Enoturismo. Esa palabra que hace años sonaba a capricho de ‘alto standing’, a foto de ‘postureo’ de los primeros influencers, a experiencia inalcanzable para muchos se ha convertido a día de hoy en una forma de viajar, de conocer el territorio, de saborear el paisaje con los cinco sentidos y de entender la cultura a través de una copa. Si no que se lo digan a esos 912.438 visitantes que durante 2024 reconocieron que el enoturismo no es solo una moda pasajera ni una etiqueta gourmet, sino un fenómeno turístico que en regiones como Rioja ha encontrado su lugar natural, como si el viñedo hubiera estado esperando siglos a que llegara su hora de ser escenario, origen y disfrute.
Y es que si algo tiene el enoturismo es que combina con todo. Marida con patrimonio, con gastronomía, con historia, con naturaleza, con música en directo y hasta con paseos en globo. Se puede catar, pedalear, brindar, aprender, meditar, reír y descubrir, y eso es lo que hace que el enoturismo en la Denominación de Origen Calificada Rioja no solo se consolida, sino que se multiplica en cifras, matices y dimensiones.
Con esas 912.438 visitas registradas el año pasado y un impacto económico de más de 197 millones de euros (11,29 millones más respecto a 2023), el sector no solo demuestra una recuperación plena tras los años complicados de la pandemia, sino que entra en una nueva etapa de madurez, profesionalización y ambición estratégica.
Para ser más exactos, el número de visitas se ha incrementado un 3,5 por ciento en un solo año pero, este dato adquiere mayor relevancia si se observa la evolución desde 2015, cuando las visitas eran poco más de medio millón. La pandemia truncó ese avance en 2020 con una caída histórica del 73,6 por ciento, pero la respuesta ha sido ejemplar: una subida del 103 por ciento en 2021, del 62 por ciento en 2022, del 17,5 por ciento en 2023 y este crecimiento del 3,5 por ciento en 2024, que lejos de parecer modesto, confirma una etapa de consolidación estable y sostenible.

También es cierto que estas cifras no recogen el total real de personas que interactúan con las bodegas. Las visitas contabilizadas se refieren exclusivamente a aquellas que forman parte de una actividad organizada, dejando fuera a quienes acceden a los wine bars o a las tiendas sin participar en una visita guiada. Es decir, si alguien se detiene a disfrutar de una copa o hace una compra espontánea, no queda registrado como visitante en esta estadística, lo que significa que la realidad del impacto social y económico del enoturismo en Rioja es superior a lo que el número refleja.
¿Qué demanda el turista?
Uno de los pilares del éxito enoturístico de Rioja es su capacidad para entender y satisfacer lo que realmente busca el visitante. Lejos de limitarse a una copa en barra y una foto entre barricas, el viajero actual quiere vivir el vino en primera persona, y la oferta de las bodegas ha sabido responder a esa demanda con una sorprendente diversidad de experiencias.

Rioja cuenta con 214 bodegas abiertas al turismo, de las cuales 133 están integradas en las Rutas del Vino certificadas de Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental. Este tejido de bodegas se distingue por una amplia diversidad tipológica: un 67,7 por ciento son bodegas familiares, un 45,8 por ciento disponen de su propio viñedo, un 33,3 por ciento tienen elementos singulares como calados históricos, ermitas o museos, y un 28,1 por ciento son bodegas centenarias. Es precisamente esta riqueza patrimonial y arquitectónica la que complementa la experiencia enoturística y fortalece la identidad de Rioja como destino.
Según el perfil que dibujan las propias bodegas, la mayor parte de los visitantes son personas aficionadas o interesadas en el mundo del vino, que representan un 76,3 por ciento. Además, un 52,8 por ciento se consideran turistas gastronómicos, aquellos que llegan atraídos por la cocina del territorio y que ven en el vino un aliado inseparable del disfrute culinario. El 43 por ciento llega atraídos por el entorno natural y el paisaje; el 33,8 para descubrir el patrimonio histórico-artístico de los pueblos y el 26,3 para conocer su cultura y tradiciones.

En cuanto a las actividades más demandadas, hay una clara favorita: las catas especiales de vinos singulares, ofrecidas por más del 60 por ciento de las bodegas, son la joya de la corona. Le siguen las experiencias gastronómicas, como menús maridados, talleres de cocina o picnics entre viñedos, que están presentes en casi la mitad de las bodegas. La vendimia participativa, el pisado de uva y otras actividades de temporada siguen ganando adeptos cada año, así como los paseos entre viñedos en formatos tan variados como globo, caballo, 4×4 o segway, que aportan una dimensión visual y emocional inigualable.
No faltan tampoco propuestas más técnicas o inmersivas, como ser enólogo por un día, diseñar tu propio vino o participar en catas verticales e históricas. También hay espacio para los formatos familiares o lúdicos, como juegos de escape, gymkhanas o experiencias temáticas, aunque estas últimas han registrado un ligero descenso en su oferta respecto al año anterior.
Además, la oferta se enriquece aún más con eventos enoturísticos. Por ejemplo, durante 2024 se celebraron más de sesenta, con una asistencia superior a las 30.000 personas. Estos eventos incluyen conciertos, maridajes, festivales, noches temáticas y jornadas de puertas abiertas, y reflejan una apuesta clara por la fusión entre vino, cultura y ocio.

Pero si hay una actividad que aúna vino, paisaje y hospitalidad, esa es la visita con comida incluida, cada vez más valorada por quienes buscan una experiencia más larga, relajada y completa. Con un precio medio de 70 euros, estas visitas permiten saborear Rioja a ritmo lento, maridando los vinos con los sabores tradicionales de la tierra y dejando que el recuerdo se prolongue más allá del brindis final.
Los precios también ofrecen información reveladora sobre la estrategia del destino. La visita básica con cata cuesta de media 22,29 euros, la visita premium 40,40 euros y la experiencia con comida 70,21 euros. Las experiencias VIP alcanzan un precio medio de 200 euros, con máximos en Rioja Alta por encima de los 230 euros. Este posicionamiento en valor y la mejora de la calidad percibida son señales de un mercado dispuesto a pagar más por experiencias auténticas, memorables y bien organizadas.

En cuanto a la estacionalidad, septiembre (108.671) y octubre (103.927) siguen siendo los meses estrella, aunque destaca el crecimiento de marzo, gracias a la celebración de la Semana Santa. El 63,5 por ciento de las visitas se concentran en fines de semana y festivos, aunque la reserva previa ya alcanza al 80 por ciento de los visitantes, lo que indica una mayor planificación y profesionalización del viaje.
Con todo este contexto, no sorprende que el 78,5 por ciento de las bodegas se declare optimista respecto al futuro del sector. La tendencia es clara: más calidad, más inversión, más colaboración y más internacionalización. Porque Rioja no es solo un destino en alza, sino un modelo de desarrollo enoturístico que ha sabido conjugar tradición y modernidad, paisaje y experiencia, identidad y profesionalidad. Y eso, en un mundo que cada vez valora más las experiencias únicas, tiene un valor incalculable.


