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De Fernando a Pablo: de tal palo, tal astilla

El cromo de Pablo Marín se vende por 1,45 euros. El de su padre, Fernando Marín, con la camiseta del Club Deportivo Logroñés, se paga a 1 eurito. Y eso que la pátina del tiempo puede provocar el encarecimiento nostálgico de una pieza de coleccionismo. Quizás, tras el éxito de Pablo Marín en la final de la Copa del Rey, con ese gol de penalti que ya pasa a la historia de la Real Sociedad, ambos incrementen su valor, más si cabe si se venden los dos de forma conjunta. Ahí hay una historia. La historia de un padre y un hijo, que en dos contextos muy diferentes, llegaron a la élite en el deporte rey, para convertirse en leyendas: el padre, del Logroñés, el hijo, de la Real Sociedad desde este pasado sábado.

Pablo Marín ya no es solo uno de los grandes talentos riojanos del fútbol actual. Desde este fin de semana, además, ha pasado a formar parte de la memoria colectiva del conjunto realzale. Detrás del futbolista que logró sostener la presión del último lanzamiento, que golpeó a la escuadra  con determinación y que desató la celebración realista en La Cartuja, aparece inevitablemente otra figura. La de su padre, Fernando Marín, futbolista durante una larga etapa en el CD Logroñés, arnedano, hombre de vestuario, de recorrido y de oficio, una referencia en la historia blanquirroja y uno de esos jugadores que dejaron más poso que ruido en tiempos convulsos para entidad blanquirroja.

Esta historia tiene algo de relevo generacional y mucho de continuidad, de legado. De tal palo, tal astilla… con matices. Pablo no ha calcado a Fernando. Le ha superado. Y seguramente ahí está una de las victorias íntimas de cualquier padre que ha dedicado media vida a este deporte. Ver que el hijo ha llegado más lejos, que ha encontrado un escenario mayor y que ha sabido abrirse paso sin perder la cabeza.

Fernando fue futbolista en otra época. De las Gaunas llenas, de los viajes en autobús, de los ascensos y de las heridas de un Logroñés que tocó la élite y luego conoció el derrumbe. Fue un jugador querido, identificado con el club, de esos que representó con honor a una ciudad y una manera de competir. Acumuló centenares de partidos, pasó por varias categorías y se convirtió en uno de los nombres más reconocibles del fútbol riojano de las últimas décadas. Pero, por encima de eso, su perfil siempre estuvo lejos del foco principal. Tímido, prudente, poco dado a los micrófonos, lo suyo eran las distancias cortas, el uno para uno, como buen lateral de su época. Más cercano a la ironía entre amigos que a ofrecer grandes titulares a desconocidos.

Ese carácter tan arnedano parece haber viajado hasta Pablo. El actual jugador de la Real Sociedad ha crecido lejos de cualquier estridencia, con pasos firmes y sin atajos. Salió de Logroño muy joven, fue quemando etapas en la estructura formativa del club donostiarra y ha ido haciéndose hueco a base de paciencia. Primero como promesa. Después como pieza útil. Más tarde como futbolista capaz de sostenerse en la exigencia del primer equipo. Y ahora ya como protagonista de un título, como un jugador que pasa a la historia de un club enorme en historias.

FOTO: RFEF.

En su trayectoria ha habido momentos de impulso y también de espera. Temporadas en las que parecía llamar con fuerza a la puerta del primer equipo y otras en las que le ha tocado volver a remar desde un segundo plano. Ahí es donde probablemente más valor ha tenido el aprendizaje doméstico. Tener cerca a alguien que ya ha pasado por vestuarios, por banquillos, por lesiones, por ascensos, por decepciones y por todo lo que encierra una carrera profesional sirve como pocas cosas. No tanto por la charla larga como por la frase justa. No tanto por la teoría como por el ejemplo.

Las propias palabras de Fernando en distintas entrevistas dibujan bien esa relación. Nunca ha parecido un padre invasivo, de análisis exhaustivo después de cada partido o de corrección permanente. Más bien al contrario. Ha defendido siempre la humildad, la naturalidad y la conveniencia de hablar cuando el hijo lo necesita. Es una posición especialmente valiosa en tiempos de ruido, exposición y aceleración. Dejar crecer, estar cerca, no convertir cada actuación en un juicio y recordar que el fútbol cambia de un mes para otro. Ese poso también educa.

Pablo ha mamado fútbol desde pequeño. Lo ha hecho en casa, en la grada y en el entorno de un apellido conocido en Logroño. Su padre todavía jugaba cuando él era un niño y su infancia quedó vinculada a campos, vestuarios y desplazamientos. Creció viendo que el fútbol podía ser un modo de vida, pero también entendiendo que detrás del foco hay disciplina, sacrificio y muchas horas poco vistosas. Quizá por eso su irrupción en la élite no ha respondido a un fogonazo pasajero, sino a una cocción lenta.

La imagen del sábado en Sevilla encaja perfectamente con ese recorrido. No ha marcado un gol cualquiera. Ha asumido la responsabilidad definitiva en una tanda de penaltis, con un título en juego y con todo lo que eso arrastra. Y lo hizo con una serenidad impropia de la edad. Después habló sin grandilocuencia, repartiendo mérito y rebajando protagonismo: «Me ha tocado a mí como le podía haber tocado a cualquier otro compañero». Palabras en las que asoma una herencia, unos valores, una educación. La del futbolista que entiende que ningún éxito se sostiene solo en el talento.

En el fondo, la historia de los Marín habla tanto de fútbol, del talento necesario para practicarlo y de los valores necesarios para no dejarse atrapar por la vorágine de este deporte de masas. Fernando perteneció a un tiempo más áspero, menos protegido y bastante más artesanal. Pablo ha crecido en una estructura moderna, con nutricionistas, psicólogos, control de cargas y una profesionalización absoluta. Son dos mundos diferentes, pero entre ambos hay un hilo común: el trabajo diario. Esa parece haber sido la gran transmisión de padre a hijo. La idea de que el fútbol no regala nada duradero, de que las rachas pasan y de que la mejor manera de resistir es seguir. Porque al final, lo que quedan son las personas y las historias que cuentan, y en eso Fernando, de momento, sí supera a su hijo. Cosas de la edad.

La Rioja, además, encuentra en esta historia uno de esos relatos que le resultan propios. Un padre de Arnedo que dejó huella en el viejo CD Logroñés y un hijo nacido en Logroño que ha conquistado un título grande con la Real Sociedad. Dos trayectorias distintas, dos camisetas distintas y una misma raíz. También una misma forma de relacionarse con el juego: sin exceso de ruido, con sentido del esfuerzo y con una prudencia que no está reñida con la ambición.

Es la historia del penalti lanzado y marcado por Pablo Marín que están festejando miles de personas. Pero es también la historia de Fernando por haber comprendido lo que necesita un hijo en todo momento para llegar a disponer de una oportunidad como la que supo aprovechar en Sevilla. Antes fue Fernando Marín y después llegó Pablo. Ahora el apellido ha dado un salto más. Y en esa evolución hay algo muy riojano y muy reconocible: la sensación de que las cosas importantes se construyen sin alardes, casi en silencio, pero con una firmeza incuestionable.

Dos buenos cromos para coleccionar, por si se revalorizaran en un futuro.

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