Tiempo de cambios, celebraciones y lamentos en el corazón del Rioja. Un poco de todo en las últimas semanas para engañar al cuerpo con enfados, lágrimas, risas, alegría… todo aderezado con un calor insoportable y un granizo que no para de golpear nuestros campos. Raquel Pérez ha tomado posesión como presidenta del Consejo Regulador, convirtiéndose en la primera mujer que lidera la DOCa Rioja en cien años de historia. Un símbolo que rompe techos de cristal en un sector históricamente masculino y que llega con vaticinio: «Soy la primera, pero no seré la única». Su desembarco en el edificio de la calle Estambrera se produce en un momento especial: justo en el año del centenario de la denominación, cuando más que nunca necesitamos mirar al futuro con unidad, ambición y altura de miras.
Lo dejó claro en su primer discurso: «No hay recetas infalibles; lo único esencial es apostar radicalmente por la calidad». También ha subrayado en su primera entrevista como presidenta (Expansión) los retos que no podemos ni debemos ignorar: equilibrar oferta y demanda, cuidar el paisaje y asegurar el relevo generacional para que haya quien tome el testigo de estas viñas centenarias, sin olvidar reforzar la proyección internacional en mercados clave como Estados Unidos. «Al futuro no se llega, el futuro se construye».
Pero para que ese futuro sea compartido, hace falta que la gente sienta como suyo el éxito de Rioja. Y en estos actos solemnes del centenario, con la visita del Rey y discursos de altura, echamos de menos un gran acto popular, un brindis colectivo que haga partícipe a la gente. Un homenaje abierto en el que celebremos todos juntos cómo hemos llegado hasta aquí, lo que somos y lo que seremos. Porque el vino es también la gente que lo cuida, lo bebe y lo comparte. «Rioja solo es grande si somos todos», dijo la nueva presidenta. Y ese todos empieza por quienes llenan la copa y la vida de este territorio, sintiendo como propia la DOCa aunque no tengan ni viñas ni bodegas porque aquí el vino no se bebe sino que se vive.
Por suerte, casi al mismo tiempo que ella hablaba de unidad y calidad, el Tribunal Supremo ponía punto final al delirio independentista de la Asociación de Bodegas de Rioja Alavesa (ABRA), un movimiento que no tenía ni pies ni cabeza desde el punto de vista jurídico ni económico. Fue un ruido innecesario que solo atendía a intereses políticos ajenos al vino, y que nos ha costado tiempo, dinero en abogados y un daño reputacional que tardará en borrarse. Básicamente, cuando a este lado del Ebro escuchamos «mayor diferenciación», lo que realmente entendemos es «chorro gordo de dinero del Gobierno del País Vasco en marketing y promoción para sus empresas y bodegas». Fiscalidades aparte, eso siempre supone aún más desigualdad para una parte de la DOCa que no puede jugar la partida con las mismas cartas.
Para colmo, esta misma semana hemos conocido las ayudas definitivas que los agricultores riojanos recibirán por la cosecha en verde, síntoma claro de que el campo no atraviesa su mejor momento. Porque por mucho que celebremos cien años de éxito, si los viticultores siguen perdiendo rentabilidad vendimia tras vendimia, el futuro no se construirá con brindis. «Practicar la escucha activa: solo unidos, desde la diversidad de miradas, lograremos avanzar», recordaba la presidenta.
No seré yo quien defienda el arranque subvencionado como receta para nada. Las soluciones deben ir por otro camino: más valor añadido, mejor posicionamiento, unidad de verdad y valentía para adaptar la producción a lo que pide el mercado sin perder nuestra esencia. Rioja ha sido durante un siglo un ejemplo de éxito colectivo, pero, como subrayó Raquel Pérez, «tenemos que seguir haciendo grande la palabra Rioja» con humildad, visión y orgullo compartido.
Esperemos que todos practiquemos esa escucha activa porque Rioja está por encima de nosotros y a todos nos sobrevivirá. Pero depende de lo que hagamos hoy para que ese futuro sea tan brillante como la historia que celebramos.


