Antes de convertirse en leyenda, Muhammad Ali se llamaba Cassius Marcellus Clay. Un nombre sonoro, con destino de presidente o de juez del Tribunal Supremo. Pero Clay lo abandonó cuando entendió que su lucha no era solo en el ring. Cada puñetazo debía ser también una declaración. Una forma de decir que no llevaría el nombre que otros le dieron, sino el que él eligió. «Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma», que escribió William Ernest Henley en Invictus. Versos que inspiraron a Nelson Mandela y que bien podrían tatuarse en muchas vidas que luchan por no quedar en el olvido.
A unos miles de kilómetros de Louisville, y a varios mundos de distancia, vive otro Mohamed Ali. Está en el barrio 3 de la daira de Bir Ganduz, Wilaya de Auserd. No boxea, no sabe todavía quién fue Cassius Clay, pero golpea con algo igual de poderoso: la risa. Como descubren Mike y Sulley en Monstruos SA, la risa tiene una energía insuperable. Y este niño saharaui —de edad indefinida, piernas incansables y ojos llenos de chispa— la reparte sin medida. Corre, salta, se tropieza con las piedras del desierto como si un pequeño Dios lo empujara a toda velocidad para esquivar el aburrimiento.
Vive en una casa a medio construir donde el agua potable llega en un camión cisterna que descarga para un mes lo que en mi casa gastamos en un día. Donde todo está por hacer y los «hay que…» se convierten en «¡ay! que…», como letanías repetidas al sol: «¡Ay! Qué calor», «¡Ay! Qué viento», «¡Ay! Qué vida». La casa antes era una jaima. Ahora es una estructura de bloques encajada en la arena, como si intentara pasar desapercibida. Allí están su madre, Mamia; su padre, también Mohamed; sus hermanos Fatimetu, Abderraman, Glul y Muna —la mayor, que cocina para todos pese a las heridas que le causó una mina en el brazo. Lo cuenta sin dramatismo, sin rabia, como si no fuera gran cosa-; y su prima Sulaima.
Pero en realidad, lo que vive en esa casa —como en todas las otras de los campamentos— es una forma de resistencia que no cabe en informes ni estadísticas. Se mide en sonrisas, en tazas de té, en frases que los mayores lanzan al aire como si fueran proverbios improvisados. «El té se toma amargo como la vida, suave como el amor y dulce como la muerte». Nadie se inmuta al escucharlo. Aquí, la muerte no es un tabú, sino un personaje secundario que entra y sale de escena sin causar demasiados aspavientos. Lo que realmente preocupa no es morir, sino ser olvidados. Que la ayuda humanitaria siga bajando (prácticamente el cien por cien de la alimentación -y de todo- depende de ella). Que el pueblo saharaui desaparezca sin ruido.
Por eso las nuevas generaciones crecen con la historia colgada del cuello como un talismán. Para no olvidar. Sin odio ni venganza, pero con memoria. Porque hay heridas que solo cierran si se recuerdan. Mohamed Ali —el pequeño— aún no conoce esa historia. Juega con una pelota desinflada, se enfada si no le dan la última patata. Lo suyo no es la política ni la geopolítica. Es el presente. Pero su risa tiene eco. En ella suena el rumor de dos guerras impuestas, de procesos judiciales, de promesas rotas y de una vida que, pese a todo, sigue.
«No sé si esto es el infierno en la Tierra, pero aun así, lo que más se nota es el calor de las familias», dice José Tomás, un riojano que lleva más de veinte años ayudando al pueblo saharaui con todo lo que tiene. Uno no sabe si habla del desierto o de la vida misma. Porque la temperatura se dispara como si alguien hubiera olvidado el horno encendido, pero entre las casas hay sombra. Sombra humana. Sombra de afecto. De vínculos que ni el exilio ni el polvo consiguen romper.
No todo son casas como la de Mohamed Ali. También hay instituciones que tratan de sostener lo insostenible. En el hospital de Rabuni, centro administrativo del Frente Polisario, José Tomás recuerda cómo eran las cosas: «Hace años colgaban un trozo de carne en las habitaciones para atraer a las moscas y que no fueran a los enfermos». Ahora hay más medios (menos era imposible) e incluso la mayoría de casas tienen aire acondicionado. Pero las carencias siguen. Y cuando alguien cae, aparece un brazo que lo sujeta. Aunque ese brazo esté malherido, como el de Muna. Ella aprendió a cocinar y a reír con todo el cuerpo para demostrar que su historia no se cuenta con lágrimas, sino con fuerza.
«Es mejor lo que se ve que lo que se ha oído». Es su forma de decir que una imagen vale más que mil palabras. Por eso, quienes visitan por primera vez un campo de refugiados saharaui como hemos hecho esta semana con una delegación institucional de La Rioja, empezamos a entender. O, al menos, lo intentamos (nos costará). Hemos sentido el calor, sí. Hemos visto la precariedad -por decir algo-, sí. Pero también hemos tropezado con un puente indestructible: el de los lazos tejidos gracias a la acogida de niños, a la lengua compartida, a la esperanza que no se exilia.
Mientras tanto, el conflicto saharaui ha quedado relegado a un rincón del mundo. Si no al cuarto o al quinto plano en la información internacional. Por delante están las guerras de Ucrania y Gaza, el delirio estadounidense encabezado por Donald Trump, la pujanza de China, la extrema derecha europea… Pero aquí, en el barrio 3 de Bir Ganduz, hay una historia sin final, como una canción interrumpida en mitad del estribillo. Estos días hemos visto, hemos escuchado y hemos preguntado. Y he tenido presente una advertencia: la que escribió Manuel Jabois sobre una ministra noruega que quiso sentir lo que siente un refugiado tirándose al mar con un traje de buzo. Decía Jabois que, cuando uno insiste en ponerse en la piel del otro, todo acaba en parodia. Y tenía razón.
Esta crónica no pretende imitar sufrimientos ajenos ni disfrazar privilegios de experiencia. Tinduf es el infierno en La Tierra (más de cincuenta grados les esperan tras nuestra marcha), pero esa pasión de las familias de la que hablaba José Tomás y que nosotros hemos sentido es aún más caluroso. Aquí la vida se sostiene con esfuerzo, pero yo solo he venido de visita y no puedo hacerme la idea de lo que debe ser estar allí durante años y años con sólo una esperanza: volver a casa.
Mohamed Ali —el pequeño, no el boxeador— no sabe que su nombre pesa. Pero lo lleva como si ya supiera. Lucha, sin saberlo. Lucha cada vez que corre, que canta, que intenta inflar un globo sin éxito. Cada vez que salta un charco imaginario en un desierto donde nunca llueve. Porque así es la vida en Tinduf: lenta, dura, resistente, muchas veces absurda. Pero en medio de todo eso, Mohamed Ali ríe. Y esa risa, para su pueblo, vale más que cualquier tratado de paz.


