Hay bares que cierran. Y bares que, en realidad, nunca se van del todo. Permanecen en la memoria de una ciudad, en sus rutinas, en la forma en que una generación recuerda un vermú, una ración compartida o simplemente el café de todos los días. El Neira pertenece a esa categoría. Y ahora, en su regreso, hay alguien que parece haber entendido bien ese equilibrio entre lo que debe cambiar y todo lo que debe permanecer.
«Como un chaval de 20 años». Así resume Sergio Díez su nivel de ilusión al frente de esta nueva etapa. No es una frase hecha. Ha dejado algo muy importante atrás para seguir adelante. Llega después de once años detrás de la barra de otro clásico logroñés, el Pasapoga, donde —como él mismo reconoce— no solo ha trabajado: «Ahí conocí a mi mujer y nació mi hijo». Se ha ganado una vida entera.
El salto, por tanto, no es menor. «Me costó despedirme. Ha sido duro», admite. Y quizá por eso, porque sabe lo que significa un bar cuando se convierte en algo más que un negocio, su forma de aterrizar en el Neira no pasa por romper, sino por entender.

«No queremos cambiar lo que funciona». La frase no es solo una declaración de intenciones, es casi una línea editorial. Porque el Neira no es un lienzo en blanco. Es historia de nuevo viva de un barrio de siempre. Y Díez lo asume como un reto: «Queremos seguir con la cocina tradicional, haciendo las cosas como se han hecho siempre aquí», explica, en un proyecto que define como «superilusionante».
En esa idea de continuidad hay nombres propios, aunque no siempre se mencionen. Está la familia que levantó el bar, está la receta que ha pasado de generación en generación y está, incluso, una figura que sigue presente en el día a día: «Queremos hacer un guiño a la abuela Lali”, cuenta. Una forma de recordar que la hostelería también es herencia.
Porque si algo tiene claro es cuál debe ser el eje: «Los calamares van a ser el buque insignia». Y no cualquier calamar. «Seguimos con la misma receta», subraya. La misma que convirtió al Neira en una referencia durante décadas.
A partir de ahí, sí hay margen para crecer. Sin estridencias. «Vamos a empezar con raciones, platos combinados y bocadillos», detalla, con la idea de «abarcar un poco todo y luego ver lo que más funciona en el barrio». Una barra reconocible, «tradicional riojana», que dialogue con el entorno.

Y es que el barrio también forma parte del relato. «Es un barrio con un potencial espectacular, me he quedado flipado», reconoce. No lo dice desde la ingenuidad, sino desde la observación. Conoce el mapa, los equilibrios, las diferencias: «Cada uno tenemos nuestro rango». Y en ese reparto natural, el Neira quiere encontrar su sitio, el de siempre, sin invadir el de los demás. Todos son más fuertes que uno por uno.
Pero con el matiz de la personalidad propia. «Queremos resaltar por el vermú», explica. No es casualidad: «Hemos puesto grifo de vermú» y él mismo aporta una capa más al proyecto: «Soy sumiller, especializado en vinos». Tradición, sí. Pero también pequeños gestos que actualizan sin desvirtuar.
El equipo es otro de los pilares. «He montado un equipo con trayectoria, creo en ellos». Y hay un detalle que define el momento: «Cuando me vieron los ojos de ilusión, ninguno dudó en venirse».
Porque de eso va también esta historia. De un relevo. De una rueda que no se detiene. De bares que cambian de manos pero no de alma, siempre que quien llega entienda lo que hubo antes. Díez lo resume sin adornos: «Vamos a tocar lo mínimo, porque lo que funciona no se toca».


