Alguno todavía andaba por el campo apurando los claros tras la tormenta y antes del siguiente chaparrón; otros ya habían recogido la ropa de labor y se habían tomado la tarde de fiesta ya que este miércoles es el patrón. «Porque para esparrizar todavía hay tiempo». O espergurar, o escardar, como guste cada cual por su pueblo. La familia Ruiz de Aldeanueva de Ebro es de viña de toda la vida. Alguna finca de olivos o de almendros y también cereal, pero la viña es la que siempre ha estado ahí, arropando a las tres generaciones de agricultores aunque el abuelo José Antonio Ruiz ya no vaya a podar, ni siquiera al huerto. Así que por San Isidro labrador toca hacer parón. «Lo de siempre, misa, procesión, vermú y comida con los hermanos cofrades».
Las tradiciones poco han cambiado entre unas y otras épocas. «Lo que sí lo ha hecho es la vida en el campo, que antes se trabajaba de verdad y ahora no hacen más que pajarear. Bueno, que también trabajan…», recula el abuelo con las risas de fondo de sus hijos, Jesús (60 años) y José Manuel (59 años), y nietos, Rubén y Manuel, de 25 y 27 años, respectivamen. «Sí, pero aquí ahora hay más merienda que la que había antes, ¿o no?», interviene José Manuel. Cada hermano gestiona unas cincuenta hectáreas de viñedo, mayormente ubicado en Alfaro, «por lo que hay que llevar obreros durante todo el año y aún así cuesta llegar a todo».

Foto: Leire Díez
Sostenido por su bastón, porque los 87 años ya le empiezan a pesar, José Antonio ha estado hasta hace tres o cuatro años yendo a echar un cable a sus sucesores en el campo. Sobre todo, para ver cómo iba tirando la familia. Con 16 años le regalaron su primer tractor, un McCormick sin cabina, aunque asegura que antes ya había labrado algo con el ganado. «¿Y cuánto te costaba entonces el gasoil para el tractor?», le pregunta Jesús a su padre. «Pues unas cuatro pesetas (unos 3 céntimos) y ahora ronda 1,10 euros».

Foto: Leire Díez
Aldeanueva es una de las excepciones en el mapa del relevo generacional riojano. Rubén y Manuel apuntan a que habrá una veintena de jóvenes trabajando en el campo en estos momentos en este pueblo, «aunque más de una vez nos han dicho que abandonemos ahora que aún estamos a tiempo», ríen. «Es ciero que hay muchos ya a las puertas de jubilarse que no tienen hijos que vayan a seguir sus pasos, ¿y entonces qué plan con las viñas?». Y ahí es cuando entra la cuestión del arranque en esta conversación a pie de viña, antes de que asome otra nube cargada de agua. Jesús no cree que se vean cepas raíces arriba, «al menos al precio de los 10.000 euros por hectárea que se comentaba que se podrían pagar». «Es que así es imposible, si aquí una hectárea vale más del doble».

Foto: Leire Díez
Manuel asegura que esta viña de garnacha con más de 45 años cumplidos y que se ha fijado como punto de encuentro de historias e impresiones no va a aguantar mucho tiempo ahí. «Creo que pondré olivos en su lugar, que ya tenemos algunas fincas más, y el papel lo pondré en otro sitio. A la bodega a la que llevamos las uvas no le gusta la idea, pero es lo que hay cuando las pagan igual que las que están emparradas aún sabiendo que cuesta mucho más trabajarlas. Luego presumen de la buena uva que traen las viñas viejas, pero no la pagan».
Esta no es de las más viejas que tiene, pero reconoce que con estas viñas no hay nada que hacer. Junto a la garnacha, el repertorio de variedades se completa con el mazuelo, el graciano y el tempranillo tinto, aunque Manuel también tiene cepas de tempranillo blanco. «Los jóvenes seguimos porque es lo que hemos visto en casa y nos gusta, y ya una vez metidos en el campo no nos vamos a ir. Nosotros, dentro de lo que cabe, no estamos tan mal, pero también es verdad que hay gente que tiene peor panorama, con bodegas incluso que les han rechazado sus uvas. Las cosas en el campo se han complicado mucho y ya veremos cómo avanzan».


