Mentes Abiertas

Decir «no» también es cuidarse: el arte de poner límites sin culpa

Es una de las primeras palabras que aprendemos siendo niños. Un monosílabo conformado por dos letras que parecen inocentes, pero que a muchos se les atragantan cuando tienen que decirlas en voz alta. Saber decir «no» no es nada fácil, y pronunciarla sin sentir culpa, miedo o ansiedad parece, a veces, misión imposible.

Y, sin embargo, hacerlo puede ser una de las formas más poderosas de autocuidado. Así lo explica en el nuevo capítulo del podcast Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast) la neuropsicóloga e investigadora Natalia Martín. Lo hace con calma, con la serenidad de quien sabe que no hay transformación sin incomodidad. «Un «no» o un límite es una línea invisible que nos protege a nivel emocional, físico y mental», explica. «Es la forma de comunicar al otro nuestras necesidades, de decirle hasta dónde estamos dispuestos a llegar, sin atacar ni imponernos. Es, en realidad, una forma de cuidar la relación».

Entonces, ¿por qué cuesta tanto? «Por miedo al rechazo y por baja autoestima. Nos da miedo que nos vean como bordes o egoístas o que nos den de lado». Lo dice con la voz tranquila de quien ha escuchado cientos de veces esa frase en consulta. «Creemos que poner límites es pensar solo en uno mismo, cuando en realidad es la manera más sana de estar con los demás».

La mayoría de las personas no tienen un problema de razonamiento, sino de miedo. «Tu cerebro sabe que tienes derecho a decir no, pero tu cuerpo no se atreve. El sistema racional te empuja hacia un lado, pero el emocional —la amígdala, donde habita el miedo— tira hacia el otro». Y termina ganando.

La culpa aparece justo después, cuando ya hemos vuelto a decir que sí a algo que no queríamos. «Esa culpa es el precio de no haberte respetado. Y con los años, acaba pasando factura».

Natalia recuerda su propio primer límite. «Fue en Barcelona, en uno de los hospitales donde trabajaba. Tuve que escribir un correo a un jefe para decirle que no, y lo hice esperando el tren, dando vueltas en el andén, nerviosísima. Era un ‘no’ por email, ni siquiera cara a cara, pero me temblaban las manos».

Y a partir de esa primera vez, ahora ya no le cuesta. «Al principio te invade la culpa, la angustia. Luego llega la calma, porque sabes que has actuado desde la coherencia. Te vas a dormir pensando: he hecho lo que necesitaba hacer. Y eso da paz». Porque poner límites «no es una declaración de guerra, sino un acto de amor propio».

En consulta, Natalia se encuentra con personas agotadas, sin aire, cargadas de responsabilidades que no les pertenecen. «Suelen venir cuando ya no pueden más, con ansiedad, con depresión, con esa sensación de estar cargando con la mochila de todo el mundo menos la suya propia».

Describe esa carga como ‘mochilas de Santiago’, esas que arrastran durante kilómetros sin parar. «La de la pareja, la de los padres, la de los hijos, la del trabajo… y cuando te das cuenta, ni siquiera sabes cuál era la tuya». Y en estos contextos, según explica Natalia, «decir ‘no’ no es una falta de generosidad, sino un salvavidas. La vida se nos va salvando a los demás, y se nos olvida salvarnos a nosotros mismos».

Lo que aprendemos (o no) en casa

Poner límites se aprende en casa. «Si quiero que mis hijos sepan hacerlo, yo tengo que ser la primera en hacerlo. El modelaje es más poderoso que cualquier discurso. Si ellos ven que yo soy incapaz de decir ‘no’, aprenden que decir ‘sí’ siempre es la forma de ser querido».

Y no solo se trata de los niños. En los adolescentes, la cosa se complica: las redes sociales, la necesidad de pertenencia, el miedo a ser excluidos. «Decir ‘no’ es más difícil que nunca, porque la presión por agradar es constante. Pero si desde pequeños han aprendido a expresar sus emociones, tendrán más herramientas para hacerlo también de mayores».

A veces, una petición inocente como «necesito espacio» puede desatar un huracán emocional. «Tu hijo te dice que necesita aire, y tú lo interpretas como un rechazo, como que ya no te quiere. Pero no es eso. Solo necesita respirar», relata. «La clave está en entender que los límites no separan: ordenan».

Una costumbre, la de no poder pronunciar esas dos letras, que el propio cuerpo somatiza. «El agotamiento constante, el dolor de cabeza, los problemas digestivos, la sensación de estar siempre en deuda con los demás… todo eso son señales de que no estás respetando tus propios límites».

Decir ‘no’ de forma sana

La neuropsicóloga insiste en que poner límites no es levantar muros. Y es que hay una gran diferencia entre decir ‘no’ con agresividad y hacerlo con asertividad. El secreto está en hablar desde el yo: «Yo me siento así, yo necesito esto, yo prefiero aquello».

Natalia adelanta que no todo el mundo va a reaccionar bien, pero «si alguien se enfada por ponerle límites, probablemente es que hasta el momento se estuviera beneficiando de que no lo hicieras».

Poner límites no se improvisa: se ensaya. Primero con las cosas pequeñas. «A veces basta con decir: déjame que lo piense, ahora no puedo, o no me apetece. Son frases sencillas, pero poderosas».

Y, sobre todo, aprender a parar. «Vivimos en piloto automático. Nos piden algo y decimos que sí sin pensarlo. El primer paso para poner límites es parar, respirar y preguntarte: ¿quiero hacerlo? ¿puedo hacerlo? ¿es mi momento?».

Cada ‘no’ consciente abre espacio para algo más importante: la calma. «El respeto empieza por uno mismo. Cuando tú te respetas, enseñas a los demás cómo hacerlo contigo». Es un gesto íntimo y valiente de quien deja de complacer para empezar a cuidarse. Porque, como dice Natalia, «poner límites no es cerrar puertas, sino abrir ventanas hacia relaciones más auténticas».

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

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