Cada tarde el murmullo de las cartas sobre la mesa se mezcla con el olor a café recién hecho. Alguno se toma una caña y comenta que el astro viene con pintas de tormenta e intenta adelantar dónde caerá esta vez. En ese local de toda la vida, alguien comenta el nacimiento de la nueva nieta de la vecina y otro recuerda una historia de antaño mientras una vecina deja su bastón apoyado junto a la barra. No parece gran cosa, pero lo es todo para Berceo. Porque en este pequeño pueblo riojano, la Asociación de Personas Mayores no tiene solo un local en el que llevar a cabo sus actividades. Ese lugar es el corazón que sigue latiendo al ritmo de la vida del pueblo. Y ahora, late con incertidumbre.
El problema es sencillo y, a la vez, enorme: se han quedado sin quien atienda el bar que da vida al espacio. El 30 de junio, la persona que lo ha gestionado hasta ahora dejará el puesto por motivos familiares. Y aunque pueda parecer un cambio menor, podría suponer el cierre del local… y, en consecuencia, de toda la asociación, si no encuentran a nadie que coja el relevo.
Jaime, secretario de la asociación, lo dice sin rodeos: «Si no tenemos local, es probable que mucha gente se dé de baja y tengamos que dejar de hacer todas las actividades que llevamos a cabo a lo largo del año». Y es que allí no solo se sirven cafés y cañas. Además, se organizan talleres, se juega a las cartas, se recibe cada dos meses la visita del podólogo. Es un refugio diario para muchos, sobre todo para quienes buscan compañía en la rutina.
En total, son 120 socios. Un número sorprendente para un municipio tan pequeño. El local —que también funciona como bar un par de horas por la mañana y otras por la tarde— es municipal. No se paga alquiler y quien lo gestiona se queda con todos los beneficios. «Sabemos que no es un negocio millonario, pero da para vivir o para compaginarlo con otra cosa», explican desde la asociación.
A pesar de que el pueblo cuenta con otros bares, este lugar tiene un carácter especial. Es más tranquilo, más íntimo, y muchas mujeres mayores lo prefieren por su ambiente familiar. En verano, cuando los que viven en Logroño u otras ciudades regresan al pueblo, este rincón se convierte en el epicentro de reencuentros y anécdotas compartidas.
«El local está perfecto, nadie se va por falta de rentabilidad. Lo que falta es alguien con ganas, con ilusión», añade Jaime. Las puertas están abiertas —literalmente— para quien quiera tomar el relevo.
Porque lo que está en juego no es solo un bar. Es un espacio donde los días se hacen menos solitarios, donde los veranos saben a hogar, y donde la vida en comunidad sigue teniendo sentido. Y eso, en tiempos de pueblos vacíos y silencios largos, vale mucho más que cualquier cuenta de resultados.


