La España de las grandes ciudades y el potente entramado rural esconde en su interior un área única por el elevadísimo grado de despoblación que la azota. La llamada Laponia del Sur o Serranía Celtibérica es un territorio montañoso y frío con 1.355 pueblos que se extiende por diez provincias: Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Valencia, Castelló, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja. Su tamaño dobla a Bélgica y triplica a Eslovenia pese a reunir únicamente a medio millón de habitantes. Su densidad de población es de solo 7,3 habitantes por kilómetro cuadrado. Son menos de ocho personas por cada 140 campos de fútbol: un nivel dos mil veces inferior al de Barcelona. Aparte de la gélida Laponia boreal, no hay un lugar tan extremo y vacío en toda Europa.
El libro ‘Los últimos. Voces de la Laponia española’ (Pepitas de Calabaza ed.), escrito por el periodista Paco Cerdà, narra un periplo invernal de 2.500 kilómetros en busca de las palabras y los silencios de esta España carcomida por un fenómeno bautizado como demotanasia: la desaparición lenta y silenciosa de la población y su cultura. Esta crónica de largo aliento relata la vida de los otros, los que se quedaron descolgados de un país urbanizado a gran velocidad que ha olvidado sus orígenes rurales. Un país en el que languidecen 4.933 pueblos de menos de mil habitantes cuya suma apenas representa el 3 % de la población total española.

Una mirada periodística y humana rastrea el interior de esta Nada demográfica habitada por los últimos de un mundo en extinción. Los cuatro quijotes que viven sin electricidad y aislados por la nieve en la aldea riojana de El Collado. Las vidas de Matías o Faustino, únicos habitantes de sus pedanías en Guadalajara. Las reflexiones acerca del silencio que comparte el prior de la abadía burgalesa de Santo Domingo de Silos. Los ‘maquis’ rurales del interior valenciano, un Far West muy alejado del Levante feliz. El vagar en la última categoría regional de un humilde equipo de fútbol de Cuenca con pasado esplendoroso. Una incursión, con el ocaso de la trashumancia de fondo, por las Tierras Altas de Soria, más extensas que Madrid pero con una población que cabe sentada en el Teatro Real. El cierre en Zaragoza de la escuela rural de Moros con el testimonio de su maestro y sus cuatro últimos alumnos. El activismo contra la despoblación de Teruel Existe y del proyecto Serranía Celtibérica. La experiencia real, sin bucolismos, de un grupo de neorrurales asentados en el Nordeste segoviano. La visita a una aldea de Castelló abandonada hace un cuarto de siglo de la mano de una de sus antiguas habitantes.

En la Rioja, el libro se adentra en la aldea del Collado, todavía sin luz eléctrica, y profundiza en la vida de sus cuatro únicos habitantes que la han repoblado tras haber sido abandonada en los años setenta: Marcos, Lucía, Auspi y Vicenta. Situada en el valle del río Jubera, en el centro de la Rioja, la aldea de El Collado pertenece al municipio de Santa Engracia del Jubera: sus nueve núcleos —algunos deshabitados— arrojan la escalofriante densidad poblacional de 1,85 habitantes por kilómetro cuadrado. Una simple comparación agudiza la gravedad del dato: en la ciudad de Logroño, en 79,5 kilómetros cuadrados viven 151.000 personas; en Santa Engracia del Jubera, en 86 kilómetros cuadrados habitan únicamente 159 personas. Casi mil veces menos.
Pero es que, además, esa cifra corresponde al padrón oficial y está sobredimensionada. Según un estudio de campo realizado en 2015 por la Asociación para la Defensa y Protección del Valle del Jubera y Camero Viejo, con datos recabados de los ayuntamientos y los vecinos asentados en invierno, sólo hay 45 personas que habiten realmente durante todo el año en Santa Engracia del Jubera y sus aldeas. Es decir, una densidad real de 0,5 habitantes por cada kilómetro cuadrado. El mismo estudio amplia el foco y radiografía sobre el terreno los 19 municipios y ocho aldeas de las subcomarcas riojanas del Valle del Jubera y del Camero Viejo. Sólo 461 habitantes residen los 365 días en esa extensión de 384 kilómetros cuadrados, superficie equivalente a la suma de las ciudades de Alicante, Castelló, Benidorm y Oropesa. O que quintuplica el territorio de la ciudad de Logroño. En esa vasta área la densidad humana real es de 1,2 habitantes por kilómetro cuadrado. Menos de 500 personas en total, diez veces menos que a comienzos del siglo XX.

Aparte de documentar los estragos de la despoblación en esta mancha semivacía del mapa, que concentra la mitad de los pueblos españoles con menos de cien vecinos, Los últimos reflexiona acerca de la soledad, el silencio, la capacidad de resistencia y lucha ante las desigualdades. Contrapone ejemplos de idealismo y resignación, de conformismo y miedo, de utopía y desafío al capitalismo desbocado. Sus testimonios dan cuenta del compromiso con una cultura y una tierra, y reflejan la valentía y el desgaste de seguir caminos alternativos a la masa. Habla también de los recuerdos, de la nostalgia y de la extinción materializada o en ciernes de una población y una cultura, de una forma de vida que agota sus últimas bocanadas ante la pasividad institucional.
Una idea acompaña este viaje solitario por la Ruta 66 de la despoblación española: «En el sistema imperante, el del capitalismo feroz, el que no consume está muerto; el que no produce está muerto; y el que ni consume ni produce, y además genera gasto, está triplemente muerto. Aunque haya muertos que se resistan a ser enterrados antes de hora».

«Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se transmuta en metástasis extrema de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida».
Así comienza este gran reportaje en el que medio centenar de moradores de la Laponia española muestran sus vidas, en ocasiones bañadas de realismo mágico por el carácter extraordinario de las circunstancias que las rodean. Por sus páginas se oyen ecos literarios de Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Henry D. Thoreau, Franz Kafka, Julio Llamazares, Luis Mateo Díez, Miguel Hernández o Antonio Machado.


