Todos los logroñeses hemos tenido alguna vez una edad dentro del Café Bretón. Me explico. Esa edad de entrar de críos, pedir una Coca-Cola y alargar la tarde con un parchís o un Trivial. La de volver unos años después, cuando aquella Coca-Cola se convertía en cerveza y las conversaciones eran algo más profundas. La de regresar más tarde con un café en la mesa, mirar hacia la calle Bretón de los Herreros y entender que algunos bares no son solo bares, son lugares que han ido guardando distintas versiones de nosotros mismos.
Por eso la jubilación de Colo Cortés no es solo el adiós de un hostelero, es también el cierre simbólico de una etapa compartida. El Café Bretón ha sido durante décadas una especie de salón de casa con licencia de bar, un sitio donde cabían los hijos, los padres, las cuadrillas, las partidas, los libros, los premios, los cortos, los helados, los cafés largos y las tardes después de la piscina en verano.
Colo se va con la serenidad de quien ha tomado la decisión correcta. «Tengo un 10 por ciento de pena y un 90 de alegría». Tiene 67 años, podía haberse jubilado hace dos y reconoce que «ya no me siento con la energía suficiente». En sus palabras no hay drama, sino una mezcla de cansancio y alivio porque después de casi cuarenta años ligado a la misma calle, Colo sabe que ha cumplido y «ya he puesto mi granito de arena».

Su historia con el Bretón no surgió de algo planificado. De pequeño quería ser maestro y estudió Historia y Antropología. Empezó a trabajar desde muy joven y llegó a Logroño desde Barcelona por amor. Aquella primera novia duró unos años, pero después conoció a Marina Isabel Gago, su mujer, con la que lleva desde 1983. Y fue ella, precisamente, la pieza principal para componer este puzle.
El Café Bretón abrió el 21 de diciembre de 1984. No lo abrieron ellos, aunque estuvieron cerca desde el principio. Marina ayudó a buscar el nombre, el negocio lo pusieron en marcha dos socios y, al cabo de un tiempo, una serie de casualidades acabó metiendo a Colo y a su mujer en aquella historia. Entraron en 1987 y, desde entonces, la vida ha hecho el resto. Cambios de socios, traslados y decisiones que acabaron llevando el Bretón hasta su actual emplazamiento, donde ha permanecido los últimos veinte años.
El Café Bretón ha sido un lugar diferente porque no ha sido solo un café ni un bar de copas, tampoco solo un lugar para jugar la partida o un refugio de escritores, ni solo una parada antes o después del teatro. Ha sido todo esto a la vez. «La idea siempre es que esto es una continuación del salón de casa». Y en ese salón ampliado de Logroño cabíamos todos.
Colo no sabe explicar del todo cómo se consigue eso. Cómo puede convivir en un mismo espacio una mesa de adolescentes con juegos de mesa, otra de señoras mayores con la partida y otra de familias con niños pero da ciertas pinceladas cuando habla del trato, la variedad, el producto de calidad y la sensación de estar a gusto.

El local, pese a su aire de café de siempre, también ha sido un sitio de innovación. Colo recuerda que el Bretón fue el primer cibercafé de Logroño. Además, en la carta fueron entrando productos que acabaron marcando la personalidad del negocio. «Hemos intentado mimar el café y también el helado, con ayuda de Fernando Sáenz», que durante dos décadas se ha convertido en uno de los productos más vendidos del local sin que el Bretón fuera una heladería.
En muchas de esas innovaciones aparece Marina. Colo la define como la persona de las ocurrencias. «Ella es la de las ideas. Yo las llevo a cabo», explica. Y una de esas ideas terminó siendo mucho más que una estrategia comercial: el Premio Literario Café Bretón. Nació como una forma distinta de hacer publicidad, casi como una aventura que nadie pensaba que fuera a durar demasiado. Treinta y dos años después, «el premio se ha convertido en una de las señas culturales del establecimiento y de la ciudad».
La primera edición ya dejó una escena digna de relato. Seis miembros del jurado, tres finalistas y un empate imposible. La deliberación acabó en una cena en la Reja Dorada y la decisión no llegó hasta las cuatro de la mañana. «Dos miembros del jurado estuvieron varios años sin hablarse», recuerda Colo.
Ese legado no desaparecerá con la jubilación de Colo. El Café Bretón como tal cambia de etapa, pero el premio literario seguirá adelante. Colo continuará coordinándolo con el apoyo de Bodegas Olarra y Pepitas de Calabaza y de quienes han estado vinculados a esa historia.

La jubilación llega también en un momento en el que la hostelería ya no se parece a la que él conoció. «Yo soy de la antigua escuela y reconozco que el oficio se ha vuelto más complicado. Falta formación, cuesta encontrar plantilla, las costumbres han cambiado y el trabajo sigue siendo esclavo». Durante mucho tiempo tuvo un equipo fijo, un buen encargado y una estructura que le permitía tener algo de tiempo libre. Ahora, sobre todo desde la pandemia, siente que todo cuesta más.
Pero esta retirada no significa un adiós para siempre. El Cafe Bretón lo coge ahora un empleado de Colo que ha estado trabajando siete años con él «y conoce mi forma de hacer las cosas». Lo que sí cambiará es el nombre, ya que recuperará el de Café Bar Oriente, el que tenía antiguamente el establecimiento, pero la idea es mantener buena parte del estilo. «Para mí supone una tranquilidad dejarlo en manos de alguien conocido, alguien que sabe que en este lugar hay que hilar muy fino».
Y a partir de ahora, ¿qué? Pues ahora llega el momento de aburrirse, «teniendo en cuenta que aburrirse también puede hacerte feliz». Colo quiere leer, tomar cafés tranquilo, mirar las nubes, escuchar el ruido del mar y disfrutar de las cosas sencillas. Tiene amigos pendientes en Zamora, Burgos o Peñíscola. Y tiene, sobre todo, «una vida más lenta esperando después de muchos años de barra, proveedores, alquileres, plantillas, horarios y clientes».
Colo Cortés se jubila, sí, «pero lo hago con la satisfacción de haber sido el anfitrión de muchos clientes que ahora son amigos». Y no es poca cosa en un bar por el que Logroño ha pasado casi a diario, con sus prisas, sus partidas, sus primeras quedadas, sus cafés de media tarde y esas conversaciones que, sin parecer importantes, terminan quedándose en la memoria.


