Sentir más no es una debilidad, aunque durante años así se haya creído. Hay quienes perciben el mundo con una intensidad que a veces abruma, pero que también puede iluminar. Son las Personas Altamente Sensibles (PAS), un rasgo de personalidad que, según los expertos, posee cerca del 20 por ciento de la población. Sin embargo, lejos de ser un problema, puede convertirse en una enorme fortaleza si se comprende y se gestiona con cuidado.
Para explorar este rasgo y desmontar algunos mitos, en este nuevo episodio de Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast) conversamos con Alba Pérez, psicóloga especializada en alta sensibilidad, quien nos ayuda a entrar en la mente y el corazón de quienes viven el mundo con el volumen emocional un poco más alto.
«Es muy importante no patologizar la alta sensibilidad. No es una enfermedad ni un trastorno, sino un rasgo de la personalidad. No hay que deshacerse de ello, sino aprender a vivir con ello». Ser altamente sensible implica tener una sensibilidad muy desarrollada y una gran reactividad al entorno. Tal y como explica Alba se trata de personas empáticas, emocionales, que procesan la información de manera más profunda y que, a menudo, necesitan momentos de retirada para recuperarse de la sobrecarga.
«Todas las personas altamente sensibles son sensibles, pero no todas las personas sensibles son altamente sensibles», precisa Alba. La diferencia está en el grado y en el tiempo que necesita cada uno para reequilibrarse. Mientras alguien sensible puede llorar con una película y seguir su día con normalidad, quien tiene alta sensibilidad puede quedarse enganchado en la emoción, necesitando espacio y silencio para digerirla. Esa intensidad, que puede parecer excesiva desde fuera, «es lo que da profundidad a su mirada sobre el mundo».
Pero en este caso no todo se queda en lo emocional, sino que el cuerpo también habla. «A las personas altamente sensibles los conflictos les desregulan mucho. Pueden tener ansiedad, taquicardias o pasar días rumiando lo que ocurrió». Su mente y su cuerpo reaccionan al estrés como un solo sistema, recordándonos que «lo psíquico y lo corporal van de la mano, forman una unidad».
Pero no todo va a ser malo porque este rasgo también tiene su lado positivo: «Una persona con alta sensibilidad va por la vida con un amplificador. Percibe la belleza, las conexiones humanas, la música o la naturaleza con una profundidad enorme». Y es que estas personas suelen ser creativas, reflexivas y apasionadas, con una gran capacidad para disfrutar de lo que las conmueve. «Viven la vida de forma más entusiasta, por eso suelo decir que ser una persona altamente sensible puede ser un superpoder siempre que se aprenda a regular y a respetar los propios límites».

Sobre su origen, Pérez explica que con alta sensibilidad se nace y se hace. Hay una predisposición genética, sí, pero también influye el entorno. «No es lo mismo crecer en un hogar donde las emociones se acogen, que en uno donde se reprimen con un ‘no llores’ o un ‘no exageres’. La biografía moldea la biología». La sensibilidad está ahí desde el principio, pero es el mundo quien enseña qué hacer con ella.
Al leer este reportaje o escuchar el podcast, muchas personas se preguntarán cómo saber si forman parte de ese 20 por ciento de población PAS. «En la web de la Asociación Española de Personas Altamente Sensibles hay un test con 27 preguntas muy sencillo», explica Alba, aunque insiste en que «no se trata de un diagnóstico, sino de una herramienta para conocerse mejor».
Las señales más comunes son la alta emocionalidad, la sobrecarga ante estímulos o la necesidad frecuente de descanso mental y físico. «Pero lo importante no es la etiqueta, sino el autoconocimiento».
Cuando las personas con alta sensibilidad llegan a terapia, suele ser porque esa intensidad las desborda. «A veces llegan con ansiedad, con problemas de sueño, con agotamiento. No vienen disfrutando de su rasgo, sino sufriéndolo». En estos casos, la labor del psicólogo no es curar, sino acompañar. «El papel de la terapia es ayudar a la persona a hacerse preguntas, a conocerse, a entender su historia. Cuando uno se entiende, puede aceptarse, regularse y poner esos límites que tanto hacen falta».
El entorno también juega un papel clave. «Lo principal es no juzgar». Un simple «eres muy sensible» puede sonar inocente, pero para quien lo recibe puede ser una forma de invalidación. «Cuando etiquetamos así, dejamos a la persona sola con su emoción. En lugar de eso, podríamos preguntarle cómo está o invitarla a tomar un respiro», sugiere. La comprensión y el respeto son las mejores formas de acompañar a alguien que siente más.

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).


