Ni por experiencia ni por tradición familiar. Miguel Gil llegó a la apicultura por propio interés tras cursar un Grado Superior en Gestión Forestal y del Medio Ambiente en Alfaro. Una formación que le sirvió para tener esas primeras nociones en la gestión de las abejas y la elaboración de miel e impulsar, hace apenas tres años, su propio proyecto: Apícolas Galilea. Y es aquí, en su pueblo natal de Galilea, en plena Reserva de la Biosfera, donde descansan sus abejas.
Lo que empezó con dos colmenas como prueba ahora ya se ha convertido en una explotación pequeña pero más asentada con una treintena de panales. A sus 27 años, Miguel es un ejemplo más de que el sector apícola en La Rioja sigue rejuveneciéndose con nuevos perfiles que apuestan por dar valor añadido a sus pueblos y paisajes y demostrando que el relevo generacional está presente. Es, por tanto, uno de los 358 apicultores no profesionales que actúan en La Rioja frente a los 40 profesionales (explotaciones con más de 150 colmenas) que gestionan 18.906 de las 25.541 colmenas que hay en total en La Rioja.

Miguel Gil, con sus colmenas instaladas en pleno Valle de Ocón. | Foto: Leire Díez
«Después de hacer el trabajo de fin de curso con una explotación apícola decidí probar por mi cuenta con alguna colmena para ir acostumbrándome a ellas, pero más como un hobby. Luego fui creciendo poco a poco, comprando algún enjambre y ahora sí que intento hacerme mis propios enjambres. Pero cuesta mucho. Al final, aunque la inversión inicial no sea tan grande como lo es para empezar en una explotación agrícola o ganadera, que implica maquinaria, una nave y demás, aquí también hay que hacer un desembolso y hoy en día, tal como está el coste de la vida, es muy complicado meterse de lleno en esto. Así que yo voy creciendo poco a poco», apunta el joven.
Un proyecto que compagina todavía con su trabajo como auxiliar de enfermería ya que aún no maneja el volumen de colmenas suficientes para dedicarse plenamente a las abejas. Pero la idea es conseguir algún día ser apicultor a tiempo completo y llegar a unas 200 colmenas, con las que cree que se puede trabajar cómodamente y apostar ya por cuestiones más técnicas e interesantes. «Al final en este mundo hay muchas cosas que hacer más allá de la producción de miel porque las abejas y las colmenas tienen un montón de recursos y productos, desde el polen y el propóleo hasta la cera, la reproducción de enjambres o abejas para su venta, también desde el punto de vista turístico,… Hay salidas que se pueden explotar, pero vamos poco a poco», reconoce.

Las colmenas instaladas en el encinar de Ocón, con el molino de viento al fondo. | Foto: Leire Díez
La elección de la zona de asentamiento para sus colmenas estaba decidida desde el principio: «El Valle de Ocón es una zona única y natural muy importante y con gran valor. Sí que no es una de las zonas donde más miel se produce o con más variedad floral, pero tiene muchos paisajes que dan riqueza y eso permite hacer mieles muy diferentes a otras y con mucha calidad». A los pies del molino de viento de Ocón descansan las abejas durante todo el año, ahora en fase de hibernación, rodeadas de los encinos, por lo que la miel que elabora Miguel es únicamente de milflores del encinar.
«Es una miel cien por cien natural y su composición refleja la esencia del paisaje de este entorno a las faldas de la Sierra de la Hez. Principalmente es de encina con brezo, zarzamora y el resto de variedades de flores que encontramos en esta zona. De cara al año que viene sí me gustaría sacar alguna miel monofloral o lanzar dos mieles distintas al año, buscando paisajes diferentes que apuesten más por el roble o el tomillo, pero sin salir de aquí, del Valle de Ocón. Todavía hay mucho que explotar en este enclave», remarca con una visión de futuro de cara al mantenimiento del medio rural.

Miguel Gil, con sus colmenas instaladas en pleno Valle de Ocón. | Foto: Leire Díez
La miel de encinar, reconoce, «es más irregular por lo que no trae siempre la misma producción y depende mucho de otros factores como el clima», por lo que en la corta experiencia que acumula en el sector incide en que no tiene una perspectiva muy global. «Cada año ha sido diferente al anterior. Unos mejores que otros, pero eso también te hace aprender lo que es importante para mantener las colmenas fuertes y sanas para que no enfermen y sean capaces de soportar el invierno. Lo idea sería tener un invierno frío para que los insectos paren y que luego vengan lluvias por primavera para que se den mejor esas floraciones, pero lo que más marca ahora son unos veranos más largos y secos. Está claro que los cambios bruscos de tiempo vuelven locas a las abejas porque para criar, estas se rigen por el campo y si llueve y hay una floración, pues ellas se ponen a criar. Si la temperatura va aumentando poco a poco pero luego de repente viene un temporal frío, para de golpe la preparación de las abejas y eso no es bueno», añade.

Los productos que comercializa Miguel Gil desde su pequeña explotación. | Foto: Leire Díez
Con la llegada del frío invernal la labor pasa del campo al embotado y la comercialización. Los principales puntos de venta de la miel de Apícolas Galilea están en las tiendas locales (también en alguna de Logroño), en los mercados que se celebran en diferentes citas a lo largo del año y especialmente a través de los canales ‘online’ como son las redes sociales y la página web. «Exclusividad, territorio y calidad es lo que intentamos comercializar con nuestras miel», refleja Miguel. Porque en precios es tarea imposible competir.
«Uno de los principales probemas que tenemos es la miel que viene de China, si es que se le puede llamar miel. El hecho de que se venda a precios tan bajos respecto a la de aquí crea una gran competencia pero el problema es que eso ni siquiera es miel, es jarabe. Si fuera miel de apicultores como los de aquí pues también sería de calidad, pero esto no tiene nada que ver. Para evitar esa competencia desleal por parte de terceros países la clave es que exista concienciación por parte del consumidor. Luego cada productor podemos tener un precio y un tipo de miel diferentes, y el público valora si merece la pena, pero hay que ser conscientes de los costes de producción que tiene este producto para dar un buen servicio. Yo me centro mucho en el cuidado de todo el proceso, y también del envasado y la apariencia del producto para reflejar la calidad que este tiene», remarca.
Con cautela pero con paso firme a su vez. Porque las aspiraciones de este joven apicultor van más allá de la producción de miel. «La investigación en este sector siempre me ha llamado mucho la atención. Al final en España existe poco conocimiento técnico sobre la apicultura y es ahora cuando se empieza a investigar sobre muchas cosas. Yo quiero estudiar todo eso, los comportamientos de las abejas, las comparativas, las enfermedades como la varroa o el desarrollo y efectos de la avispa asiática que cada vez está más presente en nuestro entorno y que a día de hoy solo podemos combatir con trampeo. Todo ello para mejorar el estado de las abejas en el monte y que estén mejor de lo que están ahora».


