Las uñas se han convertido en una parte imprescindible de la moda. Visten la mano y son un reflejo de la personalidad de cada uno. Se han convertido en un arte en sí mismo: diseños, formas, brillos, colores y adornos… «Antes lo raro era el que se las hacía, ahora lo raro es el que no se las hace».
Paula Ibaibarriaga y Bea Martínez trabajan codo con codo desde hace seis años, cuando decidieron abrir su propio centro, New Glow. «Estábamos un poco cansadas de nuestros trabajos y tomando algo de vacaciones nos preguntamos que por qué no abrimos algo por nuestra cuenta», cuenta Bea. La viva imagen de que las mejores ideas nacen en los bares.
Sus vacaciones terminaron en ese momento, porque el resto de días cambiaron tumbarse en la arena al sol por empezar a organizarlo todo. Dicho y hecho: abrieron en octubre de 2019.
Decidieron dar el paso después de llevar años dedicadas al mundo de la estética. Paula, más enfocada en uñas y peluquería; Bea, en cambio, trabajaba como masajista. Vamos, que se complementan a la perfección. Y esto es algo que trasciende: miradas y sonrisas cómplices y frases que empieza Paula, pero termina Bea. Cosas de primas, supongo.

Los inicios del negocio, como de todo en esta vida, no fueron sencillos: «Abrimos con un poco de miedo. Ninguna somos de Logroño». Además, a los pocos meses de abrir, marzo de 2020: «Estábamos todo el día en plan preguntándonos qué hacer. Metes aquí tus ahorros y te preguntas cuánto va a durar esto. Fue un poco desesperante. Pero decidimos aguantar y, cuando se pudo, volvimos a trabajar a tope».
Y la jugada les salió redonda: sus nombres en Logroño se han convertido en sinónimo de lugar de culto para las amantes de una buena ‘manipedi’. «Han sido muchas horas estos seis años, vacaciones casi nulas… pero ahora va saliendo», cuenta Paula.
Aún así, no son capaces de calcular la media de horas que trabajan al día. Ahora en verano se supone que cierran a las tres. Pero más de un día (y de dos y de tres) se han tenido que quedar hasta las siete. «En temporada alta puedes estar hasta trece horas, pero como haces lo que le gusta no te cuesta tanto», explica Bea. «Nos quejamos, pero nos quejamos de vicio», completa Paula.

«Ahora es cuando estamos empezando a disfrutar de verdad, cuando ya está asentado. Los primeros años han sido muy duros, muy frustrantes. El sueldo era prácticamente inexistente, no veíamos progreso», pero como dicen, a la larga es algo que merece la pena. Hoy en día, tienen una clientela afianzada y hay quienes no han dejado de visitarlas durante estos seis años: «Hay clientas que se han quedado embarazadas y hemos ido viendo cómo crecían los hijos, gente que la primera vez que vino estaba estudiando y ahora está trabajando donde querían. Es muy bonito».
Las modas van y vienen, cambian siempre, y en las uñas no iba a ser menos: «Cuando abrimos eran todo decoraciones, uñas XL, con relieves». La influencia de Rosalía no solo se notó en la música. En cambio, «ahora la tendencia es más clásica, más neutra». Quién sabe si en unos años volveremos a ver uñas kilométricas con las que hasta tirar de la cadena es un trabajo de ingeniería.
Después de seis años, Bea y Paula se han convertido en «las de las uñas. Vamos por la calle y nos dicen: ¡Mira las de las uñas!»


