El Rioja

Donde descansan las viñas más viejas de Rioja

Un recorrido por los municipios donde descansan las viñas más viejas de Rioja

Viñedo viejo en Cordovín. | Foto: Leire Díez

Muchas fueron las que quedaron raíces arriba y bien pocas las que aguantaron amarradas a las inclemencias de cada época. Aunque el Pliego de Condiciones de la DOCa Rioja hable de «viñas viejas» como aquellas que se plantaron en 1980 o con anterioridad, la realidad es que esta denominación guarda con arrojo un importante (aunque escaso) mapa vitícola que se acerca e incluso supera el siglo de historia. En muchos casos, la edad de las viñas de Rioja continúa siendo todo un misterio a día de hoy ya que la mayoría no cuenta con un registro oficial sobre la fecha de su plantación y solo queda ajustarse a los testimonios de las gentes del pueblo, a veces más fiables que los propios registros de la época. Pero está claro que lo de poner una edad a aquellas que preceden a 1925, fecha de fundación de la Denominación de Origen Calificada Rioja, es un auténtico juego sin reglas. Los registros no existían por aquel entonces y ahora toca ajustarse a lo que entonces marcaron los técnicos como fecha de plantación. «Aquí venía el ingeniero de turno y decía que todas las viñas de esta zona eran del mismo año y punto». Aunque luego salían los testimonios del abuelo, que decía saber con seguridad que esa viña era más vieja aún. «Pues si la compró mi padre en 1930 y ya era vieja, echa cuentas».

El catedrático de Viticultura de la Universidad de La Rioja Fernando Martínez de Toda realizó un estudio en 2016 sobre los municipios de Rioja que más porcentaje de viñedo de más de 80 años ( plantado antes de 1936) tiene en proporción con la superficie plantada. Viñedos que a día de hoy, si han aguantado, ya rozarán los 90 años. El Alto Najerilla y Rioja Alavesa lideraban entonces la lista con Cárdenas (un 15,31 por ciento del viñedo tiene más de 80 años), Leza (un 15,25 por ciento), Navaridas (un 14,50 por ciento), Badarán (un 11,46 por ciento) y Villabuena de Álava (un 11,24 por ciento) en el ‘top 5’. Una de las conclusiones de este estudio arrojó que la proporción media de viñedo de más de 80 años para toda la DOCa es del 2,27 por ciento con apenas 1.440 hectáreas, siendo muchos los pueblos que no tienen nada de viñedo con esa longevidad, por lo que carecen del patrimonio genético, cultural, histórico y paisajístico.

Aunque no es Cárdenas ni Badarán, en el vecino pueblo de Cordovín Kevin Torres es un joven viticultor que mantiene en pie algunas de estas esculturas naturales que en su día plantaron sus antepasados. Las suyas son algunas de las pocas viñas que se conservan tras la llegada de la concentración parcelaria a este municipio en 2009 y ahí tienen gran mérito tanto las diferentes manos de los agricultores que han pasado por ellas mimándolas, como las de la bodega Florentino Martínez, que ha apostado por su supervivencia dando un valor añadido a sus uvas.

Kevin Torres, en uno de sus viñedos viejos que mantiene en Cordovín. | Foto: Leire Díez

En el paraje Sobrevilla se encuentra una de esas viñas viejas que supera la hectárea. Cepas en su mayoría de garnacha, aunque con algunas que otras blancas intercaladas y otras de variedades también sin catalogar aún. «Este es un ejemplo de que antes las viñas se plantaban para el tradicional clarete de este pueblo, así que todo iba junto», apunta el joven. «La viña ronda los cien años, igual son 95 o 105, pero sé que la plantaron mis abuelos Lucio y Restituto junto a sus padres porque todos se dedicaban a la viña». Una tierra fuerte que soporta bien la sequía, una plantación que se hacía con barbado por aquella época, renques estrechos por los que difícilmente pasa el tractor… Historia de ayer cultivada hoy.

