Especial Enoturismo

Casa La Rad, el secreto mejor guardado de Rioja que ya no quiere esconderse

Nada más cruzar la verja sabes que esa visita no va a dejarte indiferente. Siguiendo las indicaciones y metiendo primera, el final de la cuesta demuestra que las expectativas se cumplen. Mires donde mires descubres un lugar con historia, biodiversidad y una visión atrevida pero acertada sobre el futuro. Ahí, donde el cielo parece romperse entre colinas y viñedos, está Casa La Rad.

Fundada en el siglo XVII por el legendario Marqués de Legarda, durante trescientos años fue pabellón de caza y reserva natural. Un espacio que con el paso de los años se ha convertido en una finca biodiversa a gran altitud con viñedos plantados por primera vez en 1974 por el visionario viticultor Gonzalo Rojas y su hija Alicia. Y es que Casa La Rad se erige hoy en día como la mayor finca vinícola de una sola propiedad de Rioja.

Foto: Fernando Díaz

«Cuando llegué en 2023, me impresionó que nadie viniera a visitarnos», recuerda Laurent Grumel, director de la bodega. «Teniendo una de las propiedades más grandes de Rioja, con una historia tan rica, una biodiversidad real y vinos de calidad, era un lugar por descubrir. Eso me hizo sentir que teníamos que abrir nuestras puertas».

Bendita idea la de Laurent, porque, el secreto de esas 800 hectáreas de terreno enclavadas en el Valle de Ocón, Reserva Mundial de la Biosfera de la UNESCO, por cierto, tenía que salir a la luz. Denominada en ocasiones la Toscana de La Rioja por su belleza natural, la zona presenta una serie de estribaciones que dominan la llanura del río Ebro al norte y se elevan gradualmente hacia la Sierra de La Hez y la frontera castellano-leonesa al sur.

Un terreno donde se extienden campos de cereales, olivares, almendros y viñedos junto a 400 hectáreas de bosques vírgenes y fauna salvaje. Los viñedos cubren 120 hectáreas del terreno de Casa La Rad, con una diferencia de altitud de 150 metros entre las cotas más bajas y las más altas. En la parte más alta de estas parcelas, a 675 metros, se encuentra el venerable bloque Casa de La Rad, toda cultivada en vaso, que alberga 23 hectáreas de Garnacha, Malvasía y Viura plantadas en 1974 y 1975.

Un conjunto natural que ha sido reconocido con la certificación Fair’n Green, garantizando prácticas sostenibles tanto en el viñedo como en el trato humano. «Lo que tenemos aquí es una biodiversidad extraordinaria. Corzos, jabalíes, aves… Este es un ecosistema completo», dice orgulloso Laureant. «Y eso se nota en la uva. En los vinos».

Foto de James Sturcke | sturcke.org

Las primeras viñas fueron plantadas en los años 70 por por Gonzalo Roja. En 1982, su hija Alicia Roja asumió la dirección del viñedo tras el fallecimiento de su padre. Fue una mujer pionera, visionaria, que apostó por el cultivo ecológico mucho antes de que fuera tendencia. «En un mundo dominado por hombres, ella fue valiente, moderna y diferente», apunta el director.

Además de su legado vitícola, Casa La Rad conserva parte de su historia como refugio natural. «Durante siglos fue un lugar donde se protegía la fauna. Ahora, esa visión vuelve en forma de compromiso medioambiental». Esta fusión entre historia y modernidad se siente al caminar por la finca, donde se alternan senderos de tierra con viñas en vaso y árboles centenarios.

Una enóloga con mundo y raíces

El otro gran motor de Casa La Rad es Bárbara Palacios, la nueva enóloga jefe. La alfareña, descendiente de la saga Palacios Remondo con vínculos por parte de su madre con los Marqueses de Legarda, ha trabajado en Château Margaux, Napa Valley, Australia, Italia y Chile.

«Cuando me propusieron este proyecto me pareció fascinante. Siempre había trabajado en Rioja Alta, pero aquí encontré una zona diferente, altitud, suelos diversos, un potencial enorme. Y sobre todo, libertad para experimentar», explica. «No estamos sujetos a las etiquetas clásicas de crianza o reserva. Aquí decidimos qué hacer con cada parcela. Cada vino nace con su propia lógica».

