Crisis del Coronavirus

Uno de cada 800 riojanos ha pasado por la UCI con COVID-19

El dato es escalofriante: uno de cada 800 riojanos han pasado por la UCI desde que comenzó la pandemia. La tasa de las personas que han entrado en las camas de críticos en La Rioja es una de las mayores del país. Y aunque pudieran parecer que todos fueron a lo largo de la primera ola, la realidad es diametralmente distinta. Hasta septiembre del año pasado fueron 43 personas las que pasaron por las UCIS riojanas, el resto fue a partir del verano pasado.

Si tenemos en cuenta la segunda ola como el tiempo entre ese mes de septiembre hasta finales de año, fueron un total de 125 riojanos cuya situación se complicó tanto que necesitaron de cuidados intensivos para lograr salir adelante.

Control de Enfermería en la UCI del Hospital San Pedro | Foto: Leire Díez

Sin duda la tercera ola fue la peor en las UCIS riojanas. Entre los meses de enero, febrero y marzo de este año han sido un total de 141 las personas que han necesitado estar monitorizadas en las camas de críticos con el pico máximo en enero con 76 ingresos en un sólo mes.

Pero las 376 personas que han pasado por las manos de los internistas riojanos hasta el pasado 16 de abril (la página del Ministerio de Salud ya no registra los datos totales desde ese día sino las personas ingresadas en cada jornada) no son sólo números. Detrás de ellos hay personas, familias, preocupaciones y muchas lágrimas.

Jesús pilló el COVID-19 casi antes de que la pandemia nos diese a todos un giro de 180 grados a nuestra vida. Entonces poco se sabía del virus. De encontrarse mal en casa a terminar hospitalizado y en pocos días tener que pasar a la planta de críticos.

Tras casi un mes de estancia, fue una de las primeras personas que salieron entre los aplausos de los sanitarios. «Entonces pocos salían de las UCIS y en la familia estábamos aterrorizados porque se iba viendo en los informativos como salían de otras comunidades y aquí, en La Rioja, no escuchábamos que nadie hubiese salido», cuenta su hija.

Control de Enfermería en la UCI del Hospital San Pedro | Foto: Leire Díez

El miedo desolador a una llamada fuera del horario habitual en el que los llamaban para informarles del estado del paciente. «Recuerdo que llamaban a mediodía, cada día, para decirnos como iba mejorando o empeorando. Había días que nos decían que parecía que la cosa remontaba tan pronto como nos explicaban que algo se había complicado», recuerda.

«Un día nos llamaron a media mañana. Nos temimos lo peor, era incapaz de descolgar el móvil», asegura. La llamada era esperanzadora: «Si sigue así pronto lo pasamos a planta». A los dos días les llego la dulce noticia. La recuperación no fue rápida pero después de casi un año Jesús ya hace una vida más o menos normal.

Eli pasó su COVID en la segunda ola. Todavía se pregunta dónde lo pudo pillar, pero la contundencia de la enfermedad le hizo estar una semana en la UCI, lo suficiente para dejar su cuerpo molido durante meses. «Cuando sales de la UCI empieza la enfermedad real para el enfermo», reconoce. Empieza el miedo por lo que podía haber pasado y el terror por lo que puede pasar después.

Fue en octubre cuando la vida de Eli cambió. Desde entonces aún no ha podido volver a su vida normal. «Me gustaría empezar a trabajar, pero soy consciente de que mi cuerpo aún no puede, es incapaz de estar haciendo ocho horas lo que hacía antes», cuenta.

Sigue con el fisioterapeuta y, además, «la cabeza es lo peor». Alarma para las lavadoras, las comidas, para cualquier actividad que antes hacía casi sin enterarse. «Se me olvida todo, y si no me pongo la alarma es imposible acordarme hasta de algo tan sencillo y a la vez tan peligroso como haber puesto el aceite en la sartén», asegura.

José es uno de esos octogenarios que pilló el COVID-19 en la tercera ola. Hace tres días que está en la planta del San Pedro tras casi 90 días en la UCI. «Es un titán, nadie pensaba que una persona de su edad pudiese aguantar tantos días allí», cuenta Marta, su nieta.

Un día se desmayó. Fue ponerle el oxímetro que acababan de comprar y ver que algo no funcionaba bien. Tras tres días en el Fundación Hospital de Calahorra llegó el traslado a Logroño. «El sabía a lo que iba, nos dio indicaciones a todos de lo que teníamos que hacer con mi abuela Montse mientras él no estaba, sabía a la perfección que la situación iba a ser larga y que incluso no podría salir de ella, pero aquí está», relata Marta desde el teléfono sin soltar la mano de su abuelo en la habitación del hospital.

Planta COVID en el Hospital San Pedro | Foto: Leire Díez

En la UCI pilló otra neumonía y cuando parecía que las cosas iban ya viento en popa, una gastroaspiración lo complicó todo unos días más. «El día que cumplía 82 años, llevaba 82 días en la UCI», recuerda como dato curioso Marta. «La situación familiar es muy complicada, el día que la llamada es fuera de hora te tiembla todo el cuerpo y los días se hacen eternos de una llamada a la siguiente», relata con el dolor aún en la memoria más reciente.

Hoy esta nieta ha decidido ponerle al teléfono a Montse. «Mi abuelo no puede hablar pero se le pueden leer los labios, la sonrisa que ha puesto al escuchar a mi abuela al otro lado del teléfono es de las de amor de los que ya no quedan», dice. Saben que el proceso no va a ser rápido, pero «las cosas cambian cuando ya no lo ves en la UCI», apunta Marta, que desde hace unas semanas ha podido ir a ver a su abuelo incluso a la zona de críticos. «Es duro lo que se ve allí, y que quede claro que lo que dicen los médicos es verdad, la gente que hay ahora es mucho más joven», sentencia.

Son sólo tres de los casos de los 376 que han pasado por la UCI riojana. Algunos con mejor fortuna que otros. Uno de cada 800 riojanos. Demasiados para que el número siga creciendo.

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