Cada vez hay más más familias que escuchan por primera vez tres letras que cambian su día a día: TEA. El Trastorno del Espectro Autista sigue generando preguntas, incertidumbre, dudas… A pesar de los avances, muchos casos siguen detectándose tarde, y con ello se pierden grandes oportunidades de intervención.
En el Centro CINN Rioja, la logopeda Beatriz Redondo trabaja cada semana con niños y niñas diagnosticados con Trastorno del Espectro Autista. Desde su consulta llena de juguetes, dibujos y material adaptado, Beatriz explica qué es el autismo: «Se trata de un trastorno del neurodesarrollo que afecta a la comunicación, la interacción social y la conducta. No estamos hablando de una enfermedad, sino de una condición. No se cura, pero cuanto antes se intervenga, mejor será su evolución».

Foto: Fernando Díaz
El diagnóstico del autismo suele llegar entre los 3 y los 6 años, aunque las señales de alerta aparecen antes: “Algunas de las pistas clave para darnos cuenta de que algo está pasando es la falta de contacto visual, la ausencia o retraso en el lenguaje, el poco interés por interactuar o la falta de imitación», explican desde CINN Rioja. Porque, a pesar de que no existe una prueba médica que determine el TEA desde el nacimiento, sí se sabe que hay una importante carga genética combinada con posibles factores ambientales como la sobreexposición a pantallas, la falta de interacción temprana o la presencia de ciertos productos químicos durante el embarazo.
Cada caso es único
Los especialistas de este centro integral de neurorrehabilitación y neurodesarrollo insisten en que lo fundamental es una detección temprana: «Es habitual que sean los propios padres quienes noten algo diferente en su hijo, pero muchas veces se topan con respuestas como ‘ya hablará’ o ‘esperemos un poco’». Frases que frenan una intervención que puede ser clave. La atención temprana, explica Beatriz, abarca desde los 0 hasta los 6 años, un periodo en el que el cerebro infantil tiene una enorme capacidad de adaptación y aprendizaje. «Los estudios muestran que intervenir antes de los 2 años mejora significativamente las capacidades comunicativas, sociales e incluso cognitivas del niño».
En el trabajo con niños con autismo, cada caso es único. No hay un protocolo igual para todos. La logopeda de CINN Rioja destaca que se trata de hacer una intervención individualizada en función de las dificultades, intereses y grado de afectación del niño. Por ello, el objetivo común pasa por establecer un sistema de comunicación, ya sea verbal o no verbal (con pictogramas o dispositivos electrónicos). «Lo importante es que el niño pueda expresarse y ser comprendido. Dotarle de un sistema de comunicación, sea cual sea, porque muchas conductas problemáticas como rabietas o reacciones agresivas están relacionadas con la frustración de no poder comunicarse».

Foto: Fernando Díaz
En muchas ocasiones, los padres sufren una gran incertidumbre hasta que se confirma el diagnóstico. «Hay familias que llegan diciendo: ‘mi hijo no es como los demás’, ‘le noto algo raro’, pero se sienten ignoradas por el entorno. Cuando por fin se empieza a hablar de un posible diagnóstico, hay incluso una sensación de alivio. Por fin entienden que no están exagerando».
El autismo se clasifica actualmente en tres grados, según el nivel de apoyo que requiere la persona. En el centro trabajan sobre todo con niños de grado 2 y 3, aquellos que necesitan más acompañamiento en su vida diaria. El tratamiento logopédico es continuo y adaptado a cada etapa del desarrollo. «Siempre hay objetivos nuevos. Lo que hoy trabajamos puede cambiar el año que viene si hay un cambio de colegio, si se planifican unas vacaciones o si aparece una nueva dificultad».

Foto: Fernando Díaz
Pero también hay retrocesos, explica Beatriz. “Es frustrante para las familias, pero es común. «Hay niños que dejan de decir palabras que ya usaban, o que pierden habilidades adquiridas si hay cambios bruscos, momentos de estrés o ansiedad, y eso es frustrante para las familias».
Desde CINN Rioja reconocen que su trabajo es complejo pero gratificante porque conectar con un niño puede llevar semanas, pero cuando se empiezan a ver avances, cuando te buscan con la mirada o dicen su primera palabra, todo cobra sentido. Por ello, la implicación de la familia es también fundamental. «No solo trabajamos con el niño, también necesitamos saber qué ocurre en casa, en el colegio, fuera del centro. Y muchas sesiones se dedican a orientar y acompañar a los padres».
Y es que las familias tienen muchas dudas: ¿hablará?, ¿irá a un colegio ordinario?, ¿será autónomo? En este sentido, Beatriz lo tiene claro: «Lo importante es centrarnos en el presente y avanzar desde ahí. Las expectativas tienen que ser realistas, pero sin renunciar al progreso». Eso sí, intentando siempre ser precavidos y adelantarse a la mínima señal y, por supuesto, teniendo claro que el autismo es una forma distinta de procesar el mundo. «Comprenderlo es el primer paso para acompañar mejor».


