No tenemos mar (sólo de viñas y precioso, por cierto), pero cada día somos más isla. Rodeados de tierra por todas partes, sí, pero tierra que no lleva a ninguna parte. O, mejor dicho, que lleva… con suerte, y con paciencia. Durante un tiempo, he de confesar, nos consolábamos pensando que, al menos, el cambio climático nos traería algo bueno: un clima caribeño, playas de arena blanca junto al Iregua y chiringuitos en el Parque del Ebro. Tengo un amigo que los años anteriores gozaba con los veinte grados en febrero y noviembre cuando salíamos a andar en bici como si La Rioja fuera Tenerife y Moncalvillo el Teide. «Pues yo estoy a favor del cambio climático», decía, como tantos que hasta hace unos días estaban a favor de que Donald Trump ganara las elecciones en Estados Unidos porque ya valía de tanta dictadura woke. Pero no. Este invierno, este frío, estas lluvias, este viento que despeina hasta las ideas… nos ha devuelto a la realidad. Aquí no hay paraíso ni promesas, solo una isla interior con más barro que encanto.
La Rioja estrena estos días conexión ferroviaria con Madrid (y Burgos y Valladolid y Segovia) por La Rioja Alta. El estreno llegó con bombo, platillo y caras satisfechas. Más trenes entre semana, dijeron. Más oportunidades. Más movilidad. Todo muy dinámico, salvo por las cuatro horas que tardas en hacer un viaje para el que se reclama hacerlo en menos de tres para ser competitivos. Lo que se les olvidó mencionar también es que, en el mismo gesto de modernidad, se esfumaron los trenes del fin de semana por La Rioja Baja. Así que si uno vive en Calahorra y pretende acercarse a la capital un sábado, que se lo tome como una aventura. O como una carrera de obstáculos. El progreso, ya se sabe, siempre avanza a trompicones… y nunca en todas direcciones.
La nueva conexión, eso sí, recorre La Rioja Alta, atraviesa campos y pasa cerca de viñedos como si fuera más un tren turístico que uno para conectar localidades de forma rápida y cómoda. Sólo le falta una obra de teatro como en el extinto tren del vino antes de saludar a Haro y casi hacerse unas fotos en Ezcaray. Y luego sigue, lento pero seguro, hasta la capital del Reino. Cuatro horitas. Lo justo para ver una película de Nolan, leer un par de informes de la Comisión de Infraestructuras y llegar a Chamartín con la certeza de que viajar en tren en 2025 es igual de épico que hacerlo en 1997.
¿Y el avión? Ah, el avión. Ese unicornio riojano que algunos aseguran haber visto. Salía, volaba, aterrizaba… cuando no lo cancelaban. Porque últimamente lo cancelan mucho. Día sí, día también. Lo contábamos estos días en NueveCuatroUno con la odisea de un pasajero que quiso volar y acabó atrapado en una especie de escape room aeroportuario sin instrucciones de salida. El aeropuerto de Agoncillo se va convirtiendo en plató de películas de suspense: «Vuelo a Madrid… ¿realidad o ficción?». Por suerte, lo bueno que tiene es que no puede empeorar. Es imposible. Sólo puede mejorar. Y si ya lo hace con vuelos internacionales como ha prometido el presidente, podremos sentir que hemos avanzado de 1997 a 2010 cuando la chavalada empezó a devorar el mundo Ryanair mediante.
Mientras tanto, La Rioja sigue esperando. Esperando a que algún día sea fácil llegar, salir, moverse. Esperando a que las infraestructuras del siglo XXI lleguen antes de que empiece el XXII. Aquí seguimos, con trenes que no compiten, aviones que no despegan y carreteras que envejecen como los buenos vinos, pero sin mejoras que te inviten a sumergirte en ellas. Ni AVE, ni vuelos, ni autovías completas. Todo a medio hacer, como si alguien hubiese empezado un puzle y se hubiera cansado en la esquina. Una isla en el centro del mapa. Con buen vino, eso sí. Porque cuando todo siga fallando, siempre nos quedará ese Rioja que en 2025 cumple cien años, tantos o más que los que esta tierra lleva abandonada por los trajes, las corbatas y los vestidos de Madrid.


