En NueveCuatroUno seguimos tomándole el pulso a las once cofradías de Logroño durante la Cuaresma. Lo hacemos como mejor sabemos: dialogando con sus hermanos mayores, escuchando sus impresiones, compartiendo sus desvelos y calibrando sus expectativas ante la inminente Semana Santa. Son conversaciones que hablan de fe, pero también de trabajo callado, de logística, de patrimonio, de comunidad. De ciudad.
Permítanme una recomendación sincera. Si tienen ocasión, no dejen de acudir el próximo sábado (a las 12:00 horas) a la iglesia de Santiago el Real. Allí, la Hermandad del Nazareno -con la portentosa talla de Narvaiza como protagonista- desarrollará una iniciativa que la Hermandad de Cofradías impulsa cada año para acercar la Semana Santa a las personas con discapacidad: ‘Sentimos la Pasión’.

Una mujer descubre mediante el tacto al Cristo de la Flagelación, en una edición anterior de ‘Sentimos la Pasión’. FOTO: Daniel Ortiz.
He tenido la oportunidad de presenciar este acto en ocasiones anteriores y les aseguro que es de esos momentos que reconcilian a uno mismo con muchas cosas. En una era dominada por el postureo, la impostura y la sobreactuación permanente, lo que allí sucederá no admite fingimiento. Cuando una persona invidente descubre la talla a través del tacto en un circuito sensorial pensado para que pueda ‘ver’ a través las manos; cuando cada explicación se convierte en puente y cada gesto en acompañamiento, las emociones no se fabrican. Son intensas, son auténticas y, sobre todo, son verdaderas. Quizá ahí resida una de las claves de la pervivencia de estas tradiciones: en su capacidad de generar comunidad real, sin filtros ni artificios.

Talla de Jesús Nazareno, obra de Alejandro Narvaiza Rubio.
La autenticidad de ese acto conecta inevitablemente con una de las polémicas que dejó la última gala de los Premios Goya. Durante la alfombra roja, la actriz Silvia Abril aseguró sentir «pena porque los jóvenes necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana«. Confieso que no termino de entender qué problema encierra que alguien sienta inquietudes espirituales. De verdad que lo intento, pero no logro entenderlo. Salvo en los casos de fanatismo, rechazables vengan de donde vengan, las creencias divinas no perjudican ni benefician a nadie más allá de a quien decide encontrar en ella respuestas a preguntas complejas en un mundo cada vez más individualizado. ¿Por qué habría de ser motivo de lástima que un joven busque sentido, pertenencia o consuelo en una tradición religiosa que, bien entendida, se sustenta en hacer el bien y no mirar con quién?
Y, por si alguien necesita contexto, recuerdo la confesión que les hice la pasada semana: para bien o para mal, no creo en Dios. Precisamente por eso me sorprende aún más esa condescendencia hacia quienes sí lo hacen. La madurez democrática consiste también en aceptar que la espiritualidad -como el ateísmo- forma parte de la esfera íntima de cada cual. De ahí que no sea de recibo el paternalismo del ateo hacia el creyente.
Y termino con una reflexión que nace de la historia que nos contaba el pasado sábado mi compañero Pablo Lumbreras. Los preparativos previos a la Semana Santa han encendido todas las alarmas en torno al estado del Cristo de las Ánimas, una de las grandes joyas patrimoniales de la ciudad. La talla, del siglo XVI, sufre el devastador efecto de las termitas y las condiciones de humedad de la iglesia de Palacio. Literalmente, se cae a trozos.

Talla del Cristo de las Ánimas, talla del siglo XVI atribuida a Arnao de Bruselas.
El ‘SOS’ lanzado por la cofradía se traduce en una cifra: 35.000 euros. Esa es la cantidad necesaria para intervenir sobre la imagen y garantizar su conservación. La hermandad puede asumir una parte de ese montante, pero no todo, y ha apelado a la colaboración ciudadana para completar la financiación.

La parte posterior del brazo derecho del Cristo, devorada por las termitas.
Quiero pensar que las administraciones públicas también arrimarán el hombro. La cantidad necesaria es perfectamente asumible en cualquier presupuesto institucional y lo que está sobre la mesa es preservar una obra del siglo XVI, de indudable valor artístico y mayor valor devocional. Su conservación debiera ser, por tanto -más allá de una obligación cultural y patrimonial-, una cuestión capital para la ciudad. Porque la Semana Santa, más allá de creencias personales, forma parte de la identidad de Logroño. Y cuidar de su legado -desde las personas hasta las tallas- es, en el fondo, cuidar de nosotros mismos.


