Las casetas han vuelto a aparecer en El Espolón de Logroño este fin de semana y, con ellas, vuelven las historias que dan vida a uno de los rincones más emblemáticos de la ciudad.
Como la de Maite Yanguas Ortega, quien lleva tres décadas elaborando lo que, para ella, es algo más que el dulce riojano por excelencia. «Diría que el fardelejo es un símbolo de ‘riojanidad’ en gastronomía. Me parece que es una parte muy importante de esta región gastronómicamente hablando».

Para Yanguas, el secreto para elaborar un buen fardelejo es la combinación de tres factores: «Que te guste mucho lo que haces, cuidar bien la materia prima que compras y mantener siempre una buena calidad».
No tiene ni la más remota idea de cuántos fardelejos puede llegar a hacer en un año (ni mucho menos en las últimas tres décadas): «Yo me conformo con hacer muchos y con eso me sobra. Soy artesana, entonces no estoy pensando todo el día en cálculos. Es otra historia».
A esta profesional lo de hacer fardelejos le viene de familia, pero no por tradición. Su padre siempre ha sido una de esas personas «superemprendedoras» y siempre la animaba a ponerse algo por su cuenta. «Mi padre vendía frutos secos, íbamos a las ferias y veía que esto se vendía», recuerda Maite. Así que buscó a alguien para que le enseñara a preparar este dulce. Y así nació ‘Fardelejos La Queleña’.
A pocos metros de distancia está Sandra Martínez, quien lleva casi cuatro décadas dedicándose a hacer bisutería artesana. Empezó, precisamente, con lo que hace ahora. Lo dejó durante un tiempo, pero hace seis años retomó su trabajo con las flores encapsuladas. «Esto lo empezamos hace 40 años y empezamos a investigar cómo hacerlas. Lo fuimos haciendo, probando y ajustando hasta que conseguimos que saliera». Lo que de toda la vida se ha llamado ensayo-error. Y así, con mucha práctica y muchos arreglos, Martínez consiguió perfeccionar la técnica que utiliza para elaborar sus joyas.

Cada pieza cuesta elaborarla en torno a 20 días. «Entre que recoges las flores, las secas y después empiezas el proceso… pues calcula». Sandra es de las de la vieja escuela, sigue secando las flores con las hojas de los libros. «El tiempo de secado depende del tipo de flor, algunas pueden llegar a tardar quince días», explica.
Después, una vez que las flores están secas, comienza todo el proceso «con la resina y el montaje». Para ella, poder trabajar con la naturaleza es «un placer».
A lo lejos, el olor de las rosquillas que está elaborando Diego Agüero inunda gran parte del Espolón. Este argentino, calagurritano de adopción, lleva unos cuatro años dedicándose a esto: «Tenía un amigo que necesitaba gente, me enseñó a hace rosquillas y acá estoy».

Hay un refrán muy conocido que dice así: «En casa del herrero, cuchillo de palo». Y es que Agüero, pese a dedicarse a la repostería, no es muy goloso. Eso sí, lo que le gusta es dedicarse a preparar las rosquillas. Eso, y el trato con el público: «Me encanta que siempre estás conociendo a gente nueva y que a la gente le encanta lo que hacemos».
Lo tiene claro, el secreto para unas buenas rosquillas es «hacerlas con mucho amor». Además, cree firmemente que «cuando haces las cosas que realmente te gustan, salen bien». Algo de lo que estos tres artesanos, cada uno en su rama, son un claro ejemplo de que es verdad.


