Ni pandemia ni incendios extremos, La Rioja vivió el pasado lunes un evento sin precedentes: un apagón generalizado que desencadenó la primera declaración de emergencia de nivel 3 en la historia de la región. En el Centro de Emergencias se vivieron con intensidad esas más de diez horas, en muchos casos, en que la región se quedó a oscuras.
En cuestión de minutos, las comunicaciones se desplomaron, dejando a miles de personas sin electricidad y a los servicios de emergencia enfrentando un desafío extraordinario con recursos de otra época, en lo que se refiere a comunicaciones. La incertidumbre se apoderó del ambiente, pero la reacción fue inmediata y coordinada. Según Roberto Varona, la decisión de activar el nivel 3 fue necesaria debido a los graves problemas con las telecomunicaciones: “Era una declaración de nivel 3 de manual. Especialmente se hizo por el problema con las comunicaciones. Era mejor que hubiese un mando único, los técnicos hablaron, se discutió si tomar o no la medida y finalmente se decidió”.

El apagón evidenció la dependencia tecnológica actual: sin datos, las coberturas móviles desaparecieron. Desde el El Centro de Coordinación Operativa (CECOP) lamentan esta vulnerabilidad: “Estamos en manos de los datos”. Las llamadas de emergencia seguían entrando, pero las comunicaciones de ellos con el exterior eran imposibles.
A pesar de la crisis, en La Rioja el servicio de emergencias se mantuvo operativo, mientras que en otras comunidades autónomas el sistema de SOS se desplomó por completo. “En cuatro o cinco comunidades ni recibían las llamadas”, cuentan desde el centro riojano. La clave en La Rioja estuvo en el uso de radiocomunicaciones y los tradicionales ‘walkie-talkies’, que permitieron sostener la coordinación cuando los sistemas digitales fallaron. «Teníamos a agentes de las fuerzas de seguridad aquí para que remitiesen las incidencias que llegaban a sus compañeros».
La sala del CECOP se convirtió en el epicentro de la respuesta: Policía Local de Logroño, el Consorcio de Bomberos, Policía Nacional y Guardia Civil se reunieron para gestionar las incidencias a través de frecuencias de radio. El espacio, ahora en proceso de ampliación, demostró la importancia de la comunicación directa. “Prácticamente les comían la oreja a los teleoperadores con el walkie-talkie. No había otra forma de comunicarnos con sus centrales para resolver la situaciones de emergencia con las que nos encontramos”.

El generador del edificio permitió mantener la operatividad del centro, aunque la dependencia de las comunicaciones externas limitó la coordinación de ciertos recursos. “Las llamadas entraban, pero no podíamos comunicarnos con el exterior. Dependíamos de los proveedores de servicios”.
La toma de decisiones fue rápida y firme. Desde el Ministerio indicaron que tenían 15 minutos para decidir si se activaba el nivel 3 y La Rioja respondió afirmativamente. “Decidimos que sí, por responsabilidad”, dice Maimón. La declaración fue clara: ante la inestabilidad y caída de las telecomunicaciones, era lo más sensato.
El apagón también trajo consigo situaciones inesperadas y emotivas. Personas en sillas de ruedas quedaron atrapadas en las calles al no poder entrar en sus casas, una realidad que evidenció vulnerabilidades cotidianas muchas veces invisibles. Paradójicamente, el tráfico disminuyó en accidentes, un reflejo de la cautela de los conductores ante la falta de semáforos operativos. «Nos chocaron especialmente esas dos cosas», cuentan los técnicos.
La duración del apagón fue una incógnita constante, incrementando la incertidumbre y la dificultad en la gestión de emergencias. Sin embargo, la coordinación efectiva y el uso de métodos tradicionales de comunicación lograron mitigar el caos y mantener cierta sensación de tranquilidad entre la población.


