Los tomates que probarán en verano están recién plantados en tierras de Cihuri, pero ahora toca fijar ya la vista en la recolección del guisante lágrima que comenzará a principios de abril, mientras que para coger las fresas aún habrá que esperar un poco más. En La Huerta de Viki y Miguel todo el año hay género en producción. Esta pareja afincada en Anguciana cumple en poco más de un mes su primer aniversario al frente de una huerta regenerativa donde no existe mecanización.
Miguel Sampaio y Viki Zuniga trabajan un pequeño terreno en esta localidad riojalteña desde 2022, primero con unos 2.000 metros cuadrados de terreno y luego con otros tantos protegidos por plásticos. No fue hasta dos años después cuando comenzaron a sacar a la venta algunos de sus productos y ya el año pasado establecieron el proyecto en condiciones bajo el nombre La huerta Viki y Miguel, promocionando un tipo de explotación en la que no hay ni un tractor, ni tan siquiera un rotavator o una mula mecánica. «De hecho, cuando cogimos la finca compré un rotavator y al cabo de un año acabé vendiéndolo porque no lo usaba. Las únicas herramientas con las que trabajamos son escardas para quitar la hierba, rastrillos, palas y una carretilla», explica. El tener toda la huerta en bancales permanentes tampoco le obliga a hacer un laboreo de todo el terreno. «Solo hacemos la aportación del compost, y cuando vamos a cambiar de cultivo escardamos la tierra y aplicamos una capa de compost antes de sembrar las nuevas plantas».
Y por curioso que parezca, así es como han conseguido rentabilizar esta huera. «Lo más complicado es acertar con las fechas de recolección y con lo que el público demanda en base a los ingresos que quieras tener. Al final hay que buscar el equilibrio entre la producción que vas a tener y la rentabilidad que te van a dar esos productos. Lo que está claro es que si quieres sobresalir y destacar, tienes que hacer cosas diferentes para poder sacarles más valor y, por tanto, mayor rentabilidad», recalca quien compagina las tareas hortícolas por la tarde y el trabajo de campo en una bodega de la zona por las mañanas.
«El terreno que compramos antes estaba plantado de viña y luego pasó a barbecho que de vez en cuando tenía algo de huerta. El cambio que dio ese suelo desde que lo cogimos nosotros fue brutal porque hasta entonces solo conocía las prácticas convencionales de laboreo y uso de productos químicos. Nos hemos dado cuenta que hay metodologías que antes se hacían y que ahora no están tan extendidas porque hay otros métodos más eficientes y respetuosos con el medio ambiente. Los tiempos cambian».
Así, han pasado de tener una huerta para autoconsumo a convertirla en su fuente de ingresos, aunque no a base del género cotidiano: «La idea inicial era poner lo típico que hay en las huertas, como son las lechugas, cebollas, pimientos,… Lo que se ve en los mercados y lo que consume el público, al fin y al cabo. Pero a raíz de conocer a gente que trabaja en el sector hostelero me indicaron otro tipo de productos que podían triunfar más en este mercado y con el que sacar más rentabilidad. Así que cambiamos la metodología y actualmente estamos apostando fuerte por el guisante lágrima, la fresa, el garbanzo, el tomate y la piparra».
Pero esta pareja tampoco se cierra puertas y su idea a futuro pasa por abrir también otro canal de venta que vaya más enfocado a mercados para venta al consumidor final. «Ahí ya sí incluiríamos verduras como brócoli, coliflor, lechuga,… Unas producciones también que sean continuas para dar servicio durante todo el año, aunque en este caso trabajemos con menor volumen que para la hostelería. También nos planteamos poner algunos frutales, pero eso será poco a poco; primero hay que asentarse».
Lo que tienen claro desde el primer momento que comenzaron en esta aventura de ser productores y comercializadores es que «lo más importante es saberlo vender bien tu género». Su filosofía es un punto a favor en el discurso de venta y es que la agricultura regenerativa no está tan asentada en las prácticas de campo. «Se trata de que el suelo esté fértil a la hora de sembrar y que no se degrade con cada cultivo sino todo lo contrario, que vaya mejorando. Además, cuando más compost aportas, mejor está el suelo, creando más resistencia y haciéndolo autosuficiente».
Aunque contra los devenires del tiempo no siempre hay solución. Las olas de calor son un riesgo importante para las cosechas, así como las heladas tardías, frecuentes en esta zona. Por otro lado, el granizo también amenaza, por lo que esta pareja coloca unas mallas para proteger las plantas que no están cubiertas por los plásticos de los invernaderos. Las plagas también han aparecido en esta pequeña explotación, como aquella de pulgón que se llevó hace un año gran parte de la cosecha de guisante, pero Sampaio asegura que la clave es actuar en preventivo, «haciendo un buen control biológico en la temporada estival, que es cuando es efectivo, para asegurarte que en los meses fríos no entren plagas».
Sampaio apuesta por seguir creciendo en superficie, pero opina que el valor de la tierra sigue muy al alza. «Esperamos poder ampliar la explotación en propiedad, pero por el momento estamos en una fase de afianzar mercado, defender nuestro producto y venderlo bien».


