Tinta y tinto

Quiero pedir en un bar

Hace unos días, cenando un viernes noche con unos amigos por el centro de Logroño, volví a vivir una sensación que ya no es nueva: pedir se ha convertido en un ejercicio de paciencia y habilidad. No era verano, ni siquiera primavera, sino un febrero en el que las temperaturas parecían de abril. La calle estaba a reventar. «Si esto está así ahora, ¿qué va a pasar en mayo?», le pregunté a un hostelero de la San Juan. Pocas respuestas que nos convenzan a ambos. Nos costó encontrar un rincón donde arrimarnos a una barra sin ser un estorbo. Mirábamos alrededor y la escena era la de siempre: logroñeses de toda la vida, turistas que descubren la ciudad y cada vez más forasteros que han oído hablar de este paraíso del pincho y el vino. Un viernes cualquiera convertido en una batalla por pedir una copa.

Lo cierto es que esto no nos pilla de nuevas en la ciudad. En diciembre de 2023 ya avisábamos en estas mismas líneas sobre la vorágine que suponen los fines de semana en Logroño. «El traqueteo nuestro de cada viernes». Y la cosa no ha ido a menos sino a más con la apertura de establecimientos hoteleros y pisos turísticos. En abril de 2024 ya nos preguntamos si algún día volveríamos a entrar en un bar y pedir tranquilamente. Spoiler: seguimos esperando. Y la cosa ha comenzado a complicarse en febrero.

La Laurel hace tiempo que se convirtió en un parque temático de la gastronomía riojana (y no de la excelencia salvo honrosas excepciones). No es que me queje, porque sería absurdo: esa calle es un imán para quienes nos visitan y un motor económico de la ciudad. Pero con su éxito, los logroñeses hemos ido migrando poco a poco a otras zonas. La calle San Juan, antaño un refugio tranquilo, va convirtiéndose poco a poco en un espejo de su hermana mayor. Bretón de los Herreros también se ha sumado a la fiesta, sobre todo con su tardeo, que cada fin de semana parece empezar un poco antes. Lo que antes era un recorrido relajado ahora es un ejercicio de estrategia: dónde hay menos gente, dónde te atienden más rápido, dónde es posible, al menos, apoyarse sin ser embestido por una cuadrilla en plena euforia vinícola.

Y lo que viene será aún más intenso (¿peor?). En pocas semanas, con la llegada de la primavera, el fenómeno se multiplicará. La temporada alta coincide con la invasión de las despedidas de soltero, esos grupos que desembarcan en la ciudad con una ‘energía inagotable’ y comportamientos, cuanto menos, discutibles. Algunos vienen a disfrutar de la gastronomía, otros hacen del vermú una maratón etílica que solo acaba cuando el último bar cierra. La estampa se repite año tras año: logroñeses que intentan mantener su rutina de fin de semana entre un mar de visitantes que han venido a exprimir la ciudad como si fuera un parque de atracciones. El pasado fin de semana, sin ir más lejos, ya tuvimos en La Laurel una carrera entre dos jóvenes de una despedida que llevaban a hombros a dos muchachas de otra despedida con la que esperaban intimar. Y así, cada día.

No me malinterpreten. Me encanta que Logroño sea un destino deseado, que nuestra forma de vivir la calle sea un atractivo en sí mismo. Pero a veces me gustaría, sólo a veces, poder entrar en un bar y pedir sin necesidad de hacer una coreografía de gestos y miradas con el camarero para que me localice entre la multitud. Me gustaría recuperar esa calma de otros tiempos, cuando las barras no parecían campos de batalla y cuando las conversaciones podían fluir sin necesidad de alzar la voz.

Tal vez soy yo, que me estoy haciendo mayor y empiezo a ver la nostalgia como un filtro cómodo para analizar la realidad. Tal vez es Logroño, que está cambiando y aprendiendo a convivir con su éxito. O quizás es simplemente el signo de los tiempos: las ciudades que funcionan, las que tienen vida, siempre van a estar llenas. Y en el fondo, prefiero una Logroño vibrante y abarrotada a una Logroño apagada y vacía. Aun así, permítanme la fantasía: quiero pedir en un bar, en mi ciudad, sin prisas y sin empujones. Aunque sea solo por una noche.

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