En esta zona del Alto Najerilla apenas hay tempranillo tinto viejo porque le costaba mucho conseguir la maduración fenólica, por lo que esta uva no se usaba para el clarete. A diferencia de la garnacha, que siempre alcanzaba un poco más de grado. De hecho, la viña más antigua de tempranillo en Cordovín es de 1918 y también está en manos (por suerte) de Kevin. «Vamos a seguir manteniendo este tipo de viñas porque luego conseguimos que la bodega también le de un valor. Antes estas uvas se metían en las cubas de hormigón de las viejas bodegas del pueblo, que cuenta con dos barrios de bodegas. Y es que antes había una o dos bodegas por familia y luego la mayoría vendía al por mayor a las grandes bodegas».

Pueblo con gran tradición por el clarete y que ya en el siglo X formaba parte de un priorato de San Millán de la Cogolla, donde los monjes tenían una granja. Los viñedos de Cordovín pertenecían por tanto al monasterio, que incluso tenía bodega. Pero el clarete llegó a ser algo propio de toda Rioja en su conjunto, con los vinos blancos superando en cantidad a los tintos, hasta que llegaron los franceses por el corredor del Ebro. Cordovín fue una de las zonas que quedó aislada de ese desarrollo manteniendo el vino medieval. Un vino que a día de hoy se elabora prácticamente igual y que Kevin ha querido preservar con sus cepas viejas.

Los hermanos Aritz (izquierda) y Arkaitz Laredo, en un viñedo viejo en Leza que llevan a renta desde hace más de una década. | Foto: Leire Díez

Al otro lado del río Ebro los hermanos Aritz y Arkaitz Laredo Garrido gestionan una explotación de 54 hectáreas de viñedo en tierras de Rioja Alavesa de las que en torno al 30 por ciento son viñas viejas repartidas entre Leza, Navaridas, Laguardia, Lapuebla de Labarca y Villabuena de Álava. Su andadura como viticultores a título profesional comenzó en 2006 tras salir de la bodega familiar asentada en Leza y teniendo clara cuál iba a ser su apuesta: trabajar cepas viejas en busca de la máxima calidad. «El hecho de que Leza sea uno de los pueblos de la denominación con más porcentaje de viñedo viejo en proporción con lo que hay plantado es simplemente porque aquí no había viticultores. Estas viñas se abandonaron en su día porque llegaron malos años en los que no se cobraba bien por la uva, así que se dejaron de cultivar. O simplemente porque por herencia pasaron a manos de gente que no vivía en el pueblo ni quería saber nada de las viñas. No se arrancaron, pero tampoco se cuidaron. Si Leza hubiera tenido entonces agricultores como los que ha habido en otros pueblos como Lapuebla o Laguardia, esta viña en la que estamos ahora ya habría sido arrancada y plantada a 2,40 metros de ancho para así hacerla rentable», sentencia Arkaitz desde un pequeño corrito plantado en 1920 en el paraje conocido como Cerro Las Cuevas en Leza. Una viña que arrendaron hace ya más de diez años.

«Aquí la vendimia suele ser en cajas, en función de lo que determine la bodega ese año, y eso también tiene un plus de cara al precio. No es lo habitual, pero por suerte hay algunas bodegas que pagan por la calidad, por la edad del viñedo y también por una gestión en ecológico -venden sus uvas a Luis Cañas, Valdelana y Launa-, y eso es la única manera de que estas viñas sigan en pie pese a que cada vez es más complicado. Todo lo que hacemos va en contra de la producción, pero los precios cada vez van más en contra de nosotros porque desde que empezamos hasta ahora los precios igual han caído un 30 o 40 por ciento. Así que vemos un futuro muy complicado para los viticultores que tienen afán por seguir llevando este tipo de viñas y que por desgracia ya son cada vez menos. Porque si ahora dejamos una viña que es de un hombre ya jubilado, ¿quién la va a coger? Si es que ya nadie quiere porque no hay compromiso por parte de las bodegas para asegurarte su rentabilidad», apunta su hermano Aritz.

