Tinta y tinto

‘Las cosas de los pueblos’

Los pueblos, como concepto que agrupa a una gente que vive en un mismo lugar (barrio, municipio, región o país), están condenados a destruirse cada cierto tiempo por peleas inexplicables a ojos de cualquier persona ajena al asunto. Desde fuera, esos irresolubles problemas adquieren una perspectiva diferente. La que no sale de las entrañas, las vísceras y la sinrazón.

Hace unos años, cuando en Villavelayo se le ocurrió al alcalde hacer algo así como una concentración parcelaria para que saliera rentable la plantación de árboles que se destinarían a la industria maderera, la convivencia saltó por los aires durante unos días. De repente, todas las familias estaban llenas de ladrones. Todos nuestros mayores habían robado fincas y cambiado lindes como si fueran magnates de la construcción que habían sobornado a políticos para recalificar terrenos. Una herencia durante la guerra, un intercambio con un primo, una compra bajo manga… y la mayoría de todas las historias sin papeles que las refrendaran. El único aval era la palabra dada por mucha gente hace décadas sin que constara en ningún sitio oficial. Y así, claro, lío. Porque los recuerdos se van difuminando y la memoria va haciendo selecciones según nos interese.

La chavalada del pueblo, entre cerveza y cerveza en el bar, flipábamos. «Pues hoy ha venido tu abuelo a mi casa con lo de las tierras…». «El otro día discutieron mi primo y Pepito…». «Menudo cisco montaron Menganito y Zutanito…». Todo el lío por unas fincas en un pueblo a mil metros de altura que nada valen y que hasta el día anterior ni se acordaban de que existían. El apego a lo que años atrás sí significó un modo de vida para la dura gente de una sierra cada vez más moribunda.

El asunto se cerró en falso vistas las discusiones y el alcalde vino a decir que para qué, que la cosa sólo iba a servir para crear conflictos por cuatro duros. Mientras tanto, la chavalada seguía flipando. Si nos llegan a dar el listado y los planos al empezar el vermú, para la segunda ronda estaba solventado el tema. Vermú, comer, siesta, partida de mus, baño en el río y, unos lustros después, un aguinaldo por los árboles de las cuatro fincas del abuelo.

Son «las cosas de los pueblos», como las denominamos en La Rioja. Afectan directamente a las entrañas y nadie se atiene a razones lógicas porque todos llevan razón. O creen llevarla. Ante la desaparición del sentido común y las posturas irreconciliables, ya que suelen añadirse más «cosas de los pueblos» ocurridas anteriormente entre familias, nada avanza y todo se va deteriorando sin que nadie entienda muy bien por qué, pese a que ellos mismos son los culpables de esa situación. Sólo con el paso de los años, cuando ya todo está perdido, suele llegar cierto momento de lucidez y se piensa que quizás se deberían haber hecho las cosas de manera distinta por el bien de todos. Ya es tarde. No hay marcha atrás. Y, por desgracia, tampoco aprendizaje porque las nuevas generaciones cometerán los mismos errores.

Algo de esto pasa estos días en Nájera. Por resumir a trazo grueso. Los campos junto al cementerio llevan años en un estado lamentable y, en cuanto caen cuatro gotas, ya no se puede jugar en ellos. Los najerinos llevan años pidiendo más instalaciones deportivas y todos sus políticos están de acuerdo en que así debe ser. ¿Problema? El alcalde tiene un proyecto y el dinero para pagarlo (el Gobierno costearía el cien por cien) en un sitio y la oposición dice que ahí no, que se mejore La Salera. Como al alcalde no le dan los votos porque está en minoría, el asunto sigue bloqueado porque nadie da su brazo a torcer.

¿Problema? Los concejales de un pueblo de 8.000 habitantes, otrora importante capital del mueble en el norte de España, se ponen a jugar a la política como si fueran miembros del Congreso de los Diputados y el futuro de España estuviera en sus decisivos votos, olvidándose de que lo único para lo que deberían estar ahí es para mejorar la vida de sus vecinos. Por aplicar la ilógica lógica de «las cosas de los pueblos» al tema del campo de Nájera, en el último pleno tuvo que intervenir hasta la Guardia Civil para evitar incidentes y que la cosa fuera a mayores. Y mientras tanto, igual que flipaba la chavalada de Villavelayo con los líos de las fincas, en el resto de La Rioja flipamos con que no desarrollen esas instalaciones para solucionar lo del cementerio y que luego vayan viendo qué hacer con La Salera.

Al final, ni aguinaldo por los árboles para los vilayos ni nuevos campos de fútbol para los najerinos por «las cosas de los pueblos». Cada día está más complicado emular a Cristiano Ronaldo.

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