Quien dice río, dice pantano. Y quien dice pantano, dice playa, si hace falta. Pero en el fondo, da igual el lugar. Lo importante es que haya agua. Agua fría, transparente, con ramas o algas traicioneras en el fondo y piedras que te dejan los pies como si hubieras caminado por Marte. Agua para saltar, para chapotear, para flotar en silencio con la mirada perdida en las montañas. Agua para vivir el verano como debe ser: con el bañador húmedo desde las once de la mañana hasta las ocho de la tarde.
Si Pedro Sánchez es un dictador —que lo es, según la fuente informativa con más autoridad del pueblo: el bar—, está a tiempo de redimirse. Que se deje de amnistías, saunas, impuestos y cumbres europeas y se ponga a planificar pantanos por toda España. Que reparta embalses como si fueran ministerios, uno por comarca, y se asegure de que ningún pueblo pase un solo verano sin su zona de baño y su buena sombra para tirar la toalla.
La mía, por cierto, lleva siendo la misma desde hace décadas. Me la regalaron en no sé qué aniversario de los supermercados Sabeco, y es de un material que no existe ya en la naturaleza ni en la industria. Indestructible. Si un día me la olvido al lado del río, es posible que los nietos de los nietos de mis nietos la encuentren en el año 2218 en el mismo estado, dispuesta para que cualquiera se tumbe encima a mirar el sol, las nubes y las estrellas (benditas noches de San Lorenzo). Y para pensar, en ese instante de paz absoluta, que no hay mayor suerte que estar ahí, en ese momento, rodeado de vida.
Porque el río, además de frescor y piel arrugada, es información. Información en bruto. La maquinaria informativa del río está tan bien engrasada que ya quisiéramos en la redacción de NueveCuatroUno una red de corresponsales igual de eficaz. Sin filtros, sin burocracia y sin tiempos muertos. Ahí te enteras de todo: divorcios (y reconciliaciones), emparejamientos sorprendentes («¿pero no estaba con la chica del otro pueblo?»), estudios («el hijo del Javi se ha ido a Pamplona a hacer Biotecnología, o algo de eso»), cambios de trabajo, oposiciones, embarazos, jubilaciones anticipadas, herencias en disputa… Toda la vida del pueblo, y la de sus ramificaciones familiares hasta séptimo grado, fluye como el agua: clara, directa y sin detenerse.
A pocos metros del baño suele haber un frontón, una campa, un merendero o todo a la vez. Zona franca para echar el día. Allí se juega al mus, se comen bocatas del chorizo que ha secado meses atrás, se monta el valdeprimi con cincuenta personas que oscilan de los diez a los setenta años y se forman círculos de conversación donde el tiempo se mide en latas de cerveza. También es el epicentro sonoro del pueblo: si te colocas estratégicamente, puedes elegir tu banda sonora. Las cantaditas suaves de los cuarentones con hijos, el indie amable de los treintañeros que se resisten a hacerse mayores y, claro, el trap y el reguetón de los veinteañeros, que no se resisten a nada porque creen que todo es suyo. Y tal vez lo sea.
A veces el río baja fuerte. A veces ni baja. Pero da igual. Con suerte, unas semanas antes de que lleguen los veraneantes de agosto, los veraneantes premium han hecho una presa a espaldas de la confederación hidrográfica (mandan más que el Papa en Roma). Porque el río no es solo agua. Es ritual, comunidad, memoria compartida. Es el primer salto desde la roca de los valientes. Es la risa congelada en la cara cuando te sumerges sin pensarlo. Es el pescar pececitos diminutos con red. Es el hijo recibiendo crema a regañadientos por quinta vez en una mañana. Es el «a que no te atreves» y el «aguanta debajo quince segundos». Es el lugar donde fuimos niños, y donde volvemos a serlo cada verano.
Por eso, si algún día alguien os pregunta qué es el paraíso, decidle la verdad: no está en una playa de Tailandia ni en una cala de Formentera. Está en el río. En el centro del pueblo (o dos minutos a lo más tardar), bajo un puente o entre dos chopos, con el rumor del agua, el runrún de las conversaciones y la certeza de que no hay otro lugar en el mundo donde preferirías estar.
Y si no me crees, te invito un día. Yo pongo la toalla. La de Sabeco, claro, que es indestructible.


