Mentes Abiertas

Tecnología en clase: ¿herramienta educativa o fuente de distracción?

¿La tecnología es una herramienta educativa o una fuente de distracción?

La revolución digital ha entrado en las aulas como un vendaval. Lo que comenzó hace una década como una promesa de modernización pedagógica ha desembocado en una presencia masiva de dispositivos electrónicos en la rutina escolar: pizarras digitales, tabletas, ordenadores y, en muchos casos, teléfonos móviles. Pero, ¿a qué precio?

Sobre esta encrucijada ha reflexionado el Congreso Nacional de Consejo Escolar, organizado por el riojano, en el que se han reunido figuras clave de diversos ámbitos educativos, a nivel estatal y autonómico, para abordar el impacto del uso de los dispositivos tecnológicos en las aulas y su influencia en la salud mental del alumnado.

Y, aprovechando este encuentro, en el podcast Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast) contamos en esta ocasión a Trinidad Sáenz, presidenta del Consejo Escolar de La Rioja, y Marta Terroba, vicepresidenta y directora del CEIP La Guindalera. Ambas han hablado sobre los retos y oportunidades del binomio tecnología-bienestar emocional en las aulas.

«No se trata de demonizar la tecnología, pero tampoco de rendirse a ella sin condiciones. Necesitamos parar y pensar en el uso que estamos haciendo de los dispositivos y si realmente están ayudando a aprender mejor y a vivir mejor», afirma Trinidad.

Las intervenciones en el congreso dejaron claro que el problema no es la tecnología en sí, sino el uso acrítico y desbordado que se hace de ella. «La salud mental del alumnado está viéndose comprometida», advierte Marta. «Cada vez más orientadores y docentes detectamos dificultades en la autorregulación, impulsividad, problemas para dormir o desconectarse… y todo eso tiene mucho que ver con la relación que tienen con los dispositivos, dentro y fuera del aula».

Ambas coinciden en que no se trata de prohibir sin más, sino de regular y educar. «Hay que encontrar un equilibrio. La tecnología no es neutra, tiene un impacto en cómo se relacionan, cómo estudian, cómo se sienten. Como educadores, no podemos mirar hacia otro lado».

Una de las ideas más potentes del congreso fue la escuela como espacio de protección emocional. Lejos de ser un entorno ajeno a la realidad digital, la escuela puede y debe marcar pautas que favorezcan un uso saludable de la tecnología. «Es necesario poner límites, tanto en el tiempo como en la forma en la que se usan los dispositivos. No podemos seguir naturalizando el uso constante de pantallas como si no tuviera consecuencias».

También se incidió en que la desconexión tecnológica en algunos momentos del día no es un retroceso, sino una medida de salud mental. Muchos centros, especialmente en las etapas de Infantil y Primaria, están empezando a limitar la presencia de pantallas o a promover actividades analógicas, dinámicas cooperativas y salidas al aire libre como contrapeso.

«Tenemos que recuperar el valor del contacto directo, del juego, de la conversación sin mediación digital. No se trata de volver al pasado, sino de construir un presente con sentido», señala Marta.

Sin ir más lejos, en el CEIP La Guindalera, llevan años apostando por la educación emocional desde edades tempranas. «Les damos herramientas para comunicarse, para entender lo que sienten y cómo se sienten los demás. Todo eso forma parte del aprendizaje emocional y de la prevención de problemas más graves», cuenta Marta.

Una de las iniciativas más llamativas que han puesto en marcha es el ‘piropómetro’, una propuesta sencilla pero efectiva. «Es un espacio donde los niños se dicen cosas bonitas, se refuerzan entre ellos y trabajan la autoestima y la empatía».

Además, el centro dispone de un ‘buzón de convivencia’, una herramienta a la que los alumnos pueden acudir cuando detectan un conflicto o simplemente necesitan ayuda.»Pueden dejar mensajes y después los trabajamos con ellos, de forma individual o grupal, dependiendo del caso». Para Marta, «son pequeños gestos, pero muy potentes», porque permiten atender emociones a tiempo, fomentar la confianza y fortalecer la comunidad educativa.

Padres, profesores y administración: un frente común

Uno de los retos señalados en el congreso celebrado en San Millán fue la falta de coherencia entre lo que se hace en los centros y lo que ocurre en casa. “Los niños y adolescentes están recibiendo mensajes contradictorios: en la escuela intentamos limitar el uso del móvil, pero en casa tienen barra libre; o al revés, los padres intentan marcar normas, pero en el colegio usan tabletas sin control», señala Trinidad. .

Por eso, desde el Consejo Escolar se insiste en la necesidad de tejer un pacto común entre familias, profesorado y administración, con pautas claras, basadas en la evidencia científica y adaptadas a cada etapa educativa.

«No se trata de prohibir sin más, sino de educar en el uso. Pero para educar, primero tenemos que tener criterios claros, saber qué riesgos existen y cómo proteger a los menores. Y sobre todo, tenemos que ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos».

Fruto del Congreso, el Consejo Escolar elaborará un documento de conclusiones y propuestas que servirá de base para seguir avanzando en la regulación del uso digital en las aulas riojanas. «Este encuentro no cierra un debate, lo abre», asegura Trinidad. «Es un paso al frente para construir un modelo educativo que tenga en cuenta el impacto emocional y mental del contexto digital actual”.

Conscientes de que la tecnología ha llegado para quedarse, las organizadoras insisten en que el reto está en el uso responsable, consciente y pedagógicamente justificado. Como dice Trinidad: «No se trata de elegir entre pasado y futuro. Se trata de construir un presente educativo con sentido. No podemos renunciar a la tecnología, pero sí podemos —y debemos— decidir cómo y para qué la usamos, porque de ello depende, en gran parte, la salud mental y emocional de quienes están creciendo ahora en nuestras aulas», concluye Marta.

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

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