El otro día llegué a una hora prudente a casa y puse el telediario de La Sexta por no cenar tan pronto como los europeos. Un ratito de noticias nacionales mientras deambulaba por la cada vez más asombrosa pestaña «para ti» de Twitter. A los veinte minutos de estar tirado en el sofá, me di cuenta de que el informativo era una concatenación de declaraciones políticas en las que no paraban de tirarse los trastos entre los unos y los otros. Sánchez, Feijóo, Abascal, Rufián, Mazón, Teresa Ribera… todo mal. Ni un segundo de tranquilidad. Un delirio irrespirable en el que los asuntos del día a día de los ciudadanos han sido sustituidos por un bucle sin fin de escándalos personales.
Apagué la tele y me puse a cocinar. «Que les den». Y así es como la desafección política crece semana tras semana, pensé, mientras repasaba mentalmente los asuntos que nos atañen en nuestra región. Me acordé entonces de la reciente visita de Luis Planas a la bodega Ramón Bilbao con motivo de su centenario. Ya que un ministro nos honraba con su presencia en La Rioja (hace un par de años se prodigaban con más asiduidad por aquello de tener el mismo color en el gobierno nacional que en el regional), los periodistas aprovechamos para encender las grabadoras y ponerle los micrófonos delante al responsable de Agricultura por si tenía algo que decir.
Planas explicó en cuatro minutos de manera excepcional la situación sobre el posible arranque de viñedo en nuestro país, un tema que en Rioja tiene especial predicamento por la crisis de consumo que afecta al vino y cuyo planteamiento todavía sigue «sin consenso» en el seno del Consejo Regulador. Bien. Hasta ahí, todo correcto. Sin embargo, nada más concluir su alocución, sin tiempo casi para terminar la última frase, un periodista de una televisión nacional irrumpió como elefante en cacharrería. «En directo para La Sexta». Me imaginé entonces a Ferreras cortando a algún tertuliano y señalando con el dedo a la pantalla. «Nos vamos hasta Haro donde los riojanos andarán poniéndose tibios a vinos con el ministro».
Le preguntaron al bueno de Planas sobre unas declaraciones de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quien había dicho que España es un «Estado policial con derechos civiles restringidos». El hombre flipó. Le pilló tan fuera de juego ese cambio de tercio que se sonrió y tuvo que pedir unos segundos para cambiar el chip. Dentro barro político entre PP y PSOE. Que no paren los escándalos ni el tirarse los trastos a la cabeza. Tras un par de minutos de contestación «en directo para La Sexta», volvimos a esos asuntos que sí afectan de verdad a los ciudadanos.
Me dio entonces un poco de pena la vorágine en la que están atrapados los compañeros de la M-30 para dentro –Cuca, aún estás a tiempo de salir de ahí-. Algo así como el «me duele España» que escribía Unamuno. Persiguen a los políticos día tras día, micrófono en mano, con la esperanza de arrancarles una frase lo suficientemente polémica como para alimentar el siguiente informativo o avivar el fuego de algún debate para que no caiga la audiencia. No les culpo. El engranaje mediático exige titulares rápidos, confrontación y espectáculo, como si de una serie de Netflix se tratara. Me dio pena, decía, porque en lugar de estar explorando en profundidad temas que nos afectan —como el acceso a la vivienda o la conectividad ferroviaria, que en La Rioja nos deja cada vez más aislados—, terminamos atrapados en ese interminable bucle de escándalos, declaraciones cruzadas y política convertida en Gran Hermano.
Mientras picaba el ajo y el perejil, pensaba en cómo hemos terminado normalizando esta dinámica. Los periodistas recorren kilómetros, preparan preguntas, buscan documentación… pero al final todo queda reducido a una guerra de declaraciones entre Sánchez, Ayuso, Feijóo, o quien toque ese día. Y mientras tanto, la brecha entre los ciudadanos y sus representantes sigue agrandándose. ¿Cómo no va a crecer la desafección política si las prioridades de quienes ocupan los titulares parecen tan ajenas a las nuestras? ¿Cómo no van a montar los políticos la algarada si la prensa sólo quiere llenar sus tertulias, sus informativos y sus columnas con zascas hilarantes?
Desde este rincón tranquilo que es La Rioja, donde los asuntos todavía conservan cierta cercanía y el debate político no ha sido completamente fagocitado por el espectáculo (cosas de tener una aburrida mayoría absoluta del PP), uno no puede evitar pensar que hemos perdido el rumbo. Tal vez por eso, cuando apagamos la tele, nos refugiamos en lo cotidiano: cocinar, leer o charlar con los nuestros. Porque en medio del ruido constante, algo tan sencillo como encender el fuego y esperar a que se dore una cebolla parece más real y más relevante que cualquier rifirrafe que domine el prime time.
El periodismo, como la política, necesita recuperar su conexión con la vida real (en provincias, por suerte, creo que estamos un poco mejor). Dejar de ser cómplice de ese «delirio irrespirable» que se alimenta de titulares vacíos y retomar la tarea de iluminar, aunque sea con una pequeña linterna, los asuntos que de verdad importan. Porque mientras seguimos mirando hacia Madrid con la boca abierta ante el último escándalo, los trenes en La Rioja siguen llegando tarde, el sector del vino zozobra, el comercio local sigue agonizando y cada vez es más difícil acceder a una vivienda. Esos son los temas, por citar algunos, que deberían ocupar nuestros días. A todo lo demás, francamente, que le den.


