La Rioja

«Mi funeral ya estaba programado: mi madre vino para enterrarme»

Claudia ha vuelto a pisar la calle tras estar en coma inducido más de tres meses

«¿Me voy a morir, doctor? ‘Te estás muriendo, Claudia'». Pero a veces los milagros ocurren, y esta es una historia para creer en ellos y darse cuenta de que el miedo no es una opción.

Claudia Marisa Sánchez sufre de asma desde los 35 años, «pero controlada». Siempre que hay cambio estacional, sobre todo invierno y primavera, las crisis se acrecientan, pero el pasado diciembre la situación comenzó a complicarse. Mucha tos, falta de aire más acusada y una visita a Urgencias terminó con la recomendación de aumentar la dosis del inhalador. Días después la tos continuaba; llegaba la sangre; y el cansancio se hacía más patente. Vuelta a Urgencias. Inhalador a demanda y poco más. ¿La sangre? Cuestión de la rotura de vasos de la garganta por toser tanto.

El día de Nochevieja «me pasé todo el día acostada. Eso dice mi esposo, porque yo no me acuerdo. Ya no estaba oxigenando». En uno de esos viajes que hizo el marido de Claudia a la cocina para prepararle un caldito caliente, sucedió. La mujer perdió el conocimiento y no volvió a recobrarlo hasta el mes de marzo.

De Aldeanueva, municipio donde reside el matrimonio, los recursos sanitarios trasladaron a Claudia hasta Calahorra. Allí los médicos confesaron que «no estaban preparados para atender un caso como el mío, así que lo mejore es que me llevaran al Hospital San Pedro de Logroño». En el centro logroñés tampoco estaban muy seguros de la situación, así que se valoró movilizarla hasta Bilbao, «donde dijeron viendo mis pruebas que no tenía solución. Me daban por muerta».

¿El diagnóstico? Bronconeumonía aguda, a lo que se le sumó el azúcar por las nubes. «Al ser diabética, todo se complica y la cortisona de los inhaladores, tomados a demanda como me habían indicado, me subió mucho el azúcar». Complicación al canto y oxigenación al 30 por ciento. Poco más se podía hacer. «Mi funeral ya estaba programado y mi madre vino urgente desde México para enterrarme».

Pero Antonio, el marido de Claudia, no iba a dejar de luchar, y habló con los médicos para, por lo menos, quemar un último cartucho. «No me digan que no hay nada que hacer. Díganme por lo menos que lo van a intentar». Esas fueron sus palabras. Y así se hizo. Intubaron a Claudia con la esperanza de que los pulmones reaccionaran. «Les estoy muy agradecida, además de por el trato que me dieron, porque se arriesgaron».

Tres meses después de estar inducida al coma, la guerrera despertó. «Durante los primeros días comencé a recuperarme un poco de los pulmones, pero pillé una infección en la sangre y se volvió a complicar todo». Las palabras ‘no hay nada que hacer’ retumbaron de nuevo. Vuelta a los tubos y a la sedación. «Y tras despertar, otro mes y medio con fentanilo y propofol. Estaba muy drogada por los dolores». Y es que los especialistas tuvieron que llevar a cabo varios drenajes en los pulmones. «Me tuvieron que perforar los dos para sacar todo el aire y líquido que tenía acumulado y claro, era dolorosísimo».

En el caso de Claudia todo fue prueba y error. «Ni los doctores sabían a ciencia cierta lo que estaban haciendo, pero yo quería vivir y su objetivo era estabilizarme para pasarme a una lista de espera de trasplantes porque los pulmones no tenían solución». Pasaron los días y comenzaron a preparar el expediente: placas, escáner y milagro. El tejido pulmonar se había regenerado por completo. «Los mismos médicos no saben qué pasó. El propio neumólogo me dijo: ‘Lo tuyo ha sido un auténtico milagro'». En tres semanas todo cambió, eso sí, fueron casi cinco meses de drogas, pruebas y, por supuesto, atrofia muscular.

El 19 de junio Claudia volvía a pisar la calle. Volvía a su casa, con su gente. Pero las secuelas no eran pocas. «Solo podía mover los ojos, nada más. Todos mis músculos estaban muertos. Había perdido 15 kilos. «Cinco meses sin comer y beber. Todo era por vena y por la sonda nasal». La garganta y los músculos del esófago llevaban dormidos demasiado tiempo pero, aquí de nuevo el milagro, Claudia comenzó a tragar sin problemas. Otro pasito más.

Es consciente de que todavía le falta mucha rehabilitación por delante, pero día a día trabaja para ponerse a tono y coger fondo. «Me canso, claro, pero sigo adelante. Eso sí, sin forzar porque no quiero sobrepasar mis límites y volver a recaer». Cada día se toma la saturación y la mantiene en 95. Bien. Dentro de tres meses volverán a hacerle una placa a ver cómo están sus pulmones.

Con ella, día a día, minuto a minuto, su marido, Antonio Garrido. Albañil de profesión, no se separó ni un segundo de ella cuando estuvo en el hospital. «Le decían que en cualquier momento me iba a morir, y él quería estar a mi lado». Ir y venir a Aldeanueva cada día se hacía duro pero, como si de una película se tratara, conoció en la sala de espera del hospital a una mujer que le dejó su casa de Logroño para vivir durante el tiempo que aguantara Claudia. «Eso fue otro milagro».

Claudia confiesa que echando la vista atrás, y teniendo en cuenta que no recuerda nada desde el día de Nochevieja, la vida le ha cambiado radicalmente. «Yo siempre he sido una persona muy disfrutona, y ahora valoro mucho más las cosas sencillas porque creo que son las que más enriquecen. No voy a hacer planes porque he aprendido a vivir el día a día y eso es lo que cuenta».

Junto a ella todo este tiempo Antonio y sus amigos. «Somos moteros y nuestra cuadrilla ha estado pendiente en cada momento. Pensaba en ellos cuando los médicos me decían que me iba a morir y recapacitaba: ‘Claudia, no les puedes defraudar. Tienes que seguir luchando por toda esa gente que te quiere. Me aferré a la vida y repetía: ‘Yo puedo, yo puedo'».

Siente que su caso puede servir de ayuda a mucha gente que esté pasando por una enfermedad, así que ha decidido escribir un libro. «Como mi pasión son las motos y mi caso uno entre un millón, he pensado como título ‘La ruta de un milagro’. Aún sigo planteándome cómo he salido de toda esta pesadilla. ‘Ayúdenme a vivir’, le pedía a los médicos y, entre todos, aquí estoy».

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