«Para hacer vino no es obligatorio ser enólogo. Basta con conocer las uvas que tienes y saber seleccionarlas bien para llevar a casa lo mejorcito. Y de hecho así es muy fácil hacer vino; lo que tiene mérito es ser enólogo cuando manejas 20 millones de litros y tienes proveedores de uva por todas las zonas de Rioja». Adrián Moreno no es enólogo, pero sí es viticultor, o como prefiere llamarlo su padre, un «pastor de levaduras». No es enólogo pero sabe de sobra hacer vino «siempre y cuando la uva es buena» y es que en su casa ha sido parte de la tradición familiar. Con la misma seguridad se ha atrevido a liderar el proyecto de la recién creada Asociación Menudas Bodegas de Rioja, compuesta por diez pequeños (muy pequeños) productores que se definen como artesanos de la viña y el vino. Es decir, ellos llevan las viñas, hacen también el vino (aunque sean poquitas botellas) y salen a venderlo, además de gestionar sus pequeños negocios como autónomos que son.
Adrián está al frente de Bodegas Rulei, la marca que un día creó su padre y que este heredó con la ambición de apostar por dar valor a las uvas más especiales. En 2011, cuando el proyecto comenzó a dar sus primeros pasos, su padre sacó al mercado 12.000 botellas, aunque el mundo de la viña y el vino era su segundo oficio ya que él era escultor y docente de profesión. Una cifra muy alejada de las menos de 5.000 que elabora al año su hijo a día de hoy. Si bien es cierto que no todos los vinos salen cada año. «Tengo cinco vinos, dos tintos, dos blancos y un rosado, pero si hay años que las uvas no me convencen especialmente no elaboro todo lo que quiero. Y sí, podría hacer de nuevo esas 12.000 botellas que hacía mi padre, peor yo prefiero subir los precios y vender menos. Aún recuerdo en 2019 cuando elaboré cuatro vinos a la vez, fue una odisea. Así que ahora hago dos o tres como mucho cada añada», apunta el joven productor. Un sueño que va armando poco a poco desde lo que fue el antiguo pajar de la familia, en el centro del pueblo y con los tradicionales lagos de hormigón de 13.000 kilos cada uno de capacidad bien conservados. Las barricas y los depósitos ya han llegado después.

Vinos de Bodegas Rulei en Badarán. | Foto: Leire Díez
Villa Barracallo tampoco se queda atrás en historias especiales que albergar. Aunque el tempranillo tinto es la uva dominante en estas seis hectáreas cultivadas en el término de Castañares de Rioja donde también hay algo de viura, lo que la hace singular son los tres renques de cepas de chenin blanc, una variedad que formó parte de los proyectos de experimentación en Rioja en la década de los 80 en los que también se plantaron otras variedades que después tuvieron mejor acogida en la denominación y acabaron amparándose, como el chardonnay y el sauvingnon. Y es que el padre de Adrián fue el único que plantó chenin blanc en Rioja obteniendo así la certificación para esas uvas, que oficialmente figuran como «otras blancas», así como la posibilidad de comercializar un vino elaborado con ellas. De igual forma lo hicieron plantando tres fanegas (0,6 hectáreas) cabernet sauvignon en esta misma viña. La vendimia 2024 se inaugurará la próxima semana precisamente con chenin blanc y es que, pese a las lluvias, «todo está más adelantado de lo esperado». De hecho, estas uvas y el vino que se elabora con ellas, Rulei Viña Barracallo Renques de Chenin, son para la familia el «diamante de la corona».

Adrián Moreno, de Bodegas Rulei en Badarán. | Foto: Leire Díez
Hasta 2018 esta uva se mezclaba con la viura para hacer el vino blanco pero fue entonces cuando Adrián se decidió a dar el paso y hacer algo por separado. «Y fue un acierto». Es el vino, además, que le ha abierto las grandes puertas a la comercialización a pesar de elaborar unas escasas 650 botellas, y es que el camino en un principio tampoco fue cosa fácil. «La marca la creamos en 2015 y está claro que costó lo suyo abrirse hueco y hacer mercado cuando no tienes un nombre, no eres enólogo y nadie te conoce. Solo éramos gente de una zona vitícola de Rioja. Así que tocaba ir a ferias e ir conociendo a la gente. Pero todo cambió cuando Viña El Moral se convirtió en Viñedo Singular y entró a participar en las catas. En una de ellas, una cata a ciegas por cierto, lo puntuaron con 96 puntos Decanter y eso supuso un punto de inflexión porque fue una ayuda importante. Ahora mis principales clientes están en Reino Unido y Estados Unidos. Exporto el 90 por ciento y he de decir que para mí ha sido mucho más fácil vender mis vinos fuera que dentro del país porque aquí, aparte de que hay mucha competencia, prima más el nombre. Además si vendes en España con la marca Rioja hay que ajustarte a un rango de precios estipulado para Rioja o que te conozca alguien. Y mi rango de precios, con vinos que van desde los 12 hasta los 30 euros, pues no encajaba mucho. Así que a mí, siendo una pequeña bodega como soy, lo que mejor me funcionó es ser Rioja pero fuera de España», reconoce.

Vinos de Bodegas Rulei en Badarán. | Foto: Leire Díez
Un punto a favor, añade, es que los proyectos más diferentes, singulares y pequeños siempre han gustado fuera, mientras que «dentro de nuestras fronteras es ahora cuando se están poniendo más en valor gracias al público final y al movimiento que hay en redes sociales». El que lidera él en su caso, Menudas Bodegas de Rioja, asegura que más allá de dar visibilidad a los proyectos que lo componen, el propósito fundamental es colaborar entre ellos. «Esta asociación nos ha servido para unirnos, estrechar lazos y compartir ambiciones. Es más, creo que en Rioja hemos perdido esa cercanía entre productores porque hemos tendido a hacer una viticultura de producción y más individualista, donde solo preocupaba vender la uva, perdiendo así la colaboración entre pequeños y medianos porque no había necesidad. No hay más que fijarse en Badarán, donde hace 40 años había una treintena de bodegas y ahora así pequeñas ya solo quedamos un par. Por eso confío en que esta asociación que hemos creado va a dar mucho de sí».