De las cuatro hectáreas con las que partieron en un principio poco a poco fueron sumando diferentes parcelas arrendadas a su listado. Las primeras, recuerdan, fueron una decena que Fernando Remírez de Ganuza les dejó en arrendamiento. «Un maestro para nosotros», rememora Arkaitz con emoción. «Con él aprendimos lo que era la vendimia en cajas, nos curtimos en la viña, nos enseñó todo en cuanto a la gestión en el campo y cómo se hacían las cosas. Nos enseñó mucho, tanto en el campo como en la vida». Aprendizajes que ellos trasladan a esas cepas que continúan podando, segando y protegiendo para que sigan manteniendo su valor.

Julián Martínez, en su viña vieja en la Sierra de Yerga, en Quel. | Foto: Leire Díez

El viaje por los parajes donde descansan las viñas más viejas de Rioja no tiene fin. Siempre hay algún término en un municipio que responde al nombre de «viñas viejas» o alguna voz veterana del campo que te lleva hasta esa remota finca donde un día su familia cargaba cestos de uvas. Como la «viñita» de Julián Martínez, como él la llama por su tamaño, porque comparado con las explotaciones de ahora esa es «un juguete». Su juguete más preciado, eso sí, y el que lo mantiene ligado al campo con la misma ilusión de siempre. Tiene 83 años y sigue podando esa garnacha (a saber de qué año) escondida en la sierra de Yerga, en término de Quel. «Yo la heredé de mi madre y ella de su padre, así que a saber quién la plantó y los años que tiene, pero más de cien seguro». Aunque hace unas dos décadas arrancó las cepas viejas que tenía para plantar nuevas al vaso no se acercó a esta finca, Barranco del Prado. «Esa es especial, una viña que se puede trabajar con azada de oro. Esa no se muere, pero si la cuidas. Porque otras se mueren bien jovencitas», apuntaba un mes de febrero bien abrigado. Y ahí seguirá un invierno más, podándola para que luego traiga los mejores frutos que se vinificarán con Javier Arizcuren.

Que se lo digan si no a esa viña de la que Luis Esteban (Murillo de Río Leza, 1929) se desprendió a duras penas hace cinco años para dejarla en manos de la bodega Paco García y, que según sus cuentas, fue plantada en el 1880. «Sí, esta salió viva de la filoxera. Es una valiente». Una viña de garnacha (aunque con algún racimo de moscatel y viura que sobresalía en los cestos) que le traía aceite, higos y cerezas además de vino. «¿Cómo iba a vender una cosa así si me abastecía de tanto durante todo el año?». Una viña que, aún con 90 años, mantenía «de buen ver» y que desde hace pocos años tiene una segunda vida en una botella especial, El Mirón del Humilladero.

También en el pueblo de Alcanadre se han visto algunas de las cepas que conservan parte de la historia de Rioja plantada. Ya lo relataba otra voz autorizada en este sector, la de Emilio Barco, junto a otras voces de la experiencia del campo como son la de Ernesto Fernández y Mariano Gil, también de esta villa a orillas del Ebro. «Fíjate que aquí en Alcanadre son tres los barrios de bodegas que hay, con Santa Ana, Puesta el Soto y todo lo del trujal, lo que está en el barranco. Pues en el siglo XVIII ya estaban todas ellas funcionando, unas 82 bodegas. Y que te diga Emilio, que éramos uno de los pueblos donde más viñas había». Pero entre 1965 y 1970 el precio de la uva cayó y «se arrancó tal cantidad de viñas que la gente de fuera no reconocía el pueblo». Tantas historias como viñas aún conservadas y que van pasando de generación en generación. Se presupone que se mantienen por un motivo emocional, por ese vínculo a un pasado que no se quiere olvidar. Y bienvenido sea ese sentimiento.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top