Hay quienes lo aprenden por amor al arte, por obligación o por tener una línea más en el currículum. En el Instituto Chino de La Rioja llevan desde 2015 formando alumnos en una de los idiomas más antiguos del mundo: «Es una lengua primitiva, no ha evolucionado en los últimos cuatro o cinco mil años», cuenta Daniel García, uno de los profesores de la academia.
En los últimos años se ha vivido un aumento de la demanda de clases de chino. Actualmente tienen 130 alumnos presenciales y 20 que siguen las clases online que estudian para obtener hasta el cuarto grado de HSK (equivalente a un B2 de inglés, para entendernos). Los temarios que manejan están enfocados a superar ese examen. «Cuando empieza el curso les digo a todos: al final del curso hay un examen y lo vais a aprobar. Vamos a por ello», apunta Daniel.
«Los dos primeros niveles son bastante básicos, con el tercero ya aprendes toda la gramática y unas seiscientas palabras que ay te dan fluidez a la hora de hablar, y con el cuarto, ya tienes acceso a cualquier universidad o trabajo a nivel internacional», explica Daniel. «Es un idioma que se habla con 500 palabras. Es una lengua muy básica y muy sencilla en este aspecto. Es a base de conceptos y las cosas nuevas se construyen con conceptos básicos. Por ejemplo, el avión es la máquina que vuela», añade.
Por otro lado, «es muy diferente, entonces al que empieza de cero le rompe un poco los esquemas acerca de lo que tenemos pensado que es un idioma. No se asemeja a ninguna lengua europea, son estructuras completamente diferentes».
Lo que más cuesta a los alumnos son los caracteres: «Hay muchísimos y es lo que más miedo da», cuenta Daniel. «Los caracteres son dibujos y cuesta memorizarlos, pero si saben los trazos y el origen ayuda un poquito, pero aún así es tan diferente que cuesta», explica Gao Yayun, quien también es profesora en la academia. «Cuesta arrancar, pero luego son cosas muy orientativas, va fluyendo. Una vez aprendes cierto número de caracteres, luego tú mismo los vas viendo», añaden. «Lo más importante es conocer a tus alumnos y saber cómo enseñarles», explica Yayun.
Los tonos también es una de las cosas que más cuesta arriba se hace a los hispanohablantes. Y no es para menos. La lengua china tiene cuatro tonos: dependiendo de la entonación puede significar una cosa u otra. Yayun pone como ejemplo una palabra que, aunque se pronuncia igual, tiene cuatro significados completamente diferentes dependiendo de la entonación: ocho, diana, padre o arrancar. Ahí es nada.
Para quitarle hierro al asunto, también explican que la pronunciación es muy fácil y que la mayoría de los alumnos en menos de cuatro meses la aprenden. El problema es que la mayoría de alumnos no cuentan con un entorno para practicar más allá de las clases. Para ir acostumbrando el oído, estos profesores recomiendan escuchar música y ver series o películas en chino. La verdad que tienen que estar graciosas las juntas de ‘Aquí no hay quien viva’ en mandarín.
Muchos de sus alumnos son niños que han decidido (o sus padres por ellos) aprender chino. Las ventajas de estudiar este idioma de cara al futuro son más que evidentes. No solo porque China sea segunda potencia mundial, sino porque aprender una lengua siempre es una barrera menos. Según cuenta Daniel: «Aunque no domines el idioma, si ya tienes cierto nivel y vas y hablas con ellos te van a acoger de una forma diferente. Les gusta que tengas interés por su cultura».
Pero en esta academia van mucho más allá. No solo enseñan el idioma, también quieren que los alumnos entiendan la cultura, la gastronomía, las tradiciones y el pensamiento. «Celebramos todos los festivales tradicionales porque así los alumnos se sienten más cercanos a la lengua», explica Yayun. Y es que aprender está muy bien, pero celebrar nos gusta más.
La mejor prueba de que tienen que estar haciendo las cosas bien es que «la gente que lo prueba un año, tiende a repetir, a seguir, porque motiva».


