Las obras de mejora del firme en la Gran Vía logroñesa dejaron al descubierto la antigua vía del ferrocarril que por allí discurría y que no fue retirada en su momento, sino cubierta con una gruesa capa de brea. Un imaginativo miembro de la corporación municipal tuvo la feliz idea de aprovechar aquella infraestructura férrea para dar a Logroño un toque de modernidad con la adopción del tranvía como transporte urbano primordial, pero la difícil convivencia de los aparatosos vagones con los vehículos automóviles convenció al Consistorio a desestimar el proyecto tras seis meses de caótico tráfico, que dejaron un abultado balance de colisiones por alcance.



