«Yo a este señor le tengo terror». Así ha vivido María (nombre ficticio) los últimos años y así sigue viviendo. Es una víctima de menosprecios y abusos de autoridad constantes. Una víctima que no ha recibido palizas, pero que ha llegado a estar muerta en vida tras la violencia psicológica ejercida por su pareja contra ella, su familia y su hijo.
Y es que este tipo de violencia es más común de lo que nos gustaría y a veces tan sutil que se llega a normalizar. Es por ello que no hay tantas denuncias como debería, porque denunciar para hacer visible lo invisible se antoja muy difícil. Entonces, «¿el maltrato psicológico es menos importante que el físico?», se pregunta María.
Su historia comenzó hace dos años y medio, cuando conoció a su expareja. «No tenía muchas ganas de enamorarme, pero lo conocí e iniciamos una amistad. Íbamos quedando y poco a poco formalizando la relación». María explica que desde un principio, y ahora visto con distancia, «tenía comportamientos extraños que yo no veía, aunque mi entorno sí. Se presentaba en casa sin avisar, iba muy rápido. En un mes ya quería que nos fuéramos a vivir juntos. Todo se volvió muy intenso y me iba sacando de mi círculo».
Pero todo empeoró cuando María se quedó embarazada. Noticia que, por cierto, fue una sorpresa para todos, incluso para los futuros padres. La joven sufría varios problemas de salud hasta tal punto que los médicos le llegaron a decir que sería muy difícil que tuviera hijos. Pues no lo fue. «A partir de este momento el control fue férreo e incluso hizo que me enfrentara a mi familia. A mi madre le amenazó con echarla de mi propia casa y a intimidarla con cosas muy serias». Y mientras, María intentaba mantener una postura conciliadora pensando que sería lo mejor.

El día del parto la cosa se complicó más si cabe. «Cogió mi teléfono, lo guardó bajo llave y me dijo que todas la comunicaciones debían pasar por él. Es más, a mi madre y al resto de mi familia ni siquiera les comunicó que yo había dado a luz». Conforme pasaban los meses, la situación empeoraba, y en una visita de la madre de María a casa, «mi expareja le propinó dos bofetadas».
La pesadilla se incrementó cuando los familiares abandonaron la vivienda. «Se volvió loco. Empezó a golpear y a tirar todo lo que se encontraba a su paso y llegó a coger al niño para llevárselo. Me puse en la puerta para impedirlo y empezó a proferir todo tipo de amenazas de muerte contra mi madre».
El intento de huir con el niño y la agresión a su madre fueron los detonantes principales para que María pusiera la situación en conocimiento de las autoridades, pero antes de eso hubo muchas cosas. «No se te da bien hacer nada, eres torpe, inútil, pero bueno, se te quiere igual». Frases como esta las escuchaba María cada día. Los buenos momentos, pocos, se disipaban con estas situaciones y el vivir con miedo se apoderaba de todo lo demás. «No sabes por dónde va a salir. Lo mismo podía estar bien que no estar la comida de su agrado o que el niño estuviera rebelde y ya te la montaba. Y siempre terminaba diciéndome ‘es que tú todavía no me conoces y como me toques los cojones te vas a enterar. No has visto lo que soy capaz de hacer». Claramente, era vivir en una continua amenaza.
Una violencia que no ha llegado a convertirse en física porque, según María, «mi expareja es una persona que sabe contenerse, aunque ya tiene antecedentes constatables por conflictos con mujeres dentro del ámbito laboral y personal». Por ello, «se medía, porque sabía que a la mínima se le podía caer el pelo». Aun con todo, la tortura ha sido inimaginable, «y eso que te estoy contando de la misa la mitad».
Ante el intento en varias ocasiones de dejar la relación, «él siempre tenía un as para matar al tres. Siempre encontraba alguna forma para darle la vuelta a la tortilla diciéndome que la loca era yo, que el problema lo tenía yo. Me decía que la que estaba descontenta y se montaba películas era yo». La esperanza por parte de María de que eso algún día cambiara se fue difuminando hasta que en mayo, «después de unos episodios muy desagradables donde no me dejaba ni ir a trabajar», dio el paso.

En el Centro Asesor de la Mujer le abrieron más los ojos y «vieron que era un caso clarísimo de violencia de género». Además acudió varias veces a la UFAM, la Unidad de Atención a la Familia y a la Mujer, que también constató que «se trataba de un caso de violencia». Cuando a María le explicaron cuál era el procedimiento «dije que me lo tenía que pensar porque me daba pena que lo detuvieran y fuera a la cárcel, pero con la última discusión en la que tuvo que intervenir la Policía» todo cambió.
