sus bodegas. Las terrazas abiertas en primavera. El olor a sarmiento. Los calados húmedos. El sonido de una botella descorchándose dentro de una sala de piedra.

Rioja ha entendido algo fundamental: el vino no puede separarse del lugar que lo produce. Por eso muchos de los nuevos discursos internacionales hablan constantemente de terroir, que lo definen el origen y el paisaje y las manos de los viticultores y bodegueros.

Y también por eso los vinos blancos están viviendo una especie de revolución silenciosa dentro de la denominación.
Durante décadas, Rioja fue asociada principalmente a tintos envejecidos en barrica. Hoy muchos críticos internacionales hablan con fascinación de los blancos riojanos. De su complejidad. De su capacidad de guarda. De su frescura.

La sumiller Julie Dupouy resumía hace poco el fenómeno con una frase provocadora: «En Rioja, el blanco es el nuevo tinto». Mientras tanto, Ferran Centelles comparaba algunas garnachas blancas riojanas con grandes Riesling internacionales: «Podría ser, en algunos aspectos, la respuesta española al Riesling». «The ongoing Garnacha revolution in Rioja», escribe Centelles: «La revolución de la Garnacha en Rioja».

«Rioja sigue siendo una fuente fiable de vinos excelentes a precios muy razonables», sostiene Ferran Centelles. Y añade una frase demoledora: «Grandes Riojas auténticos a precios imbatibles». Porque Rioja mantiene algo que pocas regiones del mundo han conseguido conservar al mismo tiempo: prestigio internacional y accesibilidad. «Rioja es una apuesta segura», resumía Pablo Franco en otra de las publicaciones analizadas.

Son frases que ya forman parte de la conversación habitual alrededor de Rioja. Porque Rioja ya no es observada únicamente como una gran región histórica. También como una región en movimiento.

El equilibrio

En un mundo donde muchas regiones vitivinícolas luchan desesperadamente por reinventarse, Rioja parece haber encontrado un equilibrio extremadamente difícil: mantener el prestigio histórico mientras abre nuevas puertas creativas.

Un territorio donde el pasado no actúa como límite, sino como punto de partida. La periodista británica Jane Clare lo resume de forma contundente: «Rioja no es una región que esté mirando hacia atrás». «Something is stirring in Rioja», escribe el crítico danés, Thomas Ilkjaer, especializado en vino en un texto profundamente literario titulado ‘Miss Rioja DO Turns 100’: «Algo se está moviendo en Rioja».

El mismo autor define a Rioja como «100 años y más vital que nunca». Y probablemente pocas frases sintetizan mejor el momento actual de la denominación.

Un grupo habla en inglés dentro de un calado subterráneo mientras el guía explica que aquellas galerías llevan allí más de cien años. Sobre sus cabezas, varias generaciones de bodegueros han seguido ampliando el mismo relato sin romperlo nunca del todo.

Estamos en una región que ha aprendido a moverse sin dejar de reconocerse. Y el verdadero éxito del enoturismo riojano no se mide únicamente en visitantes, inversiones o impacto económico. Se mide en algo mucho más difícil de conseguir: en la capacidad de seguir emocionando a quien llega por primera vez. Y al mismo tiempo sorprender incluso a quienes llevan toda la vida bebiéndola.

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