El desarrollo de una agricultura y una ganadería al estilo tradicional tal como lo conocemos no perdurará durante mucho tiempo en un contexto de cambio climático. Las prácticas agrarias deberán adaptarse a un entorno más cálido y seco y con recursos hídricos limitados, por lo que la implementación de tecnologías avanzadas, prácticas sostenibles y una gestión eficiente de los recursos serán clave para garantizar la viabilidad y resiliencia de este sector en las próximas décadas.
Desde el plano agrícola, por ejemplo, cultivos como la viña, el olivo y los frutales verán alterados sus ciclos fenológicos, afectando a la calidad y la cantidad de las cosechas. Por no hablar de los suelos, los cuales reducirán su fertilidad a causa de las lluvias torrenciales y las sequías prolongadas que erosionan y degradan el terreno. Además, el cambio climático también favorece la proliferación de plagas y enfermedades, aumentando la presión sobre los cultivos.
Por otro lado, en el caso de la ganadería es el bienestar animal el que está en juego. Las altas temperaturas afectarán a la productividad de las explotaciones, aumentando la mortalidad por ese estrés térmico, especialmente en el vacuno y el ovino. La sequía igualmente disminuirá la disponibilidad de forraje para alimentar a los animales y también afectará al abastecimiento de agua, sobre todo en las explotaciones en extensivo.
El primer Plan Regional de Adaptación al Cambio Climático (PRACC) con el horizonte 2030 impulsado por el Gobierno de La Rioja busca precisamente combatir esos efectos previstos derivados del cambio climático. Entre otras cosas buscan crear una agricultura y una ganadería adaptadas a fenómenos meteorológicos más intensos, con más inundaciones, más tormentas, más sequías, más días de calor y menos días de temperaturas bajo cero.
El resultado será un nuevo mapa de cultivos con variedades adaptadas al calor, que requieran de menor humedad y tengan unos suelos protegidos de la erosión. En este sentido, el PRACC define un conjunto de herramientas para fortalecer la resiliencia del sector primario como es el análisis, experimentación y selección de cultivos y razas ganaderas mejor adaptadas al calentamiento global, priorizando especies autóctonas y resistentes a sequías.
Por otro lado, se van a implantar tecnologías de monitorización hídrica y sistemas de recogida y almacenaje de aguas pluviales para compensar el déficit hídrico y aprovecharlas así para el riego. En este sentido, también se trabaja en la conservación de acuíferos y restauración de humedales para mejorar la retención natural del agua, además de diseñar un Plan de Restauración y Protección de Suelos para reforestar y aplicar técnicas de manejo sostenible para reducir la erosión y mejorar la capacidad de retención de agua del suelo.
En cuanto a la sensibilización de la ciudadanía, se implantarán programas de formación sobre técnicas sostenibles que incluyen el uso eficiente del agua, la reducción de erosión del suelo y el manejo integrado de plagas. Se trata de fomentar la economía circular en el entorno rural desde el sector primario, como puede ser con el aprovechamiento de los residuos agrícolas para biogás y compostaje, reduciendo la dependencia de fertilizantes y mejorando la salud del suelo.
Ante todo, se trata de anticiparse a los fenómenos adversos, para lo que la tecnología es clave y ahí entran en juego sistemas de seguimiento climático en tiempo real que permitan saber con anterioridad lo que va a suceder y así actuar de manera más efectiva y minimizar los efectos en la medida de lo posible, tanto en episodios meteorológicos como en brotes de plagas y enfermedades.


