La tarde caerá sobre La Rioja de una forma poco habitual. Durante algo más de un minuto, la Luna se interpondrá entre la Tierra y el Sol hasta cubrirlo por completo y convertir el atardecer en una escena única y difícil de olvidar. El próximo 12 de agosto, la región vivirá uno de esos fenómenos que no se repiten a menudo: un eclipse solar total visible desde España más de un siglo después de los últimos grandes eclipses que pudieron contemplarse desde la península, en 1905 y 1912.
La Rioja, situada dentro de la franja de totalidad, será uno de los lugares privilegiados para observarlo. En Logroño, el eclipse comenzará a las 19:33 horas, alcanzará la totalidad entre las 20:28 y las 20:29 horas y terminará a las 21:21. El momento más esperado durará apenas un minuto y 21 segundos, con el Sol a solo 7,4 grados sobre el horizonte. Será breve, bajo y al final del día pero precisamente por eso exigirá preparación.
Con ese objetivo nace FÉNIX-Experiencia de Luz y Sombra, un proyecto de divulgación científica impulsado por la Universidad Internacional de La Rioja, UNIR, para acompañar a la sociedad antes, durante y después del eclipse. Una iniciativa que no va a limitarse a organizar una observación colectiva, sino que va a aprovechar un fenómeno excepcional para acercar la astronomía, la investigación y el pensamiento científico a públicos de todas las edades.
«El eclipse es un evento muy espectacular», describe Roberto Baena, investigador de UNIR y coordinador del Máster en Astronomía y Astrofísica de la universidad. Pero hace hincapié en que no es solo una imagen bonita. Desde el punto de vista científico, un eclipse total permite observar zonas del Sol que habitualmente quedan ocultas por su propia luminosidad. La más relevante es la corona solar, la región externa de la estrella, visible durante la totalidad.
Baena recuerda que los eclipses han tenido un papel decisivo en la historia de la ciencia. El de 1868 permitió descubrir el helio, un elemento químico hasta entonces desconocido. El de 1919 sirvió para verificar la curvatura de la luz por efecto de la gravedad, una de las predicciones asociadas a las teorías de Einstein.
Actualmente la ciencia cuenta con instrumentos capaces de recrear eclipses artificiales en el interior de los telescopios. Son los coronógrafos, dispositivos ópticos que bloquean la luz directa de una estrella para estudiar su entorno. Baena señala que, antes de su invención en los años 30 del siglo pasado, los astrónomos perseguían los eclipses allá donde ocurrían. Aun así, el eclipse natural conserva su valor: permite observar la corona, captar imágenes, estudiar protuberancias solares y acercar al público preguntas que normalmente quedaban ‘encerradas’ en laboratorios y observatorios.

Y precisamente una de esas preguntas sigue abierta a día de hoy: por qué la corona solar está mucho más caliente que la propia superficie de la estrella. «Es uno de los grandes enigmas actuales de la astrofísica», apunta Baena. El eclipse no resolverá por sí solo el misterio pero sí ayuda a explicar por qué el Sol continúa siendo un objeto de estudio esencial.
FÉNIX parte precisamente de esa idea: mirar al cielo para comprender. El proyecto se articula en tres fases. Una primera de preparación, con charlas, talleres y actividades divulgativas; una segunda centrada en la observación guiada y segura del eclipse; y una tercera posterior, con propuestas educativas que prolonguen el impacto del fenómeno. La intención es que el eclipse no termine cuando vuelva la luz, sino que deje preguntas, aprendizajes y vocaciones.
Baena cree que acontecimientos de este tipo pueden tener un efecto directo en los más jóvenes. «Si no has visto nunca un eclipse de Sol, es un momento enigmático. Ese asombro puede despertar curiosidad: por qué sucede, cómo se produce, qué estamos viendo exactamente y qué respuestas ofrece la ciencia. En ese camino, el eclipse puede convertirse en una puerta de entrada a estudios vinculados con la astronomía, la astrofísica y las áreas STEM».
La otra gran pata del proyecto es la seguridad. Porque mirar un eclipse no es mirar una puesta de sol. Baena es tajante: «Los métodos caseros no valen». Ni cristales ahumados, ni radiografías, ni gafas de sol convencionales, ni inventos improvisados. Para observar directamente el eclipse solo sirven gafas específicas homologadas, con filtros que cumplan la normativa ISO 12312-2:2015, sello CE y adquiridas en proveedores fiables.
El investigador lanza además una advertencia sencilla y contundente: «La retina no duele». Es decir, una persona puede estar dañándose el ojo sin notar dolor en el momento y empezar a sufrir las consecuencias horas después o al día siguiente, con visión borrosa, molestias o lesiones más graves. Por eso, desde UNIR insisten en que la información será tan importante como la observación.

En el caso de prismáticos o telescopios, la recomendación es todavía más estricta: solo deben utilizarse con filtros adecuados y bajo supervisión de personal especializado. Una lente mal empleada puede concentrar la luz solar y multiplicar el riesgo.
A la protección ocular se suma una recomendación más práctica y menos repetida: elegir bien el lugar. El eclipse de 2026 será bajo, con el Sol muy cerca del horizonte y descendiendo. Eso obligará a buscar zonas despejadas, sin edificios, árboles o montañas que tapen la visión. Pero Baena pide no confundir un buen punto de observación con un lugar peligroso. Si se elige una azotea, que tenga barandilla. Si se va al campo, que haya una salida fácil y un camino iluminado o reconocible. El eclipse llegará al final del día y, después, se hará de noche.
España vivirá en los próximos años una pequeña trilogía astronómica: eclipse total en agosto de 2026, otro total en agosto de 2027 y uno anular en enero de 2028. Pero para La Rioja, el de 2026 será el gran momento. Un fenómeno de apenas unos segundos largos, esperado durante más de un siglo, que FÉNIX quiere transformar en algo más que una fotografía para el recuerdo.


