Parecía imposible. Lo de ganar una Copa del Mundo. Que si el fallo de Cardeñosa, el mano a mano de Julio Salinas, el codazo de Tassotti, el robo perpetrado a favor de Corea por Gamal Mahmoud Ahmed Al-Ghandour… que si tandas de penaltis perdidas, oportunidades desaprovechadas, cantadas como la de Zubizarreta ante Nigera o Michel quitando su cara ante un pelota que acabó entrando en la portería española. Fiascos, uno tras otro, de una Furia Española que tenía claramente equivocado su estilo… Durante el siglo XX parecía un imposible conseguir lo que ya habían celebrado otros: desde Mario Kempes hasta Lothar Matthäus pasando por Cafú, Maradona, Rossi, Pelé o Franz Beckenbauer. Y todo ello, a pesar de tener una de las ligas más poderosas del planeta.
Hubo un tiempo -no tan lejano para los nacidos el siglo pasado- en el que pensar en España como campeona del mundo parecía una quimera. Durante décadas, el fútbol español convivió con la etiqueta de eterno aspirante, capaz de enamorar por momentos -como contra Dinamarca en México 86-, pero condenado a quedarse siempre a las puertas de la gloria. Todo cambió, en términos mundialistas, en Sudáfrica, en 2010. Y dieciséis años después ha vuelto a ocurrir. España ha conquistado su segunda Copa del Mundo y ha confirmado que aquello no fue una casualidad, sino la consolidación de una identidad futbolística capaz de sobrevivir al paso del tiempo, a los cambios generacionales y a las modas.

FOTO: RFEF.
Entre las dos estrellas hay muchos puntos en común. La apuesta por el balón, la paciencia para construir los partidos, el talento técnico y la convicción de que la mejor manera de competir es siendo fiel a una idea. Pero hay otro hilo conductor mucho más pequeño, casi escondido, que solo puede apreciarse desde La Rioja. Una de esas cábalas que tanto gustan al fútbol: España nunca ha ganado un Mundial sin un riojano en su plantilla.
En 2010 ese riojano fue Fernando Llorente. El delantero de Rincón de Soto no levantó titulares por marcar el gol decisivo en la final ni por firmar una actuación deslumbrante durante todo el campeonato. Sin embargo, dejó una de esas intervenciones que cambian el rumbo de un torneo.
Fue en los octavos de final, frente a Portugal. España dominaba, pero era incapaz de romper el muro de un rival que esperaba cómodo, la Portugal de Cristiano Ronaldo. Vicente del Bosque recurrió a Llorente y el partido cambió. Su presencia obligó a la defensa portuguesa a retrasar metros, abrió espacios para los centrocampistas y dio una nueva dimensión al ataque español. Poco después llegó el gol de David Villa que clasificó a la selección para los cuartos de final. Aquel encuentro fue, probablemente, el momento más delicado de todo el campeonato. Superado ese obstáculo en Ciudad del Cabo, España encontró el camino hasta levantar la primera Copa del Mundo de su historia.

Javi Martínez y Fernando Llorente besan la Copa del Mundo en 2010. AS.com
Dieciséis años más tarde, el protagonista riojano ha ocupado un lugar muy diferente. Luis de la Fuente no ha vestido las botas ni la camiseta, pero ha dirigido desde el banquillo a una generación que ha vuelto a colocar a España en la cima del fútbol mundial.
El técnico de Haro ha creado una selección con enorme talento, aunque también con muchas dudas tras los últimos grandes torneos -Brasil, Rusia o Catar-. Lejos de romper con el pasado, ha apostado por mantener la esencia del modelo que hizo campeona a España en 2010. Ha adaptado el juego a un fútbol más veloz, pero sin renunciar a la personalidad que convirtió a la selección en una referencia internacional.
La segunda estrella confirma así que aquella forma de entender el fútbol no pertenecía únicamente a una generación irrepetible. También era una manera de competir.

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Y entre una estrella y otra aparece esa curiosa coincidencia que alimenta la leyenda. Fernando Llorente estuvo presente en el primer Mundial conquistado por España. Luis de la Fuente ha dirigido a la selección en el segundo. Dos épocas distintas. Dos funciones completamente diferentes. Dos nombres separados por dieciséis años. Pero un mismo origen.
Seguramente no sea más que una casualidad. Las estadísticas no entienden de supersticiones y ningún título se explica por la procedencia de uno de sus protagonistas. Pero el fútbol siempre ha vivido de pequeños símbolos, de coincidencias convertidas en tradición y de historias que nadie puede demostrar, aunque todos disfrutan contando.
Y, por ahora, la historia dice que España solo ha conocido el camino hacia la gloria mundial cuando un riojano ha formado parte del viaje. Que tomen nota en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas.


