Semana Santa

Calahorra vive la Pasión en primera persona… y recordando a Dani

Jueves Santo. Nueve de la noche. Calahorra se prepara un año más para vivir uno de los momentos más impactantes de la Semana Santa calagurritana. Este año ha cambiado el recorrido pero no la tradición de ir en familia a ver alguna de las escenas con las que Paso Viviente regala cada año a la ciudad una de las muestras más realistas de la Pasión de Cristo. No era una noche fácil para el grupo. Al cambio de ubicaciones que solventaron con maestría se unía la reciente pérdida de una de las personas que durante años ha sido la cara visible del grupo: Daniel Martínez. La noche dolía más que nunca y se hizo más larga que nunca para los miembros de Paso Viviente.


La avenida de Valvanera de Calahorra comenzó a eso de las nueve a olar a incienso y a antorcha. Se sentía en el aire que algo especial estaba a punto de comenzar. La gente empieza a agruparse en las aceras, en los balcones, en cada rincón en el que el aire de la Valvanera no te deja helado. De pronto, un murmullo creciente anuncia la llegada de Jesús. Montado sobre la borriquilla, avanza entre la multitud que agita ramos de olivo y palmas. La historia ha comenzado y el visitante está dentro de ella.

A cada paso, los escenarios van cambiando. En una esquina, se monta la Última Cena, lo suficientemente cerca como para ver los gestos, los susurros entre discípulos, la inquietud en el rostro de Jesús. El pan, el vino, las miradas. Apenas ha termina la escena, la atención se desplaza hacia un jardín cercano. Es el Huerto de los Olivos. Jesús ora en soledad, mientras los centuriones de la Legión se acercan entre sombras. Judas se adelanta. El beso. El Prendimiento.

Seguir andando supone seguir inmerso en el espectáculo, que no es teatral: es íntimo, colectivo y profundo. En el Juicio de Caifás, las luces bajan, se oye un gallo, y Pedro baja la cabeza tras negar por tercera vez. Hay silencio entre el público. Un silencio que, a veces llega a doler.

En el Palacio de Pilatos, el espectáculo se intensifica. El látigo suena seco y retumba en los altavoces como un latido roto. Jesús es coronado de espinas, azotado, humillado. Pilatos se lava las manos. Y el pueblo lo sigue hasta el Calvario. Durante el trayecto, Jesús cae una, dos, tres veces. El sonido de los tambores es constante, como un corazón que no quiere dejar de latir. El Cirineo aparece, la Verónica limpia el rostro ensangrentado.

A lo lejos, algo sacude por dentro: Judas, desesperado, se debate entre el arrepentimiento y la culpa. Y entonces, llega el Calvario. El camino se ilumina con antorchas. La legión escolta a los reos. Jesús, los ladrones, y detrás, María, Juan, el pueblo. Allí, en lo alto, se levanta la cruz. La música y los efectos de sonido completan una escena imposible de olvidar.

La Crucifixión es un momento de recogimiento. El silencio que acompaña al descendimiento es abrumador. María, a los pies de su hijo muerto, pronuncia un monólogo que arranca lágrimas sinceras. Y cuando ya parece que todo ha terminado, cuando la emoción ha dejado al espectador exhausto, sucede. La Resurrección. Luz blanca, música, un estallido de esperanza y aplausos, miles de ellos de un público que cada año sigue fiel a la representación de Paso Viviente.

Pero esta vez la Escenificación, la «niña bonita» de la que siempre hablaba Dani, no terminó ahí. Con la voz de Conti entrecortada se hacía un sencillo per emotivo homenaje. A él, a Dani Martínez, a la que siempre fue la cara visible de Paso Viviente. Todo el grupo, «la gran familia» se arropaba debajo de la cruz. «Dejas un vacío difícil de llenar, han sido tantos años compartiendo esta locura que nos cuesta mucho hacernos a la idea de no volverlos a compartir». «Sabemos que desde allí donde estés nos has acompañado esta noche». «Dejas una gran huella en nuestro corazón». Y en el de todos los calagurritanos.

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