Agricultura

Una plantación de altura en Cirueña

El conocido como el oro verde del país también tiene su origen en La Rioja. La plantas de lúpulo se alzan erguidas desde las tierras fértiles de Cirueña durante los meses de primavera llegando a alcanzar los seis metros de altura en pleno verano, justo antes de su recolección. Esta localidad de La Rioja Alta se constituye como la única zona de la comunidad donde se cultiva esta planta de la familia de las cannabáceas encargada de dotar a la cerveza de ese amargor y aroma característicos.

Y de un único pueblo productor, un único agricultor. Diego Cañas gestiona una explotación de 7,5 hectáreas de lúpulo que su padre Pedro plantó a lo largo de dos décadas. La primera incursión fue en 1993 con esa primera hectárea y media, una época en la que la producción de patata ya cabeceaba en la zona e iba mostrando su decadencia. «Ese fue el motivo por el cual nos lanzamos a apostar por el lúpulo. Al fin y al cabo se planteaba como un cultivo rentable y cómodo mientras la patata iba perdiendo fuerza», asegura Pedro. La última ampliación fue hace ocho años con una nueva finca de dos hectáreas y media plantada por Diego, pero cuando aún contaban con esas cinco hectáreas su explotación era la de mayor tamaño de todo el país.

Un convenio firmado en 1993 entre la Cooperativa Garu de Santo Domingo de la Calzada, de la que Pedro era socio, y la Sociedad Anónima Española de Fomento del Lúpulo impulsó el desarrollo de una iniciativa en La Rioja centrada en el cultivo de lúpulo. Ensayos previos ya habían arrojado buenos resultados en cuanto a las condiciones meteorológicas y de suelos para el crecimiento óptimo de esta planta, así que fueron varios los agricultores que entonces viajaron a León, capital nacional del lúpulo, para conocer más acerca de este cultivo, aunque solo el padre de Diego se lanzó a la piscina para descubrir qué escondían esos largos tallos que crecían cada año enraizados en cuerdas.

«Hubo un agricultor de Anguciana que también probó suerte, pero no le fue bien, así que somos los únicos que aguantamos con la explotación. Bien es cierto que la elevada inversión previa que hay que hacer puede frenar a muchos agricultores de la zona aunque sea un cultivo rentable. Podemos estar hablando de más de 80.000 euros para montar toda la instalación sin contar con la maquinaria», asegura este joven productor. En su caso, los primeros años aprovecharon las instalaciones de la Cooperativa Garu, al igual que la maquinaria adquirida por esta, ya que todo el proceso se centralizaba allí antes de enviar el producto a León. «Una vez la cooperativa decidió abandonar el lúpulo nos vendió las máquinas y nosotros montamos nuestro pabellón».

Diego Cañas en compañía de su madre

Pero el recorrido hasta ahora tampoco ha sido sencillo. Diego recuerda que iniciaron su andadura en el lúpulo, más allá de la viña, el cereal, la remolacha y los guisantes probando con la variedad columbus, pero acabaron arrancándola para plantar eureka y apollo: «La columbus fue un desastre porque daba muchas enfermedades y casi perdimos dinero con ella, una planta que no funcionaba en ninguna zona a excepción de un único pueblo en León. Así que hace cuatro años pusimos eureka y apollo y no nos han dado ningún problema».

Las cosechas tampoco han acompañado del todo en las últimas temporadas. En años normales el rendimiento aproximado ronda los 2.000 kilos por hectárea, pero la última campaña estuvo marcada por la falta de lluvia y se perdió un 30 por ciento de la producción, mientras que en la anterior el granizo mermó la cosecha en hasta un 50 por ciento. «La finca más grande, la de cinco hectáreas está en un suelo cascajoso que mantiene bien el agua, pero es cierto que el lúpulo requiere de humedad y frescura por las noches aunque el día sea caluroso. Contamos con sistemas de riego por goteo, pero si el clima no estuviera cambiando tanto y lloviera más yo creo que me atrevería a plantar unas cuatro hectáreas más», reconoce el agricultor.

Una vez concluye la recogida para principios de septiembre, y después de unos 20 días de cosecha, el proceso implica un control exhaustivo para asegurar que no se deshaga la flor ni se estropee el fruto hasta llegar al destino leonés donde entregan el producto, concretamente en las instalaciones de la empresa Hopsteiner, en Villanueva de Carrizo. Esta es la empresa líder mundial en producción de lúpulo encargada de la distribución a las cerveceras.

«Es un proceso muy mecanizado tanto para el secado y el prensado. Nosotros tenemos una máquina de pelado y un secadero con capacidad para cuatro bandejas de 5 por 3,5 metros en las que se pone una capa de 40 centímetros en cada una donde el género reposa durante seis horas», explica Diego. Todo un proceso que este agrocultor, y anteriormente su padre, ya venían desarrollando desde un principio bajo sistemas de control más serios e instalaciones mecanizadas. «Porque nuestro secadero está aislado, fuera del contacto del humo y de los animales para evitar aromas no deseados. Había zonas por León donde aún se usaban técnicas muy anticuadas a pesar de llevar tanto tiempo dedicándose al lúpulo, pero ahora se exige que esté todo más mecanizado y controlado».

Y en cuestión de precios, el agricultor veterano ya jubilado apunta que «el precio del lúpulo debería haber subido al igual que lo ha hecho todo, pero no ha sido así. Ahora pagan el kilo en torno a los 4 euros, apenas un euro más que el precio al que estaba hace tres décadas cuando empezamos». Y su hijo añade otra obstáculo más en la tarea: «Nos han limitado mucho el trabajo en campo con la cantidad de fitosanitarios que han retirado del mercado y que dificultan el tratamiento del cultivo e incrementan a su vez los costes».

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