Las amenazas con quitarle al niño eran constantes, pero «yo no estaba dispuesta a que mi pequeño viviera así». Llegó la denuncia.
Una violencia «no suficientemente grave»
Costó dar el paso, pero lo siguiente tampoco está siendo fácil. Aunque había muchos indicios de la violencia de género, entre otras cosas porque María, aconsejada por la propia Policía, el Centro Asesor de la Mujer y la UFAM había grabado conversaciones y guardado capturas de pantalla, «no fue suficiente».
Y es que esta víctima lamenta profundamente que «el tema del maltrato psicológico tiene peor pronóstico de cara a la denuncia y al juicio. Prácticamente todos salen absueltos porque los jueces y fiscales no lo consideran lo suficientemente grave. Puedes estar machacada y caer en una depresión de querer tirarte al Ebro, pero hasta que no te abren la cabeza no hay delito».
Sirva de ejemplo el caso de María. «El fiscal le dijo a nuestros abogados que se podía llegar fácilmente a un acuerdo y que no merecía la pena que yo declarara en su contra porque él había aceptado los hechos». Cosa que, adelanto, no pasó.
El caso fue archivado pese a que se reconoce que hay indicios fundados y demostrables de que María ha sido víctima de violencia de género, así que no se ha decretado ninguna media «porque mi hijo y yo no corremos peligro. Eso me dijeron». A día de hoy, María continúa con amenazas, insultos, reclamaciones económicas sin sentido, prohibiciones, intentos de estafa… «Y aún con todo le estoy dejando ver a su hijo porque me han recomendado que así sea por temas legales. Pero lleva desde mayo sin pagarme un duro de lo que se decretó en el acuerdo verbal y reclamando un régimen de visitas cuando encima se niega a firmar un convenio». Es decir, ahora mismo, «él no tiene ninguna prohibición y tengo miedo de que se lleve al niño o le haga algo». La violencia sigue ahí. «Y todo por hacerme daño a mí. El niño no le importa nada».
María vive con la sensación de que «no me toman en serio». Es más, le han llegado a decir que «el perfil de una persona maltratada es un perfil muy determinado de entorno socioeconómico o cultural muy diferente al mío. Y qué pasa, ¿que por ser una persona formada y con independencia económica soy menos maltratada que las demás?».
«Ninguna mujer tendría que pasar por esto»
A la madre de María le llevan los demonios, como a cualquier madre en su situación. No le importa lo que ha tenido que sufrir ella en primera persona, violencia física y psicológica por parte de la expareja de su hija, le angustia todo lo que lleva su «pequeña» encima «y lo que le queda».
«Poco te está contando para todo lo que lleva pasando. Ninguna mujer debería pasar por lo que está pasando mi hija. Yo me vine para estar con ella y con mi nieto por miedo a lo que les podía hacer». Y eso que esta madre se lo advirtió desde el principio: «Hija, es muy violento. Más vale estar sola que tener al lado un hombre así. Ninguna mujer merece esto».
Esta mujer no olvida. «Esta clase de personas debería estar en una isla desierta. A mi hija la dejó destrozada, pasó de ser persona a una auténtica muñeca manejable». Y cada vez que recuerda todo lo que sigue sucediendo confiesa que por su hija y su nieto, mata. «Las imágenes de cada delincuente, maltratador, pederasta… deberían estar colgadas de todas y cada una de las farolas del país. No son seres humanos. Y me da pena esta persona, ¿eh?, porque igual fue un crío maltratado, acomplejado y cobarde, pero eso no es excusa para actuar así».
La madre de María reconoce que «la Policía hace un trabajo fabuloso, pero los jueces y fiscales lo estropean, y lo que es peor, algunos son mujeres como usted y como yo». Está dispuesta a hacer todo lo que esté en su mano para que el dolor de todas estas mujeres que sufren lo mismo que su hija se oiga y se sepa cómo padecen en silencio.
Callar por no discutir, hacerse la dormida y ‘encerrarse’ en la habitación con tu hijo, soportar toda clase de desprecios y amenazas, vivir con miedo, olvidarse de quién eres… María lo grita, ya no quiere seguir en silencio, aunque todavía viva con temor: «El maltrato psicológico no es un maltrato menor. Te mina y te deja sin autoestima. Te hace vivir constantemente con miedo y eso, claramente, no es vivir, sino morir en vida».


