Llueve a mares en Logroño. Los voluntarios de Cruz Roja que cada día acuden al polideportivo municipal Titín III han decidido ir antes a su cita de todos los días. Hoy nadie ha podido vendimiar (otro día más en esta eterna campaña en la que las tormentas no dejan una semana completa para ir al tajo). Una imponente fila de temporeros espera su llegada a las puertas del frontón. Llevan todo el día deambulando por Logroño a la espera de que la instalación vuelva a abrir sus puertas y poder resguardarse de la manta de agua que no deja de caer sobre la ciudad.
Ana Macaggi es la primera persona con la que se encuentran. Es la encargada de darles el primer ‘buenas tardes’, ofrecerles la primera sonrisa y entregarles el número con el que luego recibirán los servicios que permiten que, al menos una vez al día, puedan comer caliente y dormir bajo un techo. El enorme frontón alberga desde el 12 de septiembre 150 camas. Son sólo un somier y una colchoneta. Luego les entregan sábanas y mantas limpias.

Allí nadie sabe nada de pelota. Nadie conoce la figura de Titín III. Para ellos ‘solo’ es un refugio en días complicados como el de hoy. No han tenido que agachar el riñón para recoger uva pero «estos días son aún más duros para ellos», explica Ana que llegó hace tres años a La Rioja desde su argentina natal y decidió corresponder a través del voluntariado a todo lo recibido en estos años. Ella, junto a Maria Eugenia y otros casi 30 voluntarios no sólo proporcionan alimento y techo a los temporeros, también les escuchan, les cuentan y consiguen que su paso por La Rioja sea un poco más humano.
«La vida no vale nada en África»
«Las historias que cuentan te dejan marcada». Ana no pierde la sonrisa pero es consciente del drama que han vivido muchos de ellos. Ella lo tuvo fácil al llegar a España, es descendiente de italianos. «Parece mentira que un sólo papel sea la diferencia entre poder empezar una vida normalizada en otro país o no». Todos la saludan con una sonrisa al entrar como si fuera el pasaporte necesario para poder acceder al recinto. La mayoría son chavales muy jóvenes que en muchos casos han salido hace poco tiempo de sus casas, muchos de ellos de Mali o Senegal. «Te cuentan cómo han llegado a España, muchos de ellos en patera y se te cae el alma a los pies cuando eres consciente de los peligros por los que han pasado». Entonces sus historias te ponen en tu sitio.

Foto: Fernando Díaz/ Riojapress.
«La vida no vale nada en África». La frase es demoledora. Es Madieye. Tiene 24 años y entró en España en patera por la conocida como ‘ruta atlántica’. Es una de las más peligrosas del mundo y se cobra la vida de cientos de personas al año. «Te dicen que son tres o cuatro días de viaje pero luego son 10 o 15 dependiendo de cómo esté el mar». Su travesía fue dura pero… «no queda otra que aguantar». Sabe que muchos compatriotas no lo han conseguido. Interceptados a mitad de camino y deportados o ahogados en un océano que hace sólo unos días ha ‘engullido’ a más de 50 personas.
Pero todo riesgo es asumible cuando donde naciste la vida ya no tiene valor. En el pueblecito en el que Madieye vivía en Senegal no hay futuro para los jóvenes. Estudiar no resulta fácil cuando tu familia tiene el dinero justo para sobrevivir. «Nos dedicábamos a la pesca pero los barcos grandes nos quitan los peces». Los acuerdos de la Unión Europea con Senegal han propiciado la llegada de flotas más modernas. La pesca tradicional ya no les sirve para ganarse la vida. Por eso con 20 años decidió emprender un envenenado viaje que le llevó hasta Canarias.

Foto: Fernando Díaz/ Riojapress.
Una travesía traumática con la que aún, a veces, sueña. Primero un albergue de acogida, después todo el jaleo de regular los papeles a través de la petición de asilo («la tarjeta roja» que le llama Madieye), y luego a buscarse la vida y a seguir gestionando trámites y que no se caduquen en un país en el que el papeleo es aún más insoportable para gente que como él vive contando el tiempo en campañas.
Este año ya ha pasado por varias: la aceituna en Jaén, la fresa en Huelva y el melocotón, la manzana y el paraguayo en Lérida. Lleva varios días ya en La Rioja vendimiando. Y después, volver a empezar. La vida de Madieye discurre entre campos, polideportivos y algún que otro toque al balón que da con los compañeros de vida. El fútbol para ellos es un lenguaje universal.

Foto: Fernando Díaz/ Riojapress.
Uno de sus compañeros es alto. Madieye le ha acogido como a un hermano pequeño. Se llama Modou. Tiene cara de muy joven. Sus ojos le delatan. «Diecisiete años». Lleva sólo ocho meses en España. Entró por la misma ruta que Madieye, en cayuco, a las Canarias. Solo. «Casi no habla español pero es listo, aprenderá pronto». Se le ve en la cara. Sonríe y está atento a la conversación. Pregunta. Intenta decirlo en el puñado de palabras que conoce. Madieye le traduce y él contesta en wolof, su lengua natal; sonriente, a pesar de lo complicado de una vida que le ha separado ya de sus padres antes de cumplir los 18.
«No son máquinas, necesitan sentirse personas»
Con el número sectorizado para que sepan cual será su cama esa noche, pasan por el comedor. Hoy hay macarrones y hamburguesa con pimientos rojos. También les han dado un kit de aseo. Hoy no hay sudor que quitarse del cuerpo pero una ducha caliente después de empaparse hasta los huesos se agradece. Cruz Roja intenta que su paso por La Rioja cubra, además de las necesidades básicas, también las afectivas. «Siendo argentina me puse a hablar con ellos de fútbol, me di cuenta que se emocionaban y al día siguiente traje un balón». Fue mano de santo para unos chavales que requieren también de momentos de diversión. «No puede ser que sólo trabajen, coman y duerman, no son máquinas, necesitan también tener un momento para sentirse personas».
Por eso este año también el dispositivo cuenta con wifi. «Es una forma de que puedan contactar con sus familias, algunos llevan sin verse con ellos cinco o seis años, pero también de que puedan ver una peli en sus móviles o escuchar música si no la vida aquí pasa muy lenta».

Foto: Fernando Díaz/ Riojapress.
Algunos colocan con mimo una esterilla en el suelo y rezan, otros charlan entre ellos, algunos buscan hablar con los voluntarios para seguir aprendiendo el idioma. «Hablas con gente que a veces allí tenían su profesión y aquí están viviendo una realidad totalmente distinta, al final todos vienen buscando lo mismo, su destino lo ha determinado el lugar en el que han nacido». Ana valora la valentía de todos ellos: «Han pasado por tanto en la mayoría de los casos, en soledad, que agradecen cualquier gesto y en seguida se abren y te cuentan». Saber por unos minutos al día que no están sólos, que alguien está dispuesto a dejar su tiempo libre para acompañarlos.
Cuando el ruido de la ciudad se apaga y la lluvia deja de golpear las calles de Logroño, el polideportivo Titín III se convierte en un refugio lleno de historias. Cada uno de los temporeros que entra por sus puertas lleva consigo un relato de lucha, de resistencia y de sueños que, aunque parezcan lejanos, los mantienen en pie. Un respiro, una pausa en un camino lleno de incertidumbres, pero también de esperanza. Un lugar en el que no solo se comparte espacio, sino también la ilusión de que, quizás, mañana el día sea un poco mejor.


