Durante la semana, el mundo de la rinconera Blanca Varea gira alrededor de balances, cifras y operaciones bancarias en una sucursal de Calahorra. Pero en cuanto se quita la chaqueta de oficina, cambia los números por colores, formas y pintura y se transforma en una ilustradora de momentos únicos.
“La pintura siempre ha sido mi forma de equilibrarme”, confiesa con una sonrisa tímida pero sincera. Desde pequeña se le daba bien dibujar. No era la típica niña que coloreaba sin salirse de la línea: a Blanca le gustaba inventar. Crear. Luego, con el tiempo, llegó el dibujo digital. “Empecé a usarlo para hacer regalos a mis amigos. También me presenté alguna vez a concursos de carteles de fiestas. Pero era algo que hacía para mí, sin muchas pretensiones”.
Hasta que un día, el destino e Instagram le dio una sacudida creativa. “Vi que en las bodas de influencers había gente haciendo ilustraciones en directo. Me encantó la idea. Pensé: eso lo puedo hacer yo. Y no solo eso, ¡me encantaría hacerlo!”. Y así, casi sin planearlo, lo que era una afición tranquila se convirtió en una aventura que no ha dejado de crecer.
Blanca comenzó a ilustrar en eventos de conocidos. Un cóctel por aquí, una boda por allá… Y pronto, gracias a la magia viral de las redes sociales (@bvilustraciones), empezó a recibir encargos más allá de su círculo cercano. “Al principio era todo más improvisado». Hoy ya tiene mi sistema: va con el iPad, un stand donde va dibujando, un caballete donde cuelga las ilustraciones que va haciendo, y una cámara para captar momentos que luego transforma en dibujos en directo.

Su momento favorito para actuar es el cóctel. Ese rato donde los invitados están más relajados, con una copa en la mano y las emociones todavía a flor de piel. Es perfecto porque la gente se para, charla, ve los dibujos… Y luego pueden llevárselos de recuerdo. «Los personalizo con mensajes, fechas, un logo si los novios quieren. ¡Se puede hacer casi de todo!”.
Y todo sucede allí mismo, en el lugar del evento. En directo. Se imprime al momento y se entrega a los protagonistas. Un recuerdo que se escapa de lo típico. “A la gente le encanta porque aquí todavía es algo original. Es un detalle que no acaba en un cajón. Puedes ponerlo en casa con un marquito» y te transporta de vuelta a ese día cada vez que lo ves.
El éxito le ha llegado sin buscarlo, y eso lo hace aún más especial. “Lo que empezó como una vía de escape de los números, se está convirtiendo en algo muy bonito”, reconoce. Aunque también hay un pequeño “pero”: solo puede hacerlo unos pocos meses al año, en plena temporada de bodas, bautizos y comuniones.
Blanca ha encontrado la fórmula perfecta entre estabilidad y creatividad. Entre la rutina del día a día de los números y la sorpresa de cada trazo. A veces, basta con una idea sencilla y muchas ganas para transformar una pasión en algo que emociona a los demás. Y, sobre todo, en algo que se queda. Porque si algo tienen sus dibujos, es que no se olvidan. Se cuelgan, se miran, y se reviven.


