La Rioja

La lumbre siempre encendida de los Cameros

Vista de Muro en Cameros en el Camero Viejo. / FOTO: s Sturcke | sturcke.org

Juan es un recuerdo. El de él haciendo fuego a mediodía. Apenas tardaba unos segundos para que aquello comenzara a caldear el ambiente. Cuatro troncos, un poco de cartón o una caja vieja de vino… y la cerilla prendía la leña seca casi como por arte de magia. Eran tiempos en los que hacer fuego era la primera labor del día. Una rutina más. Después, abría la puerta despacio -como el que no espera a nadie al otro lado, colocaba alguna silla, miraba el cielo desde el quicio de la puerta, y esperaba a que se pasara el cartero con la prensa del día. Antes eran noticias frescas, ahora un producto desactualizado.

Julio solía aparecer poco después. Su vida empezaba en el campo, visitando las cuatro fincas que tenía alrededor de su pueblo, con cuatro ovejas, un par de cabras, alguna yegua y unas vacas a las que cuidaba con esmero. De complexión más ancha, el campo le mantenía en forma. Con aquellas alpargatas sin ajustar por el talón que acababan convertidas en una especie de chanclas improvisadas. Arrastraba los pies hasta la cámara frigorífica, revisaba los quintos de cerveza y preguntaba si había vino refrescándose. El porrón guardaba el descanso de los justos tras el día anterior, hasta que se emitiera el Ángelus en la radio.

Laguna recibe visitantes durante el verano camerano.

Estos hermanos vivían juntos en una casa de piedra y vigas de madera en Jalón, y pasaron sus últimos años de vida abriendo cada mañana el bar de su pueblo. Un bar pequeño, humilde, donde apenas había cuatro banderillas, unas bolsas de patatas, vino tinto, gaseosa, algún helado en verano y una lumbre encendida durante todo el año, salvo los días de fiesta: a San Miguel y a Santa Justa se les venera.

El hecho de tener este ‘barcito’ siempre abierto nunca pareció importarle demasiado a nadie. No funcionaba como un negocio al uso. Ni siquiera en esos veranos en los que este pueblo recuperaba algo de movimiento con la llegada de los veraneantes desde Logroño, Vitoria o Madrid. El bar servía para algo más sencillo… y mucho más importante: encontrarse.

A media mañana se pasaban por allí algún paisano de Muro, Cabezón, San Román o Torre. Esperaban lo de cada día. Unos tomaban asiento, otros se apoyaban en la barra con el primer chato del día entre las manos. Se hablaba del ganado, de las tormentas, de cómo venía la siembra o del precio de los corderos. Cada jornada pagaba uno el almuerzo y sobre las brasas acababan apareciendo un chorizo, unas pancetas, alguna morcilla o por supuesto careta… productos todos ellos que forman parte de la vida cotidiana -«hasta que el médico me lo quite», que decía Julio- de muchos pueblos riojanos y que hoy son suculentas delicias urbanas.

Pueblos de piedra y flores en los balcones como en San Román.

Las conversaciones podían durar horas. Como en otros muchos bares de otros muchos pueblos riojanos. Lugares en los que el bar nunca fue únicamente un bar. Ha sido -y sigue siendo- siempre una extensión de la vecindad, un lugar donde acompañarse sin necesidad de organizar nada, donde la vida diaria seguía ocurriendo incluso cuando el invierno vaciaba las casas y dejaba apenas una decena de vecinos resistiendo al frío de la sierra. El café de media tarde, en compañía, rompía la soledad y sentaba mejor que cualquier medicamento.

En estos lugares, la montaña obliga a viajar de otra manera. Las curvas estrechan el paisaje. La cobertura desaparece en algunos tramos antes incluso de llegar al siguiente pueblo. Los ríos bajan fríos hasta bien entrado el verano, y las tardes parecen alargarse más de la cuenta junto a cualquier banco improvisado al sol. Nadie parece tener demasiada prisa, aunque los paisanos, ciertamente, nunca paran, siempre tienen algo que hacer.

En Soto, un nuevo valle se abre de repente sobre un paisaje áspero y enorme desde el que resulta fácil entender la relación histórica de estas montañas con la trashumancia y la lana. Durante siglos, estas sierras estuvieron conectadas a las grandes rutas ganaderas que atravesaban media España y alimentaban una importante actividad textil en localidades como Munilla.

Pozas del Gozillo en el río Jubera.

Hoy queda otra forma de riqueza. Más tranquila. Más silenciosa también. Pueblos de piedra -recuperados por el compromiso vecinal- donde todavía se escucha correr el agua por las regaderas. Pozas junto al Leza o el Iregua donde varias generaciones siguen compartiendo el verano sin necesidad de grandes artificios. Casas solariegas en San Román, Torrecilla, Ortigosa o Laguna que recuerdan el pasado hidalgo de una comarca acostumbrada históricamente a emigrar y regresar.

El paisaje cambia además en pocos kilómetros. El Camero Viejo aparece más rudo y mineral, con barrancos abiertos y monte bajo. Hacia el Camero Nuevo la vegetación gana altura y humedad bajo la influencia de Cebollera. Llegan los pinares, las hayas y encinas, las sombras más densas y un verde que muchos visitantes no esperan encontrar al pensar en La Rioja.

Torrecilla es la cabecera de comarca del Camero Nuevo.

Entonces descubren una región distinta a la imagen más conocida del territorio riojano. Una Rioja de montaña, de pequeños pueblos dispersos, de carreteras secundarias y veranos junto al río. Un lugar donde todavía es posible pasar horas sin mirar el teléfono porque sencillamente deja de hacer falta. A veces basta entrar en cualquiera de esos bares pequeños que sobreviven entre la sierra para entenderlo.

Conocerán que viene tormenta, cuánto ha llovido los últimos días, qué se está preparando para la fiesta patronal, conocerán que los nietos de Ruperto están de vacaciones o que Loli ha vuelto de pasar unos días en la playa. Verá el cartel que hay colgado en la esquina para apuntar a una excursión a Santander, y sabrá que las mujeres están organizando un taller de almazuela, que los jóvenes han recuperado una danza ancestral y que este año Gabi no subirá con la dulzaina porque está de baja.

Ortigosa es un enclave rural en medio de la naturaleza típica de la sierra riojana. FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

Y durante un rato tendrá la deliciosa y cada vez más necesaria sensación de que el tiempo continúa avanzando exactamente igual que hace varias décadas, cuando Juan todavía tardaba media mañana en decidir que ya era momento de encender la lumbre, sabiendo que su hermano llegaría en un rato y a buen seguro traería frío porque se empeña en ir siempre con esas alpargatas tan poco adecuadas para estas fechas.

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