La capacidad de los partidos políticos para autodestruirse es asombrosa. Da igual el color y la ideología. El PNV es la excepción que confirma la regla. Tampoco importa el poder que atesoren ni todo aquello que se lleven por delante. Al igual que el agua encuentra su sitio natural cada cierto tiempo (inundaciones, torrentes, riadas…), estas organizaciones encuentran en la división y el enfrentamiento interno su particular modo de vida hasta que todo acaba arrasado por las luchas con el ego y las lealtades como única arma.
Quizás crea el lector, tras esta introducción, que vamos a hablar del último capítulo protagonizado por los dirigentes del PSOE de La Rioja. Nada más lejos. ¿Otra vez sobre Podemos y su incapacidad para organizar un partido en la región? Tampoco. ¿Lo que está por venir en el PP cuando pasen las elecciones de Castilla y León? Ya habrá tiempo. Además, mientras tanto, siempre podemos asistir a la fantástica programación del teatro Bretón para hacer la espera más amena. En esta ocasión venimos a hablar del zumo de naranja.
Cómo al exprimir naranjas te queda un estupendo zumo que debes beberte muy rápido para que no se le vayan las vitaminas. Da igual que la naranja sea concejal o diputado. Incluso cargo orgánico. Lo mismo en un ayuntamiento que en el Parlamento o en el Congreso. Coges las naranjas del árbol, las exprimes, te las bebes y a otra cosa. Hasta aquí la metáfora. No tiene más misterio, aunque por el camino queda cierto poso de lo que un día pensaron que podía ser el zumo. Los más osados llegaron a creer que podría sustituir al vino o a la cerveza, tan tradicionales y con su saber hacer desde hace siglos. Sin embargo, el delirio de Albert Rivera va a lograr para su expartido una factura más cara que la de la luz.
En La Rioja aún resuenan los ecos de su primer líder, Diego Ubis, quien creyó haber defenestrado a Pedro Sanz al lograr que no repitiera como presidente y lo único que hizo fue regalarle cuatro años de retiro dorado en el Senado (él sí los aceptó con agrado). Al no permitir desde Madrid que los dirigentes naranjas entraran a formar parte de los diferentes gobiernos (José Ignacio Ceniceros tenía dos carteras del Ejecutivo listas para entregar a Ciudadanos y algo parecido Cuca Gamarra en Logroño) en la legislatura 2015-2019, el partido comenzó a tener fecha de caducidad.
Más aún después de varios escándalos como el protagonizado por la edil Nazareth Quijano (acusada de suplantación de identidad, falsedad y perjuicio patrimonial), las grabaciones de su compañera María Luisa Alonso asegurando que «la orden en toda España era descargar las cuentas del partido para tener más dinero para la campaña» o el carrusel de dimisiones que siguió a las disputas internas al virar el partido hacia la derecha.
Sin apenas capacidad de influencia, el tablero político les dejó totalmente fuera de juego en las siguientes elecciones. Pese a contar con la misma representación (cuatro diputados en el Parlamento y cuatro concejales en el Ayuntamiento de Logroño), el reparto de fuerzas les hizo innecesarios en cualquier pacto. De ser llave de gobierno a la nada más absoluta. Formación en descomposición, ya que Inés Arrimadas no consiguió levantar el vuelo de Ciudadanos en Madrid. No había cargos que repartir. La fiesta naranja se había acabado.
En agosto de 2021, dos concejales del Ayuntamiento de Logroño (Marisa Bermejo y Javier Garijo) decidieron darse el piro y quedarse con su acta como versos libres. En el mes de noviembre, la dirección riojana quedó disuelta tras la dimisión de la mayoría de sus miembros. Y en enero de este año llegaron órdenes desde Madrid: Pablo Baena, portavoz en el Parlamento, dejó de ser líder naranja y se hizo cargo del partido una gestora coordinada por su compañera en el antiguo Convento de La Merced, Belinda León. Autodestrucción completada hasta que las urnas confirmen la defunción. Mientras tanto, podemos tomarnos un zumo de naranja.