Foto: Fernando Díaz

Bárbara reconoce que las garnachas van a ser las grandes protagonistas, aunque hay muchas variedades más con las que trabajar. «Queda mucho que ver y aprender y ahora toca interpretar el viñedo para saber cómo afrontamos la próxima vendimia».

La bodega siempre ha tenido muy claro que quería redireccionar el proyecto hacia las nuevas tendencias del mercado apostando también por estas garnachas tan características de esta zona y, sobre todo, por la máxima calidad.

Y es que esta unión ha sido un ‘match’ perfecto. A Bárbara le han dado desde la dirección la total libertad para crear nuevos vinos y aportar su sello, y Laurent reconoce que «la experiencia, pasión y compromiso con la viticultura de ‘terroir’ que tiene Bárbara se alinean perfectamente con nuestra visión. Su liderazgo será fundamental para elaborar vinos que encarnan la elegancia así como la autenticidad, reflejando las características únicas de nuestra finca».

«Lo que me atrajo fue que este viñedo es como un laboratorio vivo. Tenemos variedades distintas, edades distintas, altitudes distintas. Es un sueño para una enóloga que quiere ir más allá», añade Bárbara. «Y lo mejor es que los vinos ya hablan por sí solos».

Para Bárbara, lo esencial es escuchar a la tierra: «Hay parcelas que te dicen que necesitan algo distinto, una barrica concreta o una fermentación más larga. No es solo técnica. Es intuición, respeto por lo que tienes delante».

Vinos que cuentan historias

La bodega ha estructurado su portafolio en tres grandes familias. En primer lugar Viña Solarce, de donde salen vinos frescos, directos, frutales. «No me gusta decir vino de entrada, porque tienen mucha calidad. Pero sí son vinos pensados para disfrutar desde el primer segundo», aclara Laurent.

Foto: Fernando Díaz

Por su parte, Casa La Rad es la marca emblema. Parcelas seleccionadas, crianza cuidada, identidad del terroir. «Son vinos que respiran la finca». Y por último, Alma La Rad. «Se trata de microproducciones de alta gama, ensamblajes especiales de Garnacha y Tempranillo. «Es donde más juego con el detalle», apunta la enóloga.

Bárbara lo resume así: «No queremos hacer vinos clónicos. Queremos vinos que sorprendan, que cuenten algo, que digan: ‘esto viene de aquí, esto tiene sentido'».

Una experiencia por descubrir

Casa La Rad no quiere ser una bodega más. Quiere ser una experiencia completa. A partir de este verano abrirá sus puertas al público con visitas guiadas, catas, recorridos por la finca y actividades en la naturaleza.

«Hay muchas bodegas que ofrecen visitas, pero a veces es como entrar en un parque temático», dice Laurent. «Aquí queremos que la gente se sienta acogida, sin prisas. Que entienda cómo hacemos el vino, que camine por el viñedo, que vea animales, que respire paisaje».

Incluso están trabajando para ofrecer rutas en bici, senderismo y zonas para niños. «No todo el mundo bebe vino, pero todos pueden disfrutar de un lugar como este», apunta.

Foto: Fernando Díaz

Además de su potencial como destino enoturístico, Casa La Rad se está preparando para recibir a viajeros interesados en la naturaleza, el paisaje y el valor de lo auténtico. Podemos añadir: Admirar las espectaculares vistas sobre la vallée del Ebro y la Sierra Cantábrica al norte.»Queremos ofrecer una experiencia transversal. Que el vino sea el hilo conductor, pero que la visita incluya historia, naturaleza, cultura rural y sostenibilidad».

Un futuro clásico y valiente

La imagen de la marca ha evolucionado con una identidad sobria, elegante, inspirada en diseños del siglo XVIII. «Queremos que dentro de 50 años alguien vea una botella nuestra y diga: esto sigue siendo Casa La Rad», afirma el director.

Con una producción actual de 70.000 botellas y un objetivo de llegar a 200.000 sin perder calidad, Casa La Rad quiere consolidarse como un referente de Rioja con alma.

«Hoy la gente bebe menos, pero quiere saber más. Busca calidad, historias, autenticidad. Y eso es lo que tenemos aquí», concluye Laurent.

Y es que Casa La Rad no es solo una bodega. Es un lugar que escucha a la tierra, respeta el tiempo y cree en las personas. Un rincón de Rioja donde el vino tiene voz propia. Un lugar que invita a ser vivido con los cinco sentidos, y que, una vez descubierto, se queda en la memoria.

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