Semana Santa

El Encuentro emociona a Calahorra en su mañana más íntima

Aunque el sol no ha relucido como manda la tradición en Jueves Santo, no había ninguna intención de suspender una de las procesiones más sobrecogedoras de la Semana Santa calagrritana. Y así la Procesión del Encuentro ha vuelto a tejer ese hilo invisible entre fe, tradición y emoción compartida. Para la ciudad no es una procesión más. Es, quizá, ese instante en el que todo cobra sentido: el silencio, el sonido de los tambores, las miradas… y ese punto exacto donde dos caminos se cruzan.

 

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Desde los Agustinos, el Cristo de Medinaceli ha comenzado su recorrido portado por sus trabadores, avanzando con esa solemnidad que no necesita exagerarse. Al otro lado de la ciudad, desde el barrio de La Milagrosa, la Soledad ha iniciado su camino. Dos recorridos distintos, dos pulsos que poco a poco se han acercado, como si la ciudad misma los empujara hacia ese encuentro inevitable.

Y entonces ha llegado el momento más especial: el de la Glorieta de Quintiliano. Ahí, frente al Ayuntamiento, el tiempo se ha vuelto a parar. Las bandas han marcado el ritmo, los tambores han resonado con más fuerza, y los pasos han comenzado a mecerse. El ‘baile’ simultáneo del Cristo y la Virgen no es solo una coreografía: es un lenguaje. Uno que no hace falta explicar porque se siente. Emoción contenida, respeto… y algo más difícil de nombrar, pero que se reconoce en el silencio que se forma alrededor.

Después, como si nada —y como todo— hubiera ocurrido, la procesión ha continuado. Cristo y Madre han avanzado juntos hacia San Francisco, acompañados por una ciudad que poco a poco ha ido recuperando el aliento.

Detrás de este momento hay siglos de historia. Una tradición que se remonta, al menos, al siglo XVI y que ha ido transformándose con el tiempo sin perder su esencia. El Cristo de Medinaceli, obra de Juan Fernández de Vallejo en 1580, sigue despertando una devoción profunda entre los calagurritanos. Y la Soledad, con su elegancia sobria, continúa siendo una de esas imágenes que se sienten.

Hoy, una vez más, Calahorra ha vuelto a encontrarse consigo misma en su plaza. Sin estridencias, sin artificios. Solo con pasos, música y memoria. Y con esa certeza tranquila de que, pase lo que pase, habrá un momento —cada Jueves Santo— en el que todo vuelve a encajar.